Bajo un mismo sol (II y último)

Con una propuesta curatorial que manifiesta los valores del negocio global del arte de más alto nivel económico –tanto en el ámbito comercial como en la escena museístico-turística–, la exposición Bajo un mismo sol. Arte de América Latina hoy –en el Museo Jumex de la Ciudad de México–, detona la reflexión sobre la inaccesibilidad y desigualdad que existe en el intercambio y circulación internacional del arte contemporáneo. ¿Cómo combatirla, transformarla o, por lo menos, disminuirla?

Sustentada en una iniciativa de la organización Guggenheim (con el objetivo de convertir su identidad trasnacional en actividades museísticas que reflejan la multiplicidad característica de las prácticas culturales), la exposición se limita a repetir autorías promovidas por galerías que participan, en una mayoría de 86%, en Art Basel. Una selección curatorial que no sólo evidencia la simulación del discurso sino que, también, recuerda que las adquisiciones de las piezas exhibidas para la colección del Guggenheim Nueva York son patrocinadas, al igual que Art Basel, por la empresa financiera UBS.

Arquitecto y codirector durante varios años de la galería londinense Blow de la Barra, el curador Pablo León de la Barra (México, 1972) diseñó la muestra a partir de un astuto concepto que, si bien reconoce la   complejidad del término arte latinoamericano (y el reduccionismo que conlleva acotar su diversidad a unas cuantas firmas), no aporta algún tipo de análisis que rebase o reinterprete los estereotipos del tema. Interesado en establecer líneas de continuidad entre el vigor del arte latinoamericano de los años setenta y las prácticas del siglo XXI, León de la Barra definió cinco subtemas que inciden en lenguajes y actitudes artísticas que han nutrido la invención del latinoamericanismo artístico: conceptualismos, modernidades. activismo político, tópicos, y participación/emancipación.

La pintura no fue incluida porque el curador considera que no ha sido relevante. Sin embargo, sí incluye un paisaje tropical abstracto del costarricense Federico Herrera (1978) –quien fue artista de la galería Blow de la Barra–, y una absurda abstracción floral de Gabriel Orozco.

Integrada en su mayoría con obras producidas entre 2000 y 2014 por artistas nacidos en las pasadas décadas de los años setenta y sesenta, la muestra, lejos de evidenciar continuidades con los creadores nacidos en los años treinta a cincuenta, manifiesta profundas diferencias. La agudeza, la crítica y el atrevimiento de Marta Minujin, Juan Downey, Rafael Ferrer, Alfredo Jaar y Luis Camnitzer no se comparan con la banalidad de las dos toallas tiradas en el piso de Dominique González, la instalación de toallas doradas de Adriano Costa, o los simplistas nombres coloniales e indígenas de la planta de coca escritos por Wilson Díaz con semillas trituradas de la planta.

Con un interés notorio en la estetización de los estereotipos del arte latinoamericano, la muestra no incluye realidades incómodas como la corrupción, la pobreza o el racismo, ni cuestiona el apropiacionismo de Carlos Amorales quien, al reinterpretar las tridimensiones móviles de Alexander Calder (E. U., 1898-1976) con una pieza de interacción sonora, remite también a la acción musical que realizó Earle Brown en 1982 en y con una pieza del famoso escultor.

Instalado en la librería del museo, el enorme vinyl con la Artfor um impresa, resume el doble mensaje de la exposición. Realizada originalmente en 1972 por Ferrer (Puerto Rico, 1933), la obra juega con el título de la reconocida revista Artforum y la irreverencia de un inglés latinizado que omite el “whom” (quien), para preguntar: ¿Para quién es el arte?