La Galería de Palacio Nacional

Sin una página de internet que informe al público sobre su misión, vocación, gestión y directorio, la Galería de Palacio Nacional es una instancia ambivalente con un gran potencial para la promoción artística.

Adscrita por decreto presidencial a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) desde el 31 de diciembre de 2013, la Galería demuestra que un decreto no asegura el cumplimiento de su contenido. Expedido por el presidente Enrique Peña Nieto, el documento señala que la Galería es responsabilidad de la Conservaduría de Palacio Nacional; una unidad administrativa que, al igual que la Dirección de Promoción Cultural y Acervo Patrimonial –encargada  del Antiguo Palacio del Arzobispado y de la Colección Pago en Especie–, está adscrita a la Oficialía Mayor.

Definida en el decreto como Galería Nacional, este espacio debe estar dedicado, entre otras actividades, a investigar y generar un acervo. Dos actividades que no se han realizado y que, en lo que corresponde a la segunda, es muy cuestionable debido a que la SHCP ya cuenta con una importante –y dispareja– colección de arte contemporáneo.

Sin un programa de exposiciones propio –“Abandonan la Galería de Palacio Nacional” (Reforma, 22 de junio 2015–, el 24 de agosto se inauguró la muestra Máscaras mexicanas, simbolismos velados, organizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Curada por Sofía Martínez del Campo Lanz, la exposición aborda la creación de la máscara desde el México antiguo hasta la actualidad.

Dividida en cuatro núcleos temáticos que corresponden a la presencia de la máscara en el pensamiento universal, a su esencia sagrada, al rito y la festividad, y a su vinculación con el arte, la exposición integrada por aproximadamente 450 piezas sobresale principalmente en las secciones que tratan el uso y significado de la máscara en las prácticas prehispánicas, virreinales y culturas tradicionales. En cambio, el apartado correspondiente a la máscara en el arte moderno y contemporáneo se limita a la descripción sin abordar la diversidad de significados que tienen las distintas maneras de encubrir, disfrazar y diluir el rostro.

Fascinante por la incorporación no sólo de máscaras sino también de esculturas enmascaradas, la sección prehispánica destaca con piezas como la figurilla maya con máscara de ave, el pectoral maya funerario de mosaico de jade, el personaje mexica con máscara de Ehecatl. De los siglos XVII y XVIII, las máscaras con espiga tzotziles se imponen por su inquietante estética totémica. En el siglo XX, si bien se exhiben estupendas propuestas de Germán Cueto, Marcos Kurtycz y Carla Rippey, entre otras, desmerece por la exhibición de una reproducción de Mi nana y yo de Frida Kahlo, una pésima y absurda obra abstracta de Irma Grizá, y demasiadas piezas provenientes de la Colección Jumex y la Galería OMR.

Organizada por el INAH, difundida por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, y con selecciones contemporáneas que recuerdan a los museos del Instituto Nacional de Bellas Artes, la muestra manifiesta una lamentable incapacidad de la SHCP para gestionar un recinto que, por su relevancia artística y turística –decoraciones murales de Diego Rivera–, podría convertirse en una alternativa para difundir la pluralidad del arte mexicano.