“El Caballito”: La controversia que no acaba

Han pasado más de dos años desde que las autoridades de la Ciudad de México dañaron la magnífica estatua de Carlos IV llamada popularmente El Caballito. Desde entonces, de acuerdo con el examen del arquitecto Sergio Zaldívar –a cuyo cargo estuvo su traslado en 1979 a la Plaza que lleva el nombre del artista, el valenciano Manuel Tolsá–, todavía no se sabe quiénes fueron los responsables de ordenar y contratar la acción y por qué hasta hoy sigue cubierta.

A dos años y tres meses de la mala intervención de la estatua ecuestre de Carlos IV, El Caballito, por parte del gobierno de Miguel Ángel Mancera, persisten más dudas que certezas respecto de lo ocurrido en septiembre de 2013, del proceso que se seguirá para su restauración integral, quiénes fueron los responsables de ordenar y contratar aquella acción, por qué hasta hoy sigue cubierta la escultura realizada por Manuel Tolsá y por qué no se han rendido cuentas a la ciudadanía.

Algunas de estas interrogantes son planteadas por el arquitecto Sergio Zaldívar Guerra, exdirector general de Sitios y Monumentos del Patrimonio Cultural del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) –ahora recién convertido en Secretaría de Cultura–, conservador de Palacio Nacional en el gobierno de Ernesto Zedillo y responsable del proyecto de nivelación geométrica de la Catedral Metropolitana, en entrevista con Proceso en su despacho de Mixcoac.

El pasado 20 de octubre, el gobierno de la Ciudad de México, el Conaculta y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) firmaron el “Convenio de colaboración para la restauración de la estatua ecuestre de Carlos IV”, en el cual se establecen las tareas de cada dependencia para devolver al Caballito “su esplendor”:

El Conaculta coordinará los trabajos para terminar el diagnóstico general y un proyecto ejecutivo de restauración; el INAH revisará las conclusiones del proyecto y supervisará y ejecutará la restauración; y el Fideicomiso del Centro Histórico (FCH) colaborará con las dos instancias en los aspectos técnicos y científicos del diagnóstico, así como aportará los recursos financieros para la restauración cuando se sepa cuál empresa realizará los trabajos (según consignó la reportera Niza Rivera en la agencia apro).

Se ha alargado tanto el asunto que Zaldívar parece exasperarse, pero dice simplemente que está convencido de que lo más sencillo es lo más viable, y que la intervención de la obra debería reducirse a lo mínimo. Por lo cual cree que el INAH se hace “pelotas” con “todo un estudio” de la enfermedad de la piedra para restaurar el pedestal de la escultura, reflexiones sobre el tipo de pátina, y consultando a diferentes especialistas sobre la reacción de los metales, cuando el primer paso debió ser lavar insistentemente durante varias semanas la obra para eliminar los residuos del ácido que le causó el daño.

Evoca como un tema “análogo” la película Cadenas de roca, de Kirk Douglas (1951), en la cual “un pobre minero se cae y queda atrapado, lo van a salvar pero empiezan a analizar por dónde entrar, deciden llamar a la prensa, pasan unos días, y piensan que es mejor así pues llegará más prensa, total que la hacen larga y el minero se muere.

“Es una película, pero es lo que están haciendo: ‘Por qué lo vamos a hacer fácil si podemos decir que tiene grandes problemas y que el bronce tiene tanto de cobre, pero tuvo zinc y le falta esto’. Admito que se hagan todos los estudios necesarios para hacer químicamente lo que se deba hacer, pero insisto en que con agua hubiéramos avanzado bastante.”

El agua disuelve y elimina el ácido que se depositó en la parte alta de El Caballito. En un debate privado que tuvo el arquitecto con algunos colegas y restauradores por correo electrónico, se consigna que nadie lavó la escultura pues los restauradores del INAH estaban impedidos de tocarla y quienes tenían permiso no supieron o fueron omisos.

“La cosa es que no lo hicieron –confirma Zaldívar– y el ácido se queda con la humedad haciendo reacciones de nitratos y de óxidos, por eso era urgente eliminar el agente corrosivo.”

Muestra su indignación ante la falta de coordinación entre el INAH y el gobierno de la ciudad para retirar de inmediato el ácido. El Caballito es una obra propiedad de la ciudad pero al INAH corresponde por ley supervisar la intervención de los monumentos coloniales. En este caso, ha sostenido que no autorizó al gobierno de Mancera el proyecto de restauración, realizado por el despacho de Javier Marina.

El arquitecto, quien ocupó hace décadas el área de Monumentos Coloniales en el INAH, afirma que el instituto tiene poder para obligar al jefe de gobierno o los gobernadores a cumplir con la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, “si se levanta en serio, no los trabajadores o el sindicato, sino las autoridades como Teresa Franco (directora del instituto) o Rafael Tovar (presidente del Conaculta hasta el 17 de diciembre pasado).

“Que no me vengan a decir ahorita que no le pueden decir a Rafael Moreno Valle (gobernador de Puebla), que se equivoca, o a los de El Caballito que los dejen entrar. ¿Quiénes son los que no dejaron entrar al INAH a El Caballito?, ¿la ciudad?  Y qué, ¿la ciudad no está sujeta a la Ley Federal sobre Monumentos?”

En su opinión, uno de los problemas es que el INAH pretende acaparar el conocimiento y trabajos de restauración, cuando hay más de 19 mil monumentos coloniales por todo el país a los cuales difícilmente puede brindar atención en su totalidad.

Más que prohibir, dice, el INAH debería decir qué le ha pasado a El Caballito, qué efectos le provocó el ácido, cuáles son los daños, mostrar las fotografías en una exposición que debería colocarse en la Plaza Tolsá (calle de Tacuba, Centro Histórico), y detallar qué se hará para solucionar cada uno de los daños.

“El público va a ver con mucho gusto que lo tomen en cuenta y le informen qué se va a hacer con El Caballito y además va a aprender y va a apreciar que es una obra muy importante. Pero está cerrado, nadie dice nada.”

Pareciera que el INAH prefiere guardar silencio sobre sus proyectos para no “armar una periquera… mejor calladitos”, cuando el asunto es “más sencillo que difícil”. El punto, enfatiza, es que se provocó ya un daño irreversible, así lo concluye también el dictamen del INAH de octubre de 2013 –actualizado en su página de internet el 17 de septiembre de 2015, en donde se reitera el daño en aproximadamente el 50% de la superficie de la escultura, pérdida irreversible de la pátina original así como desaleación y pérdida irreversible de elementos como estaño y zinc, y corrosión del bronce, entre otras afectaciones.

“Los daños generados son irreversibles. Es urgente iniciar un proceso de intervención para estabilizar el monumento histórico y restituir los elementos necesarios que garanticen su conservación”, determina el dictamen.

La gran novela

A la escultura le quedará una “cicatriz”, explica Zaldívar, por lo cual se debe analizar qué se hará para cubrirla, si ponerle una plasta de cobre, un emplastado plástico, pulir con esmeril y dejarlo “lisito”. Considera que cualquiera de los tratamientos es una “agresión directa” a la obra de Tolsá.

¿Qué hacer entonces? Pregunta y él mismo responde que limpiarle el ácido y dejarlo ya sería una opción, pues finalmente la Venus de Milo no tiene brazos, ejemplifica:

“Tiene además una lesión en el hombro, y a nadie se le ocurriría ‘restaurarla’.”

A decir suyo han cavilado durante más de dos años acerca de la restitución de la pátina, cuando es un elemento que el bronce adquiere con el tiempo. Insiste entonces en que parte del problema es que los especialistas del INAH intentan “proteger un coto de trabajo”.

–¿No es una contradicción señalar que son los autorizados y argumentar que no pudieron lavar El Caballito por estar impedidos legalmente?

–¡Ahí está!: ‘Nosotros sabemos cómo lavar, pero no les vamos a decir’. ¿Por qué no pueden? ¿Quién les prohibió, Teresa Franco, Rafael Tovar, Mancera, quién? Si les dicen: ‘Oiga, no, es de la ciudad’, pues la ciudad acata porque ‘nosotros somos el INAH y es nuestra competencia y entramos’.

No descarta en todo este asunto un manejo político. Vislumbra que se haga tal restauración a El Caballito, que se olvide el grave error que cometió el gobierno de Mancera al contratar la intervención de 2013, y que hasta se llegue a hacer un gran libro, enorme y plagado de imágenes, como se ha hecho recientemente con la Catedral Metropolitana, “la gran novela de la restauración”, con todo y los estudios de estos dos años.

–¿Quedará de modo tal que la gente llegue a pensar que no pasó nada, aunque el dictamen hable de daño irreversible?

–Ahí está el problema: Uno es pretender que no pasó nada, y se puede arreglar un poco con la pátina o con lo que le pongan, pero que no le vayan a colocar un emplaste de plástico, porque nadie se dará cuenta que tiene ahí una película de resina, muy delicadita, para tapar lo cacarizo.

–¿Porque no somos expertos?

–Porque no somos expertos y porque no se ve bien desde abajo, sólo lo verá quien se acerque, pero no debe ser. Por principio la obra debe ser inmaculada, sin manchas de intervención que la alteren en cuanto a la originalidad y el modelado de una escultura de bronce. Obviamente el original fue en barro pero el resultado no es para que se diga vamos a quitarle esto que quedó mal y a quitarle los parches que tiene Tolsá porque lo fundió mal… es lo que no se vale en restauración.

Zaldívar agrega que se ha manejado el tema de la restitución de la pátina como si fuera el gran sentido de la escultura, siendo que no era para nada la original, sino que se le puso en 1979 luego del traslado de El Caballito –que él coordinó– de la avenida Bucareli y Paseo de la Reforma a la Plaza Tolsá. Tiempo después se le agregó un recubrimiento de intralac, barniz hecho a base de resinas acrílicas para piezas de bronce, latón y cobre.

–¿Qué procede entonces?

–Restituirle a la ciudad, cuanto antes, la propiedad cultural de tener un Caballito que se pueda ver, que nos digan qué le pasó, qué daños tiene, qué alteraciones químicas sufrió por el ácido, eso está bien, y en cada uno de los daños que nos digan qué se va a hacer y por qué.

Pide también saber quiénes fueron los culpables de este desastre, quiénes ordenaron que se limpiara la escultura:

“Yo creo que la culpa se la reparten entre Héctor Serrano (entonces secretario de Gobierno y ahora de Movilidad) y Alejandra Moreno (ex Autoridad del Centro Histórico), por lo menos fueron desidiosos y dejaron hacer.”

Borrar los daños

El 22 de octubre pasado, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) emitió una serie de recomendaciones al gobierno de la Ciudad de México, en respuesta a la queja CNDH/2/2013/8207Q, que los investigadores Carlos Lara González y José Manuel Hermosillo Vallarta presentaron en octubre de 2013.

Se le marcan cinco puntos a Mancera, entre ellos: informar a la opinión pública y a la CNDH sobre los avances del “Proyecto de investigación científica para la conservación y restauración de la escultura ecuestre de Carlos IV y su pedestal”, y elaborar una campaña de difusión sobre el valor cultural, histórico y artístico de la obra y su autor, durante el tiempo que permanezca fuera de la vista del público.

Según la CNDH fue el 4 de julio de 2013 cuando la coordinadora general de la Autoridad del Centro Histórico solicitó a la directora general de Administración de la Secretaría de Gobierno la contratación del servicio de restauración y rehabilitación de El Caballito. En un documento firmado por Vicente Lopantzi, director general de Servicios Legales, el gobierno de Mancera acepta las recomendaciones “en los términos emitidos”, aunque en los hechos no se ha iniciado ninguna campaña.

Proceso buscó a Mariano Leyva, director actual del FCH, para conocer los avances del Proyecto de investigación científica que el anterior titular, Inti Muñoz, inició hace meses con la participación de expertos de diversas entidades, entre ellas las universidades Nacional Autónoma de México, Autónoma Metropolitana, de San Luis Potosí, La Salle y el Instituto Politécnico Nacional.

Hasta el cierre de esta edición no hubo respuesta. Por su parte, Muñoz asegura que la investigación está en poder del Fideicomiso y seguramente ahora del Conaculta (Secretaría de Cultura). Tiene un avance del 95% y el resto deberá desarrollarse durante el proceso de restauración.

Pese a que el INAH argumenta que se afectó de manera irreversible el 50% de la superficie de la obra de Tolsá, el ex funcionario asegura que la escultura mantiene “íntegra su estructura y su aleación”, por lo cual es posible “una restauración cabal” y ya están definidas las líneas generales, la forma en que se acometerán y las técnicas a utilizar.

Destaca, como Zaldívar, que la pátina dañada data de 1979, y agrega que debajo de ella había “por lo menos dos recubrimientos más de distintos materiales” y que la integridad estética de la escultura será restituida. Anticipa que se le pondrá un recubrimiento que “respete” las capas anteriores.

–¿Será una restauración estética para que se pueda ver El Caballito como antes de la intervención fallida? ¿No es una falsificación?

–No, el consenso en términos estrictos del criterio de conservación, que es un acuerdo con la inmensa mayoría de los especialistas, es que se debe devolver al estado óptimo de conservación y asegurar su preservación futura, que de no hacerlo reduciría riesgos para la escultura en el futuro. Hay que devolverle el estado óptimo que tuvo antes de la mala intervención.

Se le pregunta por qué no se lavó la escultura como sugiere Zaldívar que debió hacerse para diluir el ácido:

“La primera pregunta que hice a la Coordinación de Conservación del Patrimonio Cultural del INAH, fue si era necesario, como señalaban algunos científicos, hacer una limpieza a El Caballito para evitar que el ácido que se aplicó de manera incorrecta siguiera teniendo efectos. Y fue la propia coordinación la que consideró que no era necesario porque las lluvias que cayeron en los días siguientes neutralizaron por completo los ácidos, es decir que no tuvieron efectos posteriores.

“Lo que sí ha podido ser, dado que han pasado dos años, es que el metal haya tenido algún tipo de evolución, pero eso siempre se tuvo claro y es algo que no afectaría la restauración, implicará hacer algunas aplicaciones químicas. Por eso ha estado tapado, está protegido del viento y del sol, es una consideración técnica que en ningún momento esté descubierto para que el impacto del ambiente en el metal sea el menor posible, y es algo que siempre ha estado monitoreado y bajo control.”