“Mia madre”

Comienza con la pujanza de un filme militante, obreros en huelga pidiendo trabajo para todos, policía represora, gresca y mangueras de agua; la precisión de la escena recuerda el estilo de Elio Petri, olvidado maestro del cine de denuncia; sólo las macanas desentonan, se ven de hule. ¡Corte! Claro, están haciendo una película; Margherita (Margheritta Buy), la directora, discute el procedimiento con su equipo y actores.

En Mia madre (Italia, 2015), Nanni Moretti visita el esquema establecido para siempre por Fellini con Ocho y medio (1963), autorretrato del proceso creativo de un artista agobiado por su vida personal, más el peso de un trabajo que lo expone a la mirada pública, tolerar actores, productores. El género es delicado, no cualquiera lo puede tocar sin caer en el martirologio o la confesión penitente; desde Truffault hasta Woody Allen, incluyendo al mismo Moretti en 1981 (Sueños de oro), han caído en la tentación.

Evitando caer en el exhibicionismo, esta vez Nanni Moretti se disimula en el personaje de una directora que durante el rodaje de su película enfrenta la enfermedad terminal de su madre; algo parecido ocurrió en la vida de Moretti mientras filmaba Habemus Papam; ahora aparece como hermano de la protagonista , en el papel de un hijo perfecto que renuncia a todo por cuidar a la madre enferma.

Además del conflicto entre vida profesional y personal que incluye hija adolescente, amante y separación del esposo, Margherita enfrenta el dilema de continuar haciendo cine político o refugiarse en el cine intimista, salida aparente para realizadores combativos que han caído en el desencanto.

La pregunta va en serio, y flota a lo largo de la cinta incluso antes de que una periodista la formule en una conferencia de prensa; parte del desasosiego que transmite Mia madre proviene de esa duda que resuena en la mente de Margherita y que, en un ataque de diva, Barry Hoggins (John Turturro), el actor de su película, le refriega en la cara cuando se queja de diálogos artificiales y pide realidad a gritos. Ella misma ya no se reconoce en el discurso teórico y político de frases gastadas. Moretti no cambia de credo político, simplemente se interroga sobre la eficacia de las fórmulas gastadas en del cine como instrumento de cambio.

La duda no sólo envuelve al artista; Margherita se pregunta angustiada qué ocurrirá con los libros de su madre, profesora de clásicos, cuando muera; tanto Tácito y Horacio para nada. En La habitación del hijo, Moretti exponía el duelo; en Mia madre la muerte no llega de sorpresa, es un proceso suficientemente lento para prepararse ante lo inevitable y reconocer lo esencial de la vida, el amor, el valor de la intimidad.

Es de admirar la tersura de esta realización, el tratamiento de temas tan solemnes temperados con situaciones cómicas sin caer en el cinismo. La realidad se teje y desteje entre escenas de la película dentro de la película, o del sueño dentro de la realidad, creando efectos surrealistas sin perder piso. Margherita le exige a sus actores actuar sin perderse en el personaje, y luego ella confiesa que tampoco entiende la frase; quizá Nanni Moretti tampoco la entienda por completo, pero sí sabe que ahí está la clave.