“La gaviota”

La gaviota es el retrato de unas vidas inútiles, tediosas y solitarias de personajes incapaces de comunicarse entre sí, y sin deseos de cambiar una sociedad en decadencia, ni el fracaso espiritual en el que viven. En medio del aburrimiento, sufren una tormenta en el interior de su vida, pero Chéjov tiene la habilidad de plantearla en medio de conversaciones banales y cotidianas en las que se va entretejiendo el drama de cada uno de los personajes.

En el Foro Shakespeare se presenta  La gaviota en una corta temporada bajo la dirección y la adaptación de Diego del Río. La protagonizan Blanca Guerra y Mauricio García Lozano, por un lado, y la joven pareja de José Sampedro y Paulette Hernández, por el otro.

Irina es una actriz madura, egoísta y superficial que llega con su amante, un escritor afamado y conforme con su estatus social, a la casa de campo de Sorin, interpretado con justeza por Odiseo Bichir. Blanca Guerra, la actriz experimentada, madre de Konstantin, se impone en la escena con gran temple y verosimilitud. Su actuación es certera y adereza sus participaciones con detalles en la acción y la expresión que hacen crecer al personaje y lo vuelven un ser impositivo y destructor de la vida de su hijo, que apenas empieza en el camino de la escritura dramática.

A su vez, Mauricio García Lozano interpreta a un amante seguro de sí mismo que cede ante la presión de Irina, pero que ejerce su poder de manera soterrada sobre Nina, la jovencita que se inicia como actriz y lo admira con desmesura. Con una expresividad contenida muy eficaz y con movimientos breves y mínimos, el actor proyecta un hombre complejo con una amplia vida interior. Las actuaciones, tanto de José Sampedro como el hijo y Paulette Hernández como Nina, son demasiado superfluas para alcanzar las contradicciones de sus personajes. Dado que Chéjov expresa el drama a través de cotidianidades, el actor no puede quedarse en el simple decir el texto sino en proyectar un subtexto que guíe al espectador por los caminos de su alma.

La adaptación de Diego del Río no ayuda al recorrido emocional de los personajes, pues los cortes o momentos importantes para su comprensión se hallan opacados o ausentes. Los cambios de tiempo que Chéjov plantea en cuatro actos no están claros, y los tropiezos perceptuales del espectador lo alejan de los acontecimientos que ocurren, no en el exterior sino en el interior de los protagonistas.

Masha, la joven enamorada de Konstantin, está desdibujada; y aun así, Adriana Llabrés la hace resaltar con su frescura, inocencia y posterior desgano. Ella accede a casarse con Semion, un profesor preocupado siempre por sus dificultades económicas, pero con educación y cultura. La caracterización que el director eligió para él, interpretado por Carlos Valencia, no corresponden al personaje, y este equívoco, donde el profesor aparece con camisa a cuadros, cachucha al revés y tatuajes en los brazos, rompe el vínculo con su enamorada y los demás personajes y hasta se ve absurdo verlo fumar una pipa.

El escenario, diseñado por Auda Caraza y Atenea Chávez, está dividido en dos partes: la esquina de un interior marcado con paredes blancas, un ropero que representa el teatro, y un espacio neutro con una hilara de butacas al fondo. En este caso, la convención no es nítida y los personajes, que se ubican en las butacas, pueden estar fuera o dentro de la escena, además de que el ir y venir de un lado a otro es completamente arbitrario al igual que combinar los dos espacios en una escena.