“En el corazón del mar”

Basada en el libro de Nathaniel Philbrick sobre la historia del naufragio que inspiró Moby Dick a Herman Melville, En el corazón de mar (In the heart of the sea; EU, 2015) amerita un comentario en este espacio no por sus cualidades, que son casi nulas, sino por su deplorable desperdicio de recursos.

No es noticia que Hollywood abarate su caudal de talentos, actores, temas, escritores y hasta efectos especiales, pero en este caso no puede pasarse por alto el daño al legado de la novela y a los años de trabajo de investigación.

El director Ron Howard intercala una historia de ficción, la visita de Melville (Ben Wishaw) a un marinero retirado, Tomas Nickerson (Brendan Gleeson), sobreviviente del naufragio del ballenero Essex, con la narración de los sucesos que ocurrieron 30 años atrás cuando un cachalote blanco atacó el barco. Nickerson se resiste a revelar la forma en la que sobrevivió parte de la tripulación, pero habla de la rivalidad entre el capitán y el segundo de mando, Owen Chase (Chris Hemsworth), quien aparece como héroe gladiador. En una especie de catarsis, el marinero termina contando todo y confesando su culpa por participar en la supuesta abominación que les permitió resistir durante meses a la deriva.

Al amanecer, Herman Melville está listo para escribir lo que, según informa un letrero al final, será una épica comparable a la de Homero; lo que evita mencionar esta versión satinada es la cesura victoriana y el ostracismo que padeció Moby Dick, la novela que escritores como García Márquez consideran entre las mejores que se hayan escrito.

Los hechos eran tan conocidos que Melville dejó a un lado el sensacionalismo del asunto para explorar la dimensión metafísica del mal, la obsesión y la insignificancia del hombre frente a la naturaleza, encarnado todo en la lucha entre la ballena blanca y el siniestro capitán Ajab. El libro de Philbrick, estupendamente documentado, analiza la historia, el proceso económico de Nantucket, la legendaria isla de balleneros, y aprovecha los testimonios de los supervivientes, desde el segundo de a bordo, Owen Chase, afectado por delirio a consecuencia de la catástrofe, hasta las memorias de Nickerson, cuyo manuscrito fue descubierto en 1960 y publicado en 1984; en versión opuesta a la ficción de la cinta, el antiguo grumete se dedicaba a contar su historia a quien quisiera escucharlo, hasta que alguien le sugirió escribirla.

En manos de Ron Howard todo este material se reduce a una aventura del hombre contra la naturaleza, que lo enseña a ser humilde, a espectaculares cazas de ballenas que parecen reales, tormentas marítimas y naufragios; despliegue de efectos especiales aniquilado por la mala calidad de la edición. El oportunismo del mensaje ecológico, la incoherencia dramática de la rivalidad entre el capitán del barco y su segundo que se resuelve gratuitamente, el pudor para mostrar los extremos en los que cayó la tripulación, impiden cualquier forma de reacción afectiva por trama y personajes.

Tampoco se entiende por qué la ballena se espera a atacar hasta que las lanchas se hallan cerca de una isla para que los marineros lleguen a nado. La presencia de Melville termina siendo meramente anecdótica, como la de los cuáqueros que se ven al margen en la salida del Essex.