“La inseguridad ya nos rebasó a todos”

Las estadísticas difundidas en Jalisco durante 2015 indican que la inseguridad se incrementó. En la zona metropolitana, la ciudadanía asegura que ese es el principal problema social, por encima incluso del desempleo. Proceso Jalisco entrevistó a Alfredo, un asaltante de 49 años que ha caído 11 veces en prisión –hoy está en Puente Grande–, quien habla de sus andanzas y advierte que, en efecto, todos somos víctimas de ese flagelo.

Se llama Alfredo y tiene 49 años. Los últimos cinco los ha pasado en el penal de Puente Grande por un asalto que cometió junto con cuatro pandilleros disfrazados de payasos en un establecimiento de San Juan de Dios.

Cuenta: “Entramos vestidos de payasos al centro joyero. Los niños reían, mientras los empleados nos miraban sin entender qué pasaba. El guardia de seguridad también esperaba el show, pero le tapé la boca y lo encañoné con la fusca.

“Mis compañeros se apresuraron a romper los cristales y sacar todas las joyas que pudieron. El robo fue limpio, en menos de un minuto, al estilo gringo… Pero nos agarraron días después y aquí estamos.”

El asalto ocurrió en julio de 2009. La banda Los Payasos, liderada por Alfredo, se llevó más de tres kilos de oro, equivalentes a más de 1.5 millones de pesos. Hoy, Alfredo es uno de los asaltantes con mayor reincidencia penitenciaria en Jalisco, pues ha estado 11 veces en prisión.

Alfredo estuvo ocho meses libre, después de cumplir una condena de ocho años por robo de vehículo. Tiene siete impactos de bala en el torso, así como en la pierna y el brazo izquierdos.

En entrevista el recluso habla sin tapujos. Lo único que sabe hacer, dice, es robar. Cosas de la adrenalina “Es muy cabrona”, comenta. Sin embargo, aunque no habla de su matrimonio, se muestra contrariado cuando habla de sus hijos, pues no quiere el mismo futuro para ellos, aunque, admite, su ejemplo los ha llevado por el camino de la delincuencia.

Sentado a la sombra en el área de terraza del Reclusorio Preventivo, cuenta: “Empecé mi carrera delictiva a los 15 años. Nunca tuve necesidad de robar, pues a mis padres les iba bien con sus puestos de comida, pero a mí me daba pena atender el changarro. Empecé a faltar a la preparatoria y me junté con unos güeyes de mi cuadra que se dedicaban a vender estéreos robados, allá por Avenida Revolución”.

En esa época, como cualquier adolescente, su mayor deseo era tener el mejor equipo de audio para el carro que su padre le prestaba. Un día se fue de pinta y se dedicó a buscar un vehículo con autoestéreo Pioneer KP-500. Encontró uno y lo abrió con una llave de acero. “No medía el peligro”, relata.

Meses después su padre descubrió otro estéreo robado por Alfredo días antes y decidió quitarle el carro. Como necesitaba algo en qué moverse, dice el entrevistado en tono burlón, decidió robar su primer auto. La suerte le duró poco y antes de cumplir la mayoría de edad cayó en el Centro de Readaptación Juvenil del Estado, mejor conocido como El Tutelar, donde estuvo un año. Sus padres nunca fueron a visitarlo.

Sin embargo, las medidas correctivas no funcionaron con él: “Mis padres creyeron que ahí me compondría, pero les salió el tiro por la culata, pues el tutelar es la escuela de la delincuencia. Ahí conocí a mis futuros socios, quienes tenían libros (con los nombres) de joyeros clandestinos que no le pagaban al fisco.

“Al salir del tutelar –agrega–, nos pusimos a chambear. Durante los siguientes dos años nos dedicamos a robar oro y plata”, expone.

Después comenzó a robar dinero en efectivo. Asaltaba una vez por semana los camiones blindados del Banco del Atlántico. Lo hacía en complicidad con choferes y empleados de la institución. Poco después fueron identificados por una de las cámaras de seguridad y los aprehendieron a todos. Alfredo fue arrestado.

El reincidente

De las 11 veces que Alfredo ha caído en prisión por el delito de robo en distintas modalidades: a bancos, joyerías, casas-habitación, autos y asaltos a mano armada, siempre ha salido absuelto. Su estancia más larga ha sido de ocho años.

Sin ufanarse, comenta que la inseguridad en el estado ha rebasado los límites de la violencia. Y critica a los adolescentes de ahora porque, dice, “¡están bien pendejos!, pues andan arriesgado su vida por robar un pinche celular!”.

Antes, dice, había códigos, había respeto; no había necesidad de usar la violencia. “Pero ahorita, por robar mil pesos andan hasta matando a la gente. ¿Tan poco vale la vida ya en este país?”, se pregunta.

La violencia está no sólo en Guadalajara, sino en Tlajomulco, Tonalá; está en todos lados. Cuando salga de prisión, asegura, “hasta yo corro el peligro de ser asaltado por un pinche escuincle. La falta de seguridad es un problema grave, pues la necesidad ya nos rebasó a todos”.

Los delitos de alto impacto han aumentado desde hace ocho años, sobre todo los asaltos a mano armada, de acuerdo con las cifras de la Fiscalía del estado y el Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP).

La Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (Envipe 2015), del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), por ejemplo, indica que en Jalisco se cometen más de 1.5 millones de delitos al año.

Esas cifras contrastan con el discurso optimista del gobierno del estado, que habla de una reducción de los índices delictivos. La Envipe demuestra que no existe una diferencia significativa en la baja en ese rubro de 2014 con respecto a 2013. Por el contrario, demuestra que los niveles delictivos siguen siendo superiores a los registrados entre 2010 y 2012.

La encuesta coloca a Jalisco como el tercer estado más inseguro del país desde los últimos cuatro años, con una tasa de prevalencia delictiva sólo por debajo del Distrito Federal y el Estado de México. Los delitos de mayor incidencia durante 2014 en la entidad fueron las extorsiones, los robos totales o parciales a vehículos, seguidos por robos o asaltos en la calle y el trasporte público.

Además, en 46% de los casos de robo en la vía pública los delincuentes portaban algún tipo arma, de ahí que, según la encuesta, 69.6% de la población manifieste sentirse insegura.

Con respecto a la cifra negra de las denuncias no presentadas, la Envipe estima que Jalisco va al alza con relación a los años pasados, pues en 94.8% de los delitos cometidos en la entidad no hubo una denuncia o no se inició una averiguación previa.

Hoy, según estimaciones oficiales, la inseguridad le cuesta al país 226.7 millones de pesos al año, lo que equivale a 1.27% del PIB. Por lo tanto, la población mayor de 18 años considera que la inseguridad y la delincuencia es el problema que más les aqueja, muy por encima incluso del desempleo.

En 2015, los homicidios en el estado se incrementaron 9% con relación a 2014 y 2013, según las cifras del Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses. Fueron mil 208 las personas asesinadas, tres por día, en promedio.

Cifras de la desesperanza

La seguridad empeora, afirma para Proceso Jalisco el investigador de la Universidad de Guadalajara, Francisco Jiménez Reynoso, experto en temas de seguridad pública. Según él, cuatro encuestadoras colocaron a Jalisco como foco rojo durante 2015.

Envipe, el Centro de Investigación para el Desarrollo, A.C. (CIDAC), México ¿Cómo V amos? y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), dice, coincidieron en que la tasa de homicidios, la incidencia delictiva y la desconfianza hacia las instituciones de seguridad pública en Jalisco van al alza.

La OCDE, una de las instituciones más respetadas a nivel internacional, apunta que en Jalisco subió 11% la tasa de homicidios de 2014 a 2015. En un año, dice Jiménez Reynoso, el estado pasó de 7.5 a 19.2 asesinatos por cada 100 mil habitantes. El estudio revela que el desempleo también aumentó de 2.1 a 2.9 por cada 100 mil habitantes.

Jiménez Reynoso enfatiza: “La crisis de la inseguridad va de la mano con el desempleo, pero también hay que tomar en cuenta el alza en la cifra negra de delitos; es decir, los casos que no se denuncian. En ese rubro Jalisco también rebasa el promedio de la media nacional”.

Explica que si bien existen menos denuncias por robo ante la fiscalía del estado, esto no significa que los delitos disminuyan. Por el contrario, insiste el académico, las víctimas por delitos de alto impacto aumentaron este año, pero también se incrementaron aquellas que no quisieron presentar una denuncia ante las autoridades.

Y agrega: “Aquí aplica la teoría psicológica de la desesperanza. Los ciudadanos en Jalisco viven con una depresión social, pues sienten que si han sido víctimas de un delito y deciden denunciar, lo único que van a perder es tiempo. La población siente que si presentan su queja no pasa nada. No hay confianza en las instituciones, hay un sentimiento de impunidad”.

Sin embargo, resalta que la inseguridad es el tema que más preocupa a los jaliscienses. Considera que los robos son cada vez más violentos, en parte, dice, porque la violencia se ha normalizado y la delincuencia supera la organización e ingenio de la propia policía.

“Antes se hablaba de delincuencia organizada y de la delincuencia común –comenta–. Pero hoy persiste una delincuencia semiorganizada, como la de los motoladrones, compuesta por un grupo pequeño de personas organizadas para cometer robos. Este tipo de delincuencia es la que más se percibe en la zona metropolitana y la que menos denuncias y seguimiento tiene.” l