Más que un concierto solo, lo que nuestra Orquesta Sinfónica Nacional (OSN) presentó la semana pasada en Bellas Artes, fue un muy alivianado y reconfortante espectáculo multimedia que rompió toda la solemnidad que algunos suponen deben tener los conciertos sinfónicos, olvidando que si algo no puede tener reglas es el disfrute, el gozo, que es un acto pleno de libertad, en este caso proporcionado principalmente por la música, la música bien hecha.
Y es que no es imprescindible que la música se inscriba en esa concepción por demás amplia que conocemos como “clásica” para ser buena. La buena música la encontramos, entonces, para mencionar unas pocas variedades, en el jazz, el rock, el bolero, el tango y… ¡en las películas!
Así sucede en la mundialmente famosa serie de La guerra de las galaxias (o Star Wars en el inglés original), compuesta por el estadunidense John Williams, prestigiadísimo creador de música para cine que le ha valido varios premios. Música que sabe adecuarse a las acciones y atmósfera de los filmes, jugando en ellas un papel protagónico pero suavizado que no sobrepasa nunca lo esencial que es lo visual, las creaciones de Williams son, por lo general, brillantes, muy sonoras, totalmente extrovertidas y, claro, sumamente festivas y desenfadadas con momentos muy recordables.
La OSN y su director huésped, José Arturo González, en complicidad con no sé quien porque no se atribuye crédito a nadie en cuanto a la idea del montaje, armaron y presentaron este espectáculo multimedia en el que, papel muy importante, jugó el video que nos mostró partes de la cinta que cobraron particular espectacularidad al ser acompañados por la música en vivo que director y atrilistas ejecutaban con singular entusiasmo, gozando evidentemente de lo que estaban haciendo y, más importante aún, transmitiendo ese gozo al público que llenó la sala y, hay que agregar, la explanada oriente donde, en pantalla gigante, se trasmitió simultáneamente el concierto.
Súbitamente algunos rincones de la sala se iluminaron y eso permitió ver a los guerreros que, encabezados por el malvado Darth Vader, invadieron los espacios y con sus armas pulverizadoras amenazaron a los incautos que habíamos ido a, creíamos, un concierto, y nos encontrábamos con soldados extraterrestres que nos hicieron sentir que estábamos pasando nuestros últimos minutos de existencia humana. Afortunadamente la Marcha imperial continuó su recorrido hacia palacio y pudimos respirar, pero no mucho porque de inmediato, a la velocidad de la luz, fuimos trasladados a El campo de los asteroides donde la guerra continuaba y los sobresaltos fueron mayúsculos.
Pero un necesario momento de reposo en los guerreros nos permitió acomodarnos en un bar y allí distendernos con La banda de la cantina que, a ritmo de jazz, nos proporcionó el ya urgentemente necesitado relax, y ya sin mayor problema contemplar el Desfile de los ewoks y la princesa Leia, para poder salir reconfortados sabiendo que fue para cada uno de nosotros, para mí, ese mandato mágico proveniente de allá, de lo más luminoso de las galaxias, “Que la suerte te acompañe”.
¿Quién dijo que un concierto es aburrido?








