García Icazbalceta, un genio incomprendido

El investigador Rodrigo Martínez Baracs acaba de ingresar a la Academia Mexicana de la Historia con el discurso “Joaquín García Icazbalceta, historiador”, para ocupar el sillón número 2, que dejó vacante Silvio Zavala (1909-2014). En esta conversación, despliega argumentos para demostrar cómo la historia de nuestro país está determinada por mitos, y sitúa así la grandeza del historiador del siglo XIX quien, no obstante enarbolar el catolicismo y enfrentarse a la corriente liberal dominante, se negó a suscribir la aparición del Tepeyac.

De cara al quinto centenario de la conquista de México, iniciada en 1517 cuando llega a Yucatán Francisco Hernández de Córdoba, el investigador Rodrigo Martínez Baracs señala que es momento de terminar con una historia de malos y buenos que una serie de mitologías ha creado en el imaginario de los mexicanos.

En ella, ciertos sucesos o personajes se ubican arbitrariamente en uno u otro bando.

Así, el doctor en historia y etnohistoria e investigador de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), destaca la labor del editor e historiador decimonónico Joaquín García Icazbalceta (1825-1894), cuyo perfil católico y conservador, contrapuesto a la visión liberal que dominaba en el siglo XIX, no le impidió buscar la verdad por encima de sus propias creencias y cuestionar el mito guadalupano.

García Icazbalceta se dedicó a hacer la historia de México del siglo XVI. Lo consideró un periodo fundamental en la construcción de la nación mexicana, dice Martínez Baracs, pues ahí se definió su perfil católico, hispanohablante y mestizo.

El pasado martes 2 de febrero el también presidente de la Sociedad Mexicana de Historiografía Lingüística y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, ingresó formalmente a la Academia Mexicana de la Historia (AMH) –fundada en 1875– con el discurso “Joaquín García Icazbalceta, historiador”, para ocupar el sillón número 2, que dejó vacante el historiador Silvio Zavala (1909-2014). Su disertación fue respondida por Enrique Krauze.

En entrevista con Proceso en su casa de la colonia Condesa, días antes de pronunciar su discurso, Martínez Baracs considera su ingreso a esta institución como una oportunidad para aportar conocimientos verdaderos, fundados en documentos y argumentos, “no mitológicos”, que contribuyan a aportar soluciones a los problemas del país.

Hijo del también historiador, bibliógrafo y diplomático José Luis Martínez (1918-2007), quien igual fue miembro de la AMH y autor de la más completa biografía de Hernán Cortés (Proceso, 699, marzo de 1990) así como de Nezahualcóyotl: vida y obra, Bernardino de Sahagún y El mundo antiguo, entre otros libros, Martínez Baracs afirma que en determinada fase de desarrollo las sociedades pueden necesitar de ciertas mitologías, héroes como Cuauhtémoc, el padre Hidalgo, Morelos o Benito Juárez –“que era indio y fue presidente”–, pero llega un momento en que la sociedad debe madurar y no quedarse con esas nociones:

“Se ha creado una historia de buenos y malos, como de niños, donde todo el siglo XIX es bueno porque por fin México rompió el dominio colonial, rompimos las cadenas de la opresión… Donde los liberales son los buenos y los conservadores malos… Revolución buena, porfiriato malo, Independencia buena, Colonia mala. El México prehispánico bueno se interrumpe durante tres siglos de Colonia y vuelve a ser México después de la Independencia continuando un México que no existió realmente porque no era México.”

A decir suyo hay una identificación absurda con los mexicas, que ciertamente habitaron en el mismo sitio que ahora es la Ciudad de México, pero seguramente nadie querría volver a esa sociedad en la cual “los mexicas eran unos opresores, mantenían un estado de guerras permanente, sumamente violentas, con sacrificios humanos, tortura y antropofagia, una situación de angustia permanente:

“Seguimos creyendo que somos herederos del México prehispánico. Sí, lo somos en parte, pero también somos herederos del mundo europeo, español, y del africano, somos una sociedad mucho más compleja, y esto nos ha impedido ver las partes humanas y la enorme importancia del periodo colonial para hacernos como somos nosotros… Es muy importante que los historiadores ayuden al análisis, al autoanálisis del país, a conocer su propia historia.”

Tremendo historiador

Martínez Baracs coordinó el número 143 de la revista Biblioteca de México, publicado en septiembre de 2014, dedicado a García Icazbalceta. Ahí recuperó tres textos de su padre sobre el editor e historiador del siglo XIX, así como otros ensayos. Se le pregunta ahora por qué lo elige como tema para su discurso de ingreso a la AMH.

En principio, destaca sus aportaciones a la historia del siglo XVI.

Cuenta que el estudioso vivió en un país dominado ya por la historiografía liberal que enaltece la época prehispánica y considera a la colonial como un periodo ilegítimo. Pero heredó su noción de la importancia de la conquista y la Colonia en la historia de México de su “gran maestro y mentor” Lucas Alamán, autor del libro Disertaciones sobre la historia de la República Mexicana, en cuyo primer tomo abarca desde fines del siglo XV hasta la independencia:

“De Lucas Alamán, el gran político e historiador ¡conservador! hispanista, católico, tomó García Icazbalceta esa noción de la tremenda importancia de la conquista, de la Colonia y particularmente del siglo XVI para la historia de México, como el verdadero siglo fundador de lo que es la nación mexicana.”

Pero cuenta el especialista del INAH que a diferencia de Lucas Alamán (quien no pudo profundizar en el planteamiento porque estaba hacia el final de su vida y carecía de documentos y bibliografía), Icazbalceta utilizó los recursos que obtenía como empresario azucarero en las haciendas de Morelos para comprar libros antiguos, conseguir documentos originales o en copias, y lograr que le enviaran desde España miles de ellos que reunió en la Colección de Manuscritos para la Historia de América.

“Fue metiendo todas sus copias de documentos y documentos originales en unos grandes tomos que él mismo encuadernaba, imprimía las primeras hojas, y es una colección como de ochenta volúmenes que hoy se encuentran en la Biblioteca Benson en la Universidad de Texas, en Austin.”

Para conseguir documentos, entró en comunicación epistolar con William H. Prescott, autor de la Historia de la conquista de México, a quien le pagaba por las copias y originales. Pedía que los documentos fueran copiados por muy buenos escribanos, perfectamente y en determinado tamaño pues así integraba sus carpetas:

“Todo esto le permitió hacer su obra prodigiosa como editor de documentos históricos y como autor.”

Desde los diez años, refiere, García Icazbalceta ya editaba revistas que vendía a su familia. Ya para entonces su modestia le hacía afirmar que sólo imprimía y vendía, pero que no eran cosas suyas. Y lo que fue un juego a los diez años, se convirtió en la pasión del historiador que combinó su trabajo de empresario azucarero con su “genio de historiador” que lo llevó a estudiar, escribir y editar, enfatiza Martínez Baracs.

Y puntualiza que logró reunir 80 tomos con documentos y alcanzó a editar 15 de ellos, en “magníficas ediciones, muy elegantes, muchas veces con tirajes muy pequeños, 300 ejemplares, pero con magnificas introducciones, notas, apéndices”.

Con la misma modestia de su infancia, escribió en 1850 a su amigo el historiador y político liberal moderado José Fernando Ramírez, que él era solamente un editor de documentos, no un historiador, y asumía su destino de peón y ponía sus documentos a disposición de un gran historiador para hacer la historia de México.

Agrega el académico que a cada uno de los tomos –ahora en Austin, luego de que la familia García Icazbalceta vendió el archivo tras la muerte de su hijo, el también historiador Luis García Pimentel (1855-1930)– les hizo una introducción y “son buenísimas”, leyó todos los libros disponibles en la época y se le quedaban “bien grabados en la cabeza”:

“Desde los primeros tomos ya se ve una madurez tremenda, una capacidad extraordinaria de lectura, de conservar y de asimilar la información y de escribir de manera sumamente clara y documentadísima. Entonces ya mostraba su capacidad de historiador pero no se dedicaba a escribir libros, siempre se queda con las ganas de hacer un ensayo del siglo XVI.

“Pero si sumamos sus múltiples artículos, que a veces son estudios muy extensos de cincuenta, cien o más de cien páginas, y los libros que sí alcanzó a escribir –como su gran biografía del obispo de México, fray Juan de Zumárraga, y bueno, su Bibliografía Mexicana del Siglo XVI–, nos damos cuenta de que también fue un escritor importantísimo. Se puede decir que aparte de editor fue un historiador tremendo, muy, muy importante.”

En 1894 el editor se anima por fin a redactar su estudio histórico sobre la dominación española en México, “pero apenas pudo escribir la mitad de la introducción, un texto importante de cuarenta o cincuenta páginas, con una lucidez tremenda donde destaca la importancia del siglo XVI para México”.

Acto contra la fe

Y es la biografía de Zumárraga, precisamente, una de las obras de García Icazbalceta destacada por Martínez Baracs. El libro incluye no sólo la vida del obispo de la Nueva España, “es una serie de estudios sobre Zumárraga, sus libros y su época, por eso es parte de la historia del siglo XVI”.

Detalla el historiador que el autor tuvo que tratar el asunto de la supuesta participación de Zumárraga en la historia de las apariciones guadalupanas. Se planteó si era verdad lo que la mayoría del pueblo mexicano acepta: que el indio Juan Diego había ido a verlo varias veces para contarle de la aparición de una señora, y que cuando le pidió una prueba Juan Diego llevó unas rosas y al enseñárselas al obispo, quedó estampada la virgen de Guadalupe en el ayate del indio. Y entonces el propio Zumárraga manda construir una ermita en el cerro del Tepeyac.

“García Icazbalceta se había puesto a estudiar el tema y no encontró ningún documento, ¡ningún documento!, que hablara de esta historia. Él –como le digo– ya había acumulado una enorme cantidad de documentos del siglo XVI y nadie habla de la virgen de Guadalupe, ni Zumárraga ni ningún fraile. De hecho ésta es una historia que conocemos por un libro impreso a mediados del siglo XVII” (Nican Mopohua, 1649).

Describe el historiador que al enfrentarse a esa realidad, el historiador del siglo XIX se preguntó qué debería hacer, y unos amigos sacerdotes le dijeron que mejor no publicara eso, y no lo publicó. Pero cuando salieron los dos tomos sobre Zumárraga, la gente iba de inmediato a buscar el capítulo de la virgen y no estaba:

“Y a este gran escritor mexicano, el mejor de los historiadores y tan profundamente católico, lo odiaron, lo denostaron, hablaron lo peor de él. Y el arzobispo de México, que era su amigo porque García Icazbalceta hacia muchas obras de beneficencia, le pidió: ‘Don Joaquín, usted tiene que escribirme algo para que me explique’. Y él le dice: ‘No, no quiero ofender a  los mexicanos’.”

El arzobispo insiste y le dice que se lo manda como prelado.

Entonces –sigue Martínez Baracs– el autor, a cambio de que nunca nadie la conozca, le escribe una carta explicando “el famoso argumento negativo: que no hay documentos que prueben las apariciones, pero no le bastaba con decir ‘esto no está probado, hay que decir lo que sí pasó’”.

Ahí pudo demostrar algunos datos. Para entonces ya se estaba comenzando a editar la obra de fray Bernardino de Sahagún, quien menciona que la diosa madre de los mexicas se llamaba Cihuacóatl, la serpiente mujer, y se aparecía desde antes de la conquista. A esta diosa también le llamaban Tonantzin, que en náhuatl significa nuestra madre. Y a la virgen de Guadalupe también se le llama Tonantzin.

“De modo que no se puede probar la aparición de la virgen de Guadalupe ni que haya ocurrido la historia que todos conocemos, pero sí se puede saber que los indios hablaban de múltiples apariciones de su diosa Tonantzin-Cihuacóatl, hay una relación en todo eso, pero en aquella época es un argumento que repugna mucho a las autoridades católicas.

“Ya ve que hoy en día viste mucho decir que la religión católica es afín y tolerante con la religión prehispánica y todo eso, pero a la hora de decir que las apariciones de la virgen de Guadalupe fueron una aparición de la diosa Tonantzin-Cihuacóatl, eso sí no les gusta, porque ellos siguen considerando –como en el siglo XVI Sahagún– que se trata del diablo.”

Detalla que Sahagún argumenta que la virgen es la madre de Cristo, y en cambio la madre de la gente común es Eva, quien peca con la serpiente. Y todo ello lo percibe García Icazbalceta, quien entiende bien las circunstancias que condujeron a la fundación de la ermita y el nacimiento del culto a la virgen de Guadalupe.

El historiador José Luis Martínez relata en uno de los textos publicados por su hijo en la revista Biblioteca de México –escrito con motivo del centenario de la muerte de García Icazbalceta–, que el editor escribió la carta en octubre de 1883. Y dice al final:

“En mi juventud creí, como todos los mexicanos, en la verdad del milagro; no recuerdo de dónde me vinieron las dudas, y para quitármelas acudí a las apologías; éstas convirtieron mis dudas en la certeza de la falsedad del hecho. Y no he sido el único. Por eso juzgo que es cosa muy delicada seguir defendiendo la historia. Si he escrito acerca de ella, ha sido por obedecer el precepto repetido de Vuestra Señoría Ilustrísima. Le ruego, por lo mismo, con todo el encarecimiento que puedo, que este escrito, hijo de la obediencia, no se presente a otros ojos ni pase a otras manos; así me lo prometió Vuestra Señoría Ilustrísima.”

La carta sí llegó a otras manos. Cuenta Martínez Baracs que se tradujo y publicó en latín de manera anónima, y luego en español, también anónimamente, aunque muchos supieron siempre que era de García Icazbalceta. José Luis Martínez agrega:

“El arzobispo no mantuvo la discreción prometida y la carta de don Joaquín comenzó a divulgarse. Causó a su autor graves disgustos y desánimo en sus trabajos, que, de hecho, interrumpió. El sabio don Joaquín García Icazbalceta murió el 26 de noviembre de 1894, fulminado por un ataque de apoplejía. Los aparicionistas no respetaron su muerte, que presentaron como un ejemplo de castigo divino. Se había atrevido a decir su verdad histórica.”   l