Ensoñaciones de concreto

Las personas que duermen en los espacios públicos confían en el mundo que las rodea. Cierran sus sentidos a la realidad y se abren al universo de los sueños.

Son insospechados los lugares en que los durmientes realizan estas acciones. Se pensaría que el pasaje de la vigilia al sueño es imposible en esos sitios: el traqueteante camión, el jardincito de un camellón al lado de una calzada transitada, la incómoda banca de una plaza concurrida en día de fiesta, una carretilla colgada de la azotea.

A estas personas —que podemos ser nosotros mismos bajo circunstancias que no imaginamos en este momento— no les importa el ruido ni el movimiento. Su cuerpo cansado no tiembla de miedo aunque una pipa de gas o una revolvedora de cemento pase a cinco centímetros de su cabeza. No temen que un ladrón robe la bolsa con las llaves de la casa y unas monedas: están completamente dormidas, pero con sus pertenencias bien apergolladas. No temen a las alturas ni a los abismos.

A pesar del tráfico intenso, de los ruidos de máquinas y personas, de voces estridentes y ladridos de perros, de la cercanía de todos los peligros, la gran urbe los recibe desde la alborada. La ciudad también es un refugio, amanecemos rodeados de peligro e incertidumbre, pero también con la sensación de seguridad y optimismo, dispuestos a confiar en la bondad de los extraños, todavía, y a pesar de las amargas experiencias del pasado.

La exposición Mirarte Dormir del fotógrafo Rafael del Río es una selección de 32 imágenes tomadas a lo largo de 22 años en el país y en el extranjero. Se podrán apreciar a partir del 13 de diciembre en el camellón de avenida Chapultepec, en Guadalajara. Permanecerá ahí hasta el próximo enero. l