No cabe duda que iniciamos con el pie derecho el 2016. En el anterior nos fue como en feria. Ahora arrancamos buscándole tres pies al gato, con la intención de que la fortuna no nos desampare. El primer día hábil del año los diarios El Vigía y Reforma nos regalaron la nota de que un grupo de paisanos pugna para que la UNESCO incluya los albures al inventario de legados culturales intangibles del país. Ya forma parte, dicen los interesados, de la lista de Identificación y Registro del PCI (Patrimonio Cultural Inmaterial), paso previo para incluirlo en el inventario nacional. Ahí la llevan.
Ya dieron algunos pasos. Tiene designado su día nacional, que es el 1 de marzo. El INBA sostiene un diplomado en albures finos. Muchos tesistas se ocupan del tema en sus trabajos de titulación. Pero el más importante de todos estos conatos es el hecho de que la población utiliza y vivifica cada día los albures, sin darse cuidado alguno si las instituciones les abren paso a los perfumados salones de la academia o los siguen menospreciando como producción de baja estofa. Podríamos afirmar que no hay mexicano adulto que no sepa devolver mandobles albureros, cuando se presenta el caso.
Ahora que el Conaculta ya es Secretaría de Cultura, los responsables de la dirección general de culturas populares se encontraron con la novedad de que el empleo lingüístico de los albures tiene presencia nacional. Y habrá que admirar sus pesquisas, pues se encontraron también con la desconocida especie de que es un elemento de identidad. Y como estos dos elementos son los requisitos clave para que una costumbre o una expresión cultural sea incluida en la lista del PCI, pues elevaron la solicitud a la UNESCO y están a la espera de una respuesta favorable. ¡Qué cosas tiene la vida!
Lo que no es comprensible es que lo hayan inscrito como “albur chilango”, como si sólo nuestros paisanos de la capital tuvieran esas facilidades de palabra. Tal vez haya muchos defeños campeones en la esgrima del albur y el calambur. Pero decir que son los inventores o los únicos, que manejan tal recurso elíptico y pícaro en nuestra habla del español, obedece a una inexactitud y a una injusticia. Todos los mexicanos andamos imbricados en tales guapuras y desde el río Bravo hasta el Suchiate cualquier paisano levanta el dedo y reclama su campeonato nacional en tales artilugios. Eso de que los veracruzanos son más groseros en su empleo o que los chilangos optan por su utilización modosita, son afirmaciones que no se sostienen. Hay albureros tan vulgares en la capital como en el resto del país; y los hay tan graciosos y sutiles en toda la geografía nacional como en la capital. Esas calificaciones deberían de precisarse, para no caer en pifias de categorización.
La convención para la salvaguarda del PCI se implementó en 2003. Y definió su objetivo central como “el reconocimiento de los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas transmitidas de generación en generación, que infunden a las comunidades y a los grupos un sentimiento de identidad y continuidad, contribuyendo así a promover el respeto a la diversidad cultural y a la creatividad humana”. El gobierno mexicano se adhirió a tal salvaguarda en 2005. En una década, lleva inscritas y reconocidas siete expresiones culturales. Ocupa, junto con Colombia, el primer lugar de Latinoamérica en estas tareas.
Va la lista de nuestros fenómenos culturales incluidos. En 2008 fueron inscritas las fiestas de nuestros indígenas dedicadas a los muertos. Al año siguiente se incluyeron la ceremonia ritual de los voladores, la peña de Bernal como guardiana de un territorio sacro y los lugares y las tradiciones vivas de los otomí-chichimecas de Tolimán. En 2010 fue aún más prolífico en este renglón. La lista se amplió con la tradición gastronómica de Michoacán, la pirekua, que es el canto tradicional de los purépechas y los parachicos de la fiesta tradicional de enero en Chiapa de Corzo. Para 2011 tenía que incluirse la institución musical autóctona que es el mariachi. Puede decirse que este es el logro más sonado, no necesariamente el más importante o significativo.
Ahora esperan turno los albures y calambures, dignos de la honra y prez de nuestro garigoleo verbal. Héctor Garza, del periódico El Dizque (18 de noviembre de 2014) señaló que el problema no reside tanto en reconocer al albur como patrimonio nuestro, sino saber en qué división habría que enmarcarlo. Puede ser considerado dentro del área del lenguaje. Pero posee variables propias que lo trasladen al área de los rituales y aún ser incluido dentro de los juegos y deportes. Quién les manda a los albureros ser tan salerosos. Buena sugerencia es dejarlo en las tres estanterías. Así, quien sólo desee dar carrilla y chacota con el albureo, dirá que está jugando. Cuando lo usen los ungidos y solemnes, que no faltan, esos que invocan a cada paso a la divinidad mientras le sorrajan a uno sus dobles sentidos, al estar incluido en la lista de los rituales les dará la opción de sentir que andan levitando, ocupados en actos religiosos de prosapia y altura.
Me refiero a los rituales mañaneros o vespertinos de estos procaces, pues de sus correrías nocturnas, que tienen muy poco de sacras, ninguno de los otros renglones les otorgará justificación. A los puristas del lenguaje en cambio les costará aceptarlos en el campo verbal, coto de sus exquisiteces. Dirán que tantos años de condesa y que con esto les vienen a deshilachar el abanico.
Así andan los compadres de la Secretaría de Cultura. Al parecer no tienen mejores tareas en que ocuparse. Tienen que justificar el cheque a su favor que les saldrá con fervor y entusiasmo. Se les ocurrió santificar los albures y ni se imaginan lo que van a conseguir con eso. En primer lugar, el discurso de las majadas perderá el tufo a carretón. Ya no será una lacra de arroyo quien se exprese como bodeguero. Las buenas conciencias tardarán en aceptarlo, como siempre. Lo remilgoso no se avendrá con facilidad a los discursos deshilachados, que invadirán la audiencia. El bien hablar fue una de las distinciones de nuestra clase alta. Los pelados arrollarán a los catrines con sus impertinencias y al final todos andaremos en la torre de babel mexicana, que tan pacientemente hemos venido construyendo entre todos.
Los más atareados en esto de hacer la distinción entre el calambur y el tipo de discurso con que siempre se han dirigido a nosotros, serán los políticos. Caerán los muros y por fin reconoceremos, ellos y nosotros, que en eso residía el gran misterio de la incomprensión mutua. Siempre nos habían estado albureando. El problema es que nosotros hacíamos esfuerzos desmedidos por tomarlos en serio. Ni los partidos ni el gobierno utilizaron nunca otro formato lingüístico para con nosotros que la chacota, la carrilla, la socarronería, el calambur y la burla.
Caerán los antifaces y tendrán que aceptar que sus inventos e institutos, el tapado, los candidatos de unidad, el Congreso, el Senado, sus procesos electorales, sus discursos patrióticos, nunca han sido otra cosa que discursos albureros. No guardan la distancia racional e inteligible que señaló Jorge Portilla, en su Fenomenología del relajo, a la ironía y al humor. Jamás impregnaron al producto político nacional de esta alta calificación. Algo bueno podrá resbalarse, pues, de tanto desatino al arranque de este año nuevo. l








