Desde su constitución en República Islámica, en 1979, sobre Irán pesaban amenazas y bloqueos –sobre todo en lo financiero y lo político– que le impidieron consolidarse como potencia energética. Pero el veto económico de más de 35 años llegó a su fin y ahora, se espera, esa nación inundará el mundo de crudo; la sobreoferta de petróleo, por cierto, afecta a otros países productores, como México. Pero la reincorporación iraní al ajedrez mundial no sólo es económica, sino política, en momentos en los que Medio Oriente vuelve a calentarse de manera acelerada.
Con el petróleo de referencia Brent a 28 dólares por barril (20 dólares la mezcla mexicana), los países de América Latina que dependen de la exportación de hidrocarburos leen el levantamiento de las sanciones a Irán en clave catastrófica: el regreso a los mercados de la república islámica, que antaño fue el segundo productor más importante de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), significará la entrada de cientos de miles de barriles de crudo cada día, en un contexto de exceso de oferta.
Las naciones exportadoras se preguntan cuánto más podrá caer el precio del hidrocarburo, especialmente las que tienen petróleos pesados y costosos de extraer, lo que les crea dificultades para competir con el crudo ligero y barato de Irán.
El sábado 16, el Organismo Internacional de Energía Atómica certificó que Teherán está cumpliendo los compromisos adquiridos para detener su programa nuclear, con lo cual se abrieron las puertas para que comercialice sus productos sin restricciones. Esto causó caídas sucesivas en el precio del petróleo –el martes 19 ya acumulaban 8%– e hizo correr una sensación de alarma en las bolsas de valores del mundo.
No hay consenso sobre lo que va a suceder. The Wall Street Journal prevé que, a pesar de que Irán está consciente de que su retorno hará caer más el precio, “está sediento de efectivo” y “parece deseoso de lanzar una ola de crudo en el peor momento posible”. Una ola, estima, de 600 mil barriles diarios, para empezar.
En contraste, la revista Fortune calcula que serían entre 500 mil y 1 millón de barriles. Advierte que esto “no debería causar pánico”, porque en los países ajenos a la OPEP el costo de producción es mayor que el precio de venta y eso va a sacar del mercado a muchos competidores (y probablemente obligará a cancelar o suspender inversiones en proyectos caros, como los de aguas profundas y fracking en México), con lo cual se producirá un efecto de compensación.
El éxito de la diplomacia
Del lado iraní hay optimismo. El jefe de gabinete del presidente Hasán Rouhaní declaró a CNN Money que “Irán se convertirá en uno de los mercados emergentes más prometedores en las próximas décadas”, con un crecimiento anual promedio de 8%.
El diario británico The Guardian reporta que “las compañías occidentales están compitiendo como caballos de carreras por las oportunidades de inversión” que se van a abrir en el país, con representantes de unas 150 empresas de 50 naciones ya presentes allí.
Y Renaissance Capital, una firma rusa de inversiones, describe a Irán como “la última economía de tamaño significativo que faltaba por abrirse al capital internacional”.
Del otro lado del Golfo Pérsico, sin embargo, el ánimo es muy diferente, y no sólo por el posible impacto en los precios petroleros.
Los países sunitas, encabezados por Arabia Saudita, observan con recelo los pasos para reconstruir las relaciones entre Washington y los chiitas de Teherán, sus enemigos de siempre. Existe una excepción: Dubái, la ciudad de los Emiratos Árabes Unidos que ha servido para evadir los embargos comerciales impuestos a Irán, canalizando flujos financieros ilegales y el contrabando de mercancías, y que ahora espera beneficiarse de esos negocios abiertamente.
Para el presidente estadunidense Barack Obama, haber puesto en modo de pausa prolongada el programa atómico iraní es una gran victoria diplomática, un hito en la lucha por la no proliferación nuclear y un alivio para su mejor amigo en la región: Israel, aunque el primer ministro Benjamin Netanyahu no ha dejado de denunciar el acuerdo como una renuncia irresponsable que pone en peligro la existencia de su país.
“Si antes Irán estaba expandiendo sistemáticamente su programa nuclear –declaró Obama el domingo 17–, ahora hemos cortado todas y cada una de las rutas que pudo haber usado para construir una bomba, sin tener que empezar otra guerra en Medio Oriente.”
La alternativa era una serie de ataques aéreos contra las instalaciones nucleares iraníes, lo que no hubiera asegurado la destrucción del programa (muchas de ellas son subterráneas y están fuera del alcance de las bombas) y muy probablemente hubiera desatado un conflicto regional mucho mayor que el provocado por el Estado Islámico (EI).
Y en este último asunto, además, los analistas creen que la distensión puede ayudar: una cooperación Washington-Teherán mayor a la ya existente (aviones estadunidenses e iraníes se turnan para hostigar al EI) podría conducir no sólo a la derrota de las huestes islamistas, sino a una negociación que permita ponerle fin a la guerra civil en Siria, con la creación de un gobierno de base amplia que incluya a los partidarios de Bashar al Assad (pero a él no, iría al exilio) y a los diversos grupos de la oposición (excluyendo a los afiliados de Al Qaeda).
Un gobierno iraní satisfecho y con poder podría ayudar a crear este clima favorable si coincide con una administración estadunidense con el mismo estado de ánimo.
Las cosas en ambas naciones, sin embargo, son bastante más complejas: al contrario de los países centralizados, donde predomina una cúpula capaz de imponer sus decisiones, Estados Unidos e Irán se caracterizan por una multipolaridad interna, por tener dos o más centros de poder que están en competencia y frecuentemente se anulan mutuamente.
Si a raíz de la revolución que derrocó al sha Reza Pahlevi e instaló a los ayatolas en el poder (1979-1980), las relaciones bilaterales se rompieron con la toma de rehenes de la embajada estadunidense en Teherán, 36 años después se reencauzan con otro evento parecido, pero con lectura muy diferente.
En aquella época, la devolución de los rehenes fue vista como una humillación para la gran potencia y una derrota personal de su presidente Jimmy Carter, que lo llevó a perder las elecciones; ahora, después de que dos embarcaciones de la marina estadunidense fueron capturadas en aguas territoriales de Irán y sus 10 tripulantes detenidos, el martes 12, en lugar de que el conflicto escalara, ambos gobiernos mantuvieron la prudencia y después de varias conversaciones telefónicas entre el secretario de Estado, John Kerry, y el ministro de Exteriores, Javad Zarif, los iraníes los liberaron 15 horas después con todo su equipo y armamento.
La secuencia de hechos, sin embargo, indignó a los “halcones” estadunidenses, para quienes las imágenes de sus marinos, puestos de rodillas y bajo las miras de los rifles, presentan a un Estados Unidos débil que busca patéticamente reconciliarse con un enemigo envalentonado.
El senador Ted Cruz, uno de los precandidatos republicanos a la Presidencia, aseveró que esto “refleja un patrón que hemos visto una y otra vez en la administración de Obama, de negociar con terroristas y llegar a acuerdos que ponen en peligro la seguridad de Estados Unidos”. Cruz y sus copartidarios han advertido que, de ganar las elecciones de noviembre próximo, tratarán de revertir el pacto con Irán.
Votar sin ser votados
En Irán las cosas son más complicadas. La enredada estructura de gobierno coloca por encima de todo al líder supremo, considerado representante de Dios en la Tierra, que supervisa todos los demás poderes: el presidente, el Parlamento, el Poder Judicial y dos cuerpos especiales: el Consejo Guardián y la Asamblea de Expertos.
En principio su palabra debería ser la última. Pero el actual líder supremo, el ayatola Alí Jamenei, sucesor del fundador de la República Islámica, el ayatola Rujola Jomeini, llegó a su cargo de una manera que sus pares consideraron irregular. Su legitimidad está cuestionada. Para sobrevivir y mantener a raya a posibles rivales, maneja un complicado juego de equilibrios.
El éxito de la apuesta por el acuerdo con Estados Unidos que hizo el presidente Rouhaní, del bando progresista, debería fortalecer las posibilidades de que su sector político obtenga una victoria en las elecciones legislativas que tendrán lugar en febrero. Por un lado, porque Washington podrá ser cada vez menos el “gran Satán” que denunció Jomeini –su papel de enemigo total se irá disipando– y eso favorecerá la apertura de la sociedad que demanda gran parte de la juventud.
Por el otro lado, el levantamiento de las sanciones permitirá que la economía respire y vuelva a crecer –aunque tal vez no al alegre ritmo de 8% anual–, impactando positivamente el nivel de vida de las familias. En el corto plazo, el gobierno podrá disponer de alrededor de 100 mil millones de dólares de cuentas que habían sido bloqueadas por decisión del Consejo de Seguridad de la ONU.
El optimismo, sin embargo, se ha enfriado inesperadamente. El Consejo Guardián –la mitad de cuyos 12 miembros es designada de manera directa por el líder supremo– tiene la función de aprobar o no a todos los candidatos al Parlamento para asegurarse de que cumplan los requisitos de probidad religiosa y lealtad al sistema.
Para ocupar los 378 puestos en disputa (290 asientos de la Cámara Baja y 88 de la Alta), se presentaron unos 12 mil aspirantes, de los cuales sólo fueron aceptados cerca de 4 mil 700, algo más de la tercera parte, según cálculos de la agencia Reuters.
Sin embargo, la vara del Consejo fue especialmente severa con los candidatos progresistas: la agencia ILNA estima que de unos 3 mil, apenas 30 pasaron la revisión: uno de cada 100. Muy lejos, aunque ganaran todos, de poder formar una fracción significativa en el Parlamento.
Todavía tienen la posibilidad de presentar una apelación para que el Consejo reconsidere sus casos. “Los primeros reportes que recibí no me hacen feliz para nada”, dijo decepcionado el presidente Rouhaní. “Utilizaré todo mi poder para proteger los derechos de los candidatos”, prometió.
Pero los miembros del Consejo no le responden a él, sino al líder supremo. Si bien Jamenei apoyó a Rouhaní a lo largo del proceso de negociación sobre el programa nuclear y validó el acuerdo final, ahora parece temeroso de que el éxito del presidente lo fortalezca en exceso, y privarlo de un bloque legislativo amplio es una forma de mantenerlo aislado y a la defensiva.
“He dicho que aquéllos que se oponen a la República Islámica también deben participar en la elección”, sostuvo el líder supremo el miércoles 20, en un afán de combatir el abstencionismo.
Pero desde su concepción, votar y ser votado no son derechos inseparables: “Esto no significa –aclaró– que los oponentes de la República Islámica deben ser electos al Parlamento. Sólo a aquéllos que creen en los valores de la República Islámica se les debe permitir entrar al Parlamento”.
Para sustentar su lógica, se apoyó en el ejemplo de quien considera su enemigo: “Incluso en Estados Unidos, que dice ser la tierra de la libertad y algunas personas inocentemente aceptan eso, durante la Guerra Fría, todos aquéllos con alguna inclinación socialista hubieran sido marginados”. l








