México en los foros multilaterales

Se acaba de poner en circulación el libro México en el multilateralismo del siglo XXI, reflexiones a los 70 años de la ONU, cuyas editoras son Guadalupe González González, Olga Pellicer y Natalia Saltalamacchia. Lo publican Siglo XXI, el ITAM y el Senado de la República. Este libro forma una trilogía con dos volúmenes anteriores sobre relaciones exteriores de México, aparecidos también bajo los dos primeros sellos mencionados. En el contexto del escaso interés de las élites políticas y los medios de comunicación mexicanos respecto a la relación de nuestro país con el mundo, esa trilogía adquiere un valor especial.

La acción en foros multilaterales es uno de los rasgos más notorios de la política internacional contemporánea. La globalización económica, la naturaleza de las amenazas a la seguridad internacional, los avances tecnológicos, entre otros factores, imponen la necesidad de actuar coordinadamente. En efecto, es imposible combatir el cambio climático o el problema del narcotráfico de manera aislada. La cooperación con otros países es indispensable.

El libro se inicia, a guisa de introducción, con un largo ensayo sobre la evolución de los foros multilaterales en nuestro tiempo. Existe un escepticismo generalizado frente a las organizaciones tradicionales, que no logran realizar las reformas necesarias para adaptarse a nuevas realidades; el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas es un buen ejemplo. Ahora bien, las nuevas propuestas para la acción multilateral –una de las cuales es lo que se ha dado en llamar “clubes de gobernanza”– no llegan a convertirse en verdaderas alternativas. Carecen del carácter universal de la ONU y no consiguen imponer mecanismos de seguimiento y evaluación que aseguren líneas de continuidad. Por otra parte, el dilema sobre el papel respectivo de los gobiernos o la sociedad civil organizada en las acciones multilaterales ha creado múltiples incertidumbres. Lo cierto es que sin la participación de los gobiernos se diluye la posibilidad de traducir en políticas públicas lo acordado en foros multilaterales.

La parte central del volumen está compuesta por 16 capítulos divididos en cuatro grandes áreas: paz y seguridad, problemas sociales, temas económicos y nuevos actores. Han sido escritos por un grupo muy heterogéneo e intergeneracional de especialistas. Algunos son nombres muy consagrados en la actividad diplomática; otros, académicos de prestigio, jóvenes que inician su carrera y activistas sociales. Esa pluralidad permite analizar bajo perspectivas y aproximaciones distintas los problemas tratados. Existen, sin embargo, dos líneas comunes a todos los capítulos: por una parte, el propósito de precisar dónde se encuentran los temas estudiados en los foros multilaterales: si hay consensos, si las posiciones están muy divididas o si se han aprobado marcos jurídicamente vinculantes para enfrentarlos; por otra, identificar la participación de México que ha dejado huella, tanto por el desempeño de sus diplomáticos como de los grupos organizados de la sociedad civil.

Es difícil adentrarse aquí en la riqueza de los 16 trabajos. Existe, también, el peligro de dejar sin mencionar aportaciones valiosas. Me referiré, entonces, de manera general a algunos de los hallazgos que se derivan de la lectura de la obra. En primer lugar, se encuentra el carácter transicional de los momentos que estamos viviendo. En prácticamente todos los campos de la acción multilateral hay anhelos de cambio, propuestas de reformas, urgencia de buscar nuevos foros y, simultáneamente, opiniones contradictorias sobre las rutas que se deberían seguir. Por ejemplo, no se pone en duda el robusto marco normativo internacional para la defensa y promoción de los derechos humanos que se ha construido. Pero sí hay diversas posiciones sobre hasta dónde llevar su aplicación. Las diferencias entre liberales y estatistas se mantiene viva. Aquéllos piden dejar a un lado la soberanía cuando están de por medio violaciones a los derechos humanos. Los otros colocan por delante la soberanía. México se encuentra en la encrucijada. Desde comienzos del presente siglo venía siguiendo la línea liberal. ¿Se mantendrá allí?

El siguiente hallazgo que llama la atención es el cambio que está ocurriendo en el régimen internacional de control de drogas. Hasta hace pocos años, éste tenía como objetivo principal fortalecer una tendencia prohibicionista, mucho más estricta a la utilizada, por ejemplo, en el caso del alcohol. Hoy hay vientos de cambio. En estados parte de EU, en países como Uruguay, en las decisiones de la Suprema Corte de Justicia en México, se advierten nuevas aproximaciones que impulsan formas distintas de regular el tema de las drogas. En el capítulo incorporado en este libro las predicciones sobre lo que ocurrirá al respecto en la Asamblea General de la ONU el próximo abril son cautelosas: “cambio ma non troppo”,­ nos dice un conocido especialista.

El tema de la brecha entre lo que se suscribe en los ámbitos internacionales y lo que se implementa a nivel interno es otro de los aspectos desarrollados en el volumen que merece destacarse. La cuestión de los desplazados internos por la violencia ilustra bien esa brecha. Las posiciones oficiales de México están a la vanguardia en los foros multilaterales, pero internamente existe una incapacidad de asumir y enfrentar dichos desplazamientos. Prefieren ignorar el problema y voltear la cara.

Finalmente, la obra coloca sobre la mesa el debate sobre el papel del Ejecutivo y otras ramas del gobierno, como el Legislativo, en la definición de posiciones ante asuntos multilaterales. Asimismo, el espacio que debe darse a las ONG en el tratamiento y puesta en marcha de acciones decididas multilateralmente. En el siglo XXI, el monopolio del Ejecutivo sobre esos aspectos ya no puede ser total.

En México, la relación con el mundo es un ámbito que recibe poca atención. Somos un país bastante ensimismado en los temas internos. Este libro nos ayuda a entender por qué lo que se debate y decide en foros internacionales tiene indudable trascendencia. l