-Hay un fusilado que vive –le dice un parroquiano del bar El Parlamento a Rodolfo Walsh. Es una tarde de diciembre de 1956, calurosa, y el periodista argentino se chiquitea una cerveza frente a una partida de ajedrez.
Para ese momento, Walsh es un narrador de historias policiacas, de nota roja en el diario, que ha establecido con cierta soberbia: “Perón no me interesa. La revolución no me interesa. ¿Puedo volver al ajedrez?”. Son los meses posteriores a los fusilamientos del régimen autoritario de la llamada “Revolución Libertadora” de Pedro Eugenio Aramburu, cuyas medidas han sido derogar la Constitución que impedía a los extranjeros hacerse de la riqueza nacional y prohibir (decreto 4161) que se mencione en público la palabra “Perón”, así sea para referirse a una pera grande. Un muerto que vive es todo lo que necesita Walsh para interesarse en el tema. Él mismo vivió la represión del 9 de junio de aquel año –que narra en el prólogo de la edición de 1964 de Operación masacre–, cuando un grupo de militares al mando de los generales Valle y Tanco intentan tomar la 2a División del Ejército en La Plata para demandar elecciones en 180 días. Lo que Walsh mira por la ventana de su propia casa es a un conscripto con un balazo quizás en la pierna y otro en el tórax. El soldado no dice –aprecia Walsh–: “¡Viva la Patria!”, sino:
–No me dejen solo, hijos de puta.
La épica no es la frase inscrita en las estatuas. Es la del reclamo del mortal. Y, a partir de la voz que le avisa de que uno de los fusilados de la noche del 9 de junio está vivo, Walsh recorrerá el camino del orgullo por la credencial 539 del Club de Ajedrez de La Plata al develamiento de verdades que no se incluyen en el discurso oficial. Inventor del detective Daniel Hernández –que utilizó como alias cuando las notas periodísticas le daban un poco de vergüenza–, él mismo se cambiará el nombre al de Francisco Freyre y, tras el golpe militar de 1976, al de Norberto Pedro Freyre. “Hay un fusilado que vive” se convertirá en una investigación detectivesca en la que descubre que 12 personas fueron sacadas la noche del 9 de junio de 1956 de una casa en el barrio Floresta: unos veían por tele la pelea entre Lausse y el chileno Loayza, otros jugaban cartas. Son vendedores de zapatos, choferes de camión público, electricistas, ferrocarrileros, oficinistas, veladores de fábricas, uno que se está despidiendo, en la puerta de enfrente, de la novia. Son secuestrados por el ejército argentino y fusilados en un basurero. En la oscuridad y entre disparos, escapan siete de ellos. Son los muertos vivientes, escondidos en casas de parientes, asilados en la embajada boliviana. Nada tienen que ver con el levantamiento contra Aramburu y jamás cae sobre ellos ni orden de arresto ni sentencia alguna. Walsh se plantea legitimar sus historias mediante la novela Operación masacre. Los entrevista, estudia sus casos, subraya los dichos de los jueces, los militares, los policías, conjetura, otorga palabras a los antes mudos. A los muertos que viven. Se sorprende de que ni los diarios ni las editoriales quieran publicar la narrativa con la que ha hilado los testimonios. Sólo la revista Mayoría le da cabida al caso en nueve notas entre el 27 de mayo y el 29 de julio de 1957. El libro aparecerá bajo el sello de Leandro Alem, el impresor, más travieso que eficaz, de una hojita sindical en La Plata.
Pero la verdad colectiva lleva a los militares y policías a las Cortes. Ahí, el responsable de los fusilamientos, Suárez, afirma, al ver a ciudadanos con el tabique y la mandíbula destrozados por las metrallas, recuperándose de disparos en las costillas, las piernas:
–Están heridos, no porque fueran fusilados, sino porque entrenan en campos de tiro con revolucionarios y desestabilizadores.
El diario La Razón de Buenos Aires no sólo oculta los relatos de Walsh, sino que comienza una campaña para desvirtuar a las víctimas: eran parte de una conspiración para derrocar al gobierno legal. El 24 de abril de 1957, la Suprema Corte le da carpetazo a la masacre de civiles diciendo que los policías actuaron por órdenes militares y que éstos sólo obedecían una ley marcial. Walsh insiste:
–Los fusilamientos de inocentes se perpetraron una hora y media antes de que se decretara la ley marcial.
A nadie le importa. Walsh compra un revólver.
Había sido un chico de la provincia argentina de inicios de los años treinta (Pueblo Nuevo de la Colonia de Choele Choel, hoy Lamarque) que una noche había salido para salvar a un caballo fugado. El caballo era de su padre, recién fallecido. Traductor y corrector de estilo desde los 17, Walsh escribió los cuentos que mejor definen el trabajo editorial: “Saber las dos palabras para la cosa y no conocer la cosa misma”; “un corrector jamás tiene la palabra definitiva”; “la traducción es el cambio de un hombre por otro hombre”. Fue la realidad lo que se le presentó como un texto que debía ser traducido, corregido, puesto al viento de las verdades colectivas. A Ricardo Piglia le dice en una entrevista:
–Desde 1968 no hay forma de ser un escritor apolítico.
Los fusilados que viven cambiarán para siempre a la Argentina y al propio Walsh. Mientras el escritor viaja a la Cuba revolucionaria para echar a andar la Agencia Latina de noticias y se convierte en quien decodifique los mensajes de la CIA a los sicarios que desde Guatemala planean una invasión a la isla, muchos jóvenes, incluyendo a su propia hija Vicky,- se unirán a las filas guerrilleras de los Montoneros. El 29 de mayo de 1970 la historia de la violencia sembrada en 1956 se morderá a sí misma: un comando insurgente secuestrará al responsable de los fusilamientos, el general Aramburu. El 29 de septiembre de 1976, en Floresta, la hija de Walsh enfrentará el ataque de 150 soldados y un tanque con una metralleta. Al final, ya derrotada, se meterá un balazo en la sien.
Walsh escribirá: “No vivió para ella. Vivió para los otros. Su muerte sí fue gloriosamente suya”. Y narra lo que un testigo le ha dicho –para ese momento Walsh ha pasado ya a la clandestinidad en la isla del Tigre–: “Cada vez que la muchacha tiraba una ráfaga, ella se reía”. Creyente en que el cerco de silencio de los militares podía ser roto con hojas mimeografiadas insertadas en buzones al azar –el proyecto ANCLA–, Walsh escribe con su nombre una carta a la Junta Militar “sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido”. Ese mismo día (25 de marzo de 1977), en la esquina de San Juan y Entre Ríos, un comando de la ESMA intenta secuestrarlo. Walsh saca su pistola .22 y se defiende. Se dice que sus restos están bajo el campo de futbol de las fuerzas armadas, Deportivo Cabo Primero Ernesto Monte. Este año, en el que muchos dirán que la crónica como género literario fue inventada por Truman Capote hace 50 años, Walsh nos dice que es sexagenaria. No es como la non-fiction gringa, atada al misterio del multihomicida, sino la crónica latinoamericana: habla desde el otro, desde una verdad que el poder ha intentado, sin éxito, silenciar. l








