En una de las corridas más recientes en la Plaza México, alguien decidió “rebautizar” un toro como Juezpen, para insultar a la autoridad. Nadie ha sido sancionado. El episodio revela la indolencia y dejadez con que se maneja el mayor coso del país, donde toda mediocridad tiene su asiento. En este contexto se celebrará, el próximo 5 de febrero, el 70 aniversario de la inauguración de la plaza, luego de 22 años de desastrosa gestión empresarial.
En la vigesimosegunda temporada “grande” organizada por la empresa de la Plaza México, su congruencia con el ensayo y error taurinos sólo es proporcional a los cambios de su razón social en ese lapso: Promotora Alfaga, SA de CV, Promotores Artísticos y Taurinos SA de CV, Renovación Taurina 2006 SA de CV, subarrendataria de la anterior, Empresa Plaza México SA de CV, y Productora Global EMT SA de CV.
Con todos los nombres se han obtenido los mismos resultados: falta de respeto por el toro, espectáculo de espaldas al público, combinaciones antojadizas, privilegiar sistemáticamente a las figuras importadas con ganado, alternantes y premiaciones, en menoscabo del urgente surgimiento de diestros mexicanos taquilleros, connivencia con las autoridades taurinas o abierto sometimiento de éstas.
A la añeja despreocupación de la empresa por tener una plaza semivacía se añade la sucesión de fraudes sin sanción y demandas sin efecto, una crítica especializada mayoritariamente incondicional y una obstinada trivialización del rito taurino a partir de la escasa comprensión de éste y de su valor identitario e histórico por parte de los promotores Miguel Alemán Magnani y Rafael Herrerías Olea, quienes hace 22 años operan con la licencia otorgada tres años antes a Promotora Alfaga, filial de Televisa, por Manuel Camacho Solís, entonces jefe del Departamento del Distrito Federal, en el inmueble propiedad de Antonio Cosío. Los festejos más recientes confirman lo anterior.
Autoridades en ridículo
En la décima corrida “formal” –tres jueves taurinos de “oportunidad” resultaron desastrosos en cuanto a asistencia, resultados artísticos y “beneficio”, tanto para los actuantes como para la Asociación Nacional de Matadores y la Unión Mexicana de Toreros. Ante menos de un cuarto de entrada partieron plaza Fabián Barba y Víctor Mora, de Aguascalientes, y el andaluz Manuel Escribano, que confirmaba la alternativa recibida 11 años atrás, para lidiar cinco toros de la otrora prestigiada ganadería de La Punta, inciertos y escasos de trapío a excepción del tercero, y uno de San Marcos que puso en apuros a las cuadrillas.
Y se repitió la historia de siempre: Escribano, con 46 corridas toreadas en la temporada española y una tauromaquia lúdica en los tres tercios, obtuvo entre división de opiniones la oreja de su segundo, en tanto que Fabián Barba, que venía con sólo cuatro tardes y la de su confirmación en Madrid, estructuró con el de San Marcos una sorprendente faena por ambos lados. Siempre dispuesto, a su segundo, de La Punta, lo recibió con largas cambiadas en los medios, hizo un quite lucido y variado y una faena pundonorosa entre los pitones hasta ser prendido y recibir un puntazo en el escroto. Dejó una estocada apenas desprendida, hubo fuerte petición de oreja que el juez de plaza Jorge Ramos negó, y dio una clamorosa vuelta al ruedo.
Lo estridente de esta corrida fue que en sexto lugar salió el toro de nombre Juezpen, originalmente bautizado por los ganaderos como Arte, pero al que “alguien” cambió el nombre como reprimenda al ahora rigorista juez, que en otras ocasiones ha premiado una faena después de un pinchazo. Pero ahora usía se puso antojadizo –el mal ejemplo cunde– y desoyó al público y otras sugerencias, por lo que el rebautizo fue con dedicatoria, y no precisamente por penoso o pensionado.
Al día siguiente, tras la andanada de críticas a priori contra los ganaderos de La Punta responsabilizándolos del disparate, éstos emitieron un comunicado que decía: “El domingo pasado durante la décima corrida de la temporada grande en la Plaza México, el último toro del festejo, en la tarjeta de sorteo oficial, tenía el nombre de Arte, pero poco antes de salir al ruedo le cambiaron el nombre al astado y se le puso Juezpen. Ante lo sucedido la sociedad propietaria de la dehesa de La Punta informa que se deslinda de cualquier responsabilidad de dicha anomalía. Cabe señalar que esta sociedad es un grupo de gente honorable y respetuosa, incapaz de cometer una falta de esta magnitud, que ama a la fiesta de los toros, los cuales están dispuestos a comparecer a cualquier investigación que las autoridades correspondientes de la delegación Benito Juárez consideren pertinentes” (sic).
Si no fueron los ganaderos, es muy poco probable que tan creativa ocurrencia haya venido del perjudicado torero, del personal de toriles, del obsecuente juez, de la etérea Comisión Taurina del Distrito Federal o del delegado en Benito Juárez y sus celosos asesores taurinos, por lo que la autorregulación alcanzó nuevas cotas en el Cecetla o Centro de Capacitación para Empresarios Taurinos de Lento Aprendizaje, antes Plaza México, cuya única instrucción al juez y a la delegación fue no dar ninguna explicación, salvaguardando así su atávica, estrecha y opaca relación con la autoridad, sin amonestaciones, multas ni sanciones. ¿Y el público? “Que siga yendo a la plaza para apoyar la fiesta”, como recomiendan los cronistas positivos, aparentemente sorprendidos de que los aficionados se hayan hartado de tantos abusos y veleidades.
Según el Reglamento Taurino para el Distrito Federal “corresponde al jefe de Gobierno nombrar a jueces y asesores” y a la Comisión Taurina proponerle el nombramiento y remoción de éstos. Pero nadie sabe los criterios de selección empleados en esta responsabilidad, ni a quiénes involucran para sus propuestas y si existe un protocolo y un examen o sólo se toma en cuenta experiencia y solvencia económica. La realidad es que hace muchos años jueces y asesores técnicos del hoy Cecetla comprobaron su indefensión por partida doble: por un lado, las autoridades en turno –escoja partido– decidieron desentenderse de vigilar la observancia del reglamento y preservar y fortalecer una tradición en la ciudad con casi medio milenio de antigüedad como expresión identitaria, y por el otro, los poderosos promotores consideraron –el poder no pregunta, actúa, aunque lo sustente la ineptitud– que ellos eran los únicos depositarios de esa tradición, ya que arriesgaban su dinero, así fuera con opacidad, sin rigor de resultados ni transparencia empresarial, no se diga responsabilidad social y cultural. Con un veterinario incondicional y excluidos por la empresa los exámenes post mórtem, no es de extrañar la anarquía prevaleciente y los fraudes sistemáticos en lo que a ganado se refiere.
Rigorismo exhibicionista
En la siguiente corrida, con los tendidos semivacíos, se anunció al español Víctor Puerto, ya con 20 años de alternativa y tres festejos en España, ocupando un puesto que varios diestros mexicanos merecían; al tlaxcalteca José Luis Angelino y al michoacano Pepe López, para estoquear un encierro discreto de presencia, deslucido y complicado, de la ganadería de De Haro, parchado con un toro de San Marcos. Lo destacable corrió a cargo de José Luis Angelino, muy dispuesto toda la tarde, cubriendo con solvencia los tres tercios, cortándole una oreja al de San Marcos y otra a su segundo, alegre y pronto, tras un pinchazo y una entera certera. Esta vez el chou de la autoridá estuvo a cargo del juez Jesús Chocho Morales, en su momento uno de los mejores subalternos, quien se alcanzó la exhibicionista puntada de ordenar banderillas negras a un toro de De Haro que a la postre fue picado, lo que hacía improcedente tal medida, y más si se toma en cuenta que la gran mayoría de las reses de ésta y otras temporadas han sido pasadas por los jueces con un pujal o fugaz puyazo en forma de ojal. Pero un previsor Morales prefirió evitarse autoritarios cambios de nombre a un toro.
En la duodécima tarde se lidió un encierro de Arroyo Zarco que, no obstante su presencia y debilidad, cumplió en varas, y tres de los ejemplares merecían mejores muletas. Alternaron Ignacio Garibay, con sólo cuatro tardes el año pasado, el español Pedro Gutiérrez El Capea, con 16, y Mario Aguilar, con 10. La asistencia no llegó a un cuarto de plaza y afortunadamente el mejor toro correspondió a Garibay, cuya labor en su primero le mereció una vuelta al ruedo. Con su segundo, Ilusión, que tuvo una embestida de dulce e incluso transmisión, el diestro capitalino, que tantas esperanzas hizo abrigar en sus inicios, logró sustituir la falta de sitio con un oficio bien asimilado, para realizar una faena sobria, precisa, elegante y vertical con ambas manos, que de inmediato conectó con el tendido, añadiendo pases de pecho larguísimos y una trincherilla con la zurda para un cuadro. Se fue tras la espada dejando una casi entera apenas desprendida y el juez Gilberto Ruiz Torres otorgó las dos orejas y ordenó arrastre lento a los despojos del toro, no tanto por su bravura como por su clase y repetitividad. Sus alternantes fueron pero no supieron estar.
En estos casos hay una extraña reacción por parte de la crítica: cuando triunfa un torero nacional que apenas si ha toreado pero posee sobradas cualidades se destacan todos los defectos posibles y se señala con dedo flamígero la poca presencia del astado con el que triunfó, pero que no venga un figurín importado de los que sistemáticamente rehúyen el toro mexicano con edad y trapío, porque entonces todo son virtudes y maestría, así se trate de una mesa con cuernos sospechosos de manipulación y de notoria juventud. Este rigorismo colonizado es otro de los factores que han debilitado la evolución de la fiesta en el resto de los países, convertidos en colonias taurinas más o menos advertidas, desde Francia hasta el Perú, países por cierto donde se lidia el auténtico toro en las principales ferias.
Por fin el temple
En la decimotercera corrida, dizque de vuelta a los carteles importantes –pareciera que la idea de la empresa es demostrar que casi a nadie le interesa la fiesta de los toros, obtener el permiso para demoler la plaza, levantar allí un centro comercial como el del Toreo de Cuatro Caminos, construir en cualquier parte un coso con 10 o 12 mil localidades y seguir jugando a promover la fiesta–, se anunció una combinación interesante en el papel, pero el público no era arisco… por lo que ante menos de un cuarto de entrada hicieron el paseíllo Arturo Macías, que toreó 30 corridas en 2015; el extremeño Alejandro Talavante, que actuó, ojo, en 67 tardes, y Juan Pablo Sánchez, en 15, con un encierro de Campo Real, para variar anovillado y pasador, en ese vicio de la empresa y su leal equipo de adquirir y aprobar encierros sin edad ni trapío.
Una vez más, el torero con menos rodaje y más temple es el que se fue por delante. Juan Pablo Sánchez pudo hacerle a su primero, paliabierto, claro y con recorrido, un bello trasteo en el que desplegó la privilegiada lentitud y naturalidad de su toreo y un claro concepto de las distancias, no sólo despacioso sino melódico, con unas armonías de fondo y de forma que muy difícilmente se encuentran en otro diestro. Dejó una entera que bastó, recibiendo una oreja a ley. No cuidó a su segundo, que fue castigado en exceso y llegó débil a la muleta, consiguiendo no obstante buenos momentos. Ahora, de eso a premiar su labor luego de una estocada baja con una oreja que algunos pidieron, hay un abismo, pero el juez Morales reincidió en la prevención. Talavante, con esa cantidad de corridas toreadas, vino a tentar de luces, y a Macías no se le vieron las 30 tardes que traía. Ambos estuvieron perdidos con la espada. Con la reventa para el mano a mano de José Tomás y Joselito Adame sin duda se recuperarán las pérdidas. l








