El otoño tapatío llegó cargado con varios hechos relacionados con el mundillo cultural de la comarca, los cuales han dado pábulo para todo tipo de comentarios y cotilleos no sólo en los medios de comunicación, sino sobre todo en las llamadas redes sociales, en charlas de café, en encuentros fortuitos, etcétera. Para empezar, el maremágnum de la Feria Internacional del Libro (FIL), cuya vigésima novena edición llega a su fin este domingo 6, en esta ocasión no fue tan tumultuario como dogmáticamente pretenden sus organizadores.
Entre las causas de esa menor asistencia se pueden hacer toda clase de conjeturas. Van algunas más o menos verosímiles: la eventualidad de que la gente haya quedado muy gastada con el “buen fin”, el cual había tenido lugar apenas dos semanas atrás, o a que para muchas de las personas que suelen asistir a la FIL, ésta sea algo así como la película de siempre, o porque la flema británica no sea precisamente el mejor gancho para convocar multitudes, máxime cuando, con un par de excepciones, lo que llegó a las instalaciones de Expo Guadalajara haya sido una representación cultural bastante precaria que ni remotamente puede dar una idea de la riqueza del Reino Unido en el ámbito de las manifestaciones artísticas e intelectuales.
Por otro lado, vale señalar que los mandarines y mandarinas de la FIL no tienen empacho en ningunear, un año sí y otro también, a la comunidad cultural de casa, cuyos integrantes, con muy contadas excepciones, terminan siendo arrimados en su propia casa. Véase, si no, lo que fue este año el programa de la muestra editorial de marras, donde, como en ocasiones anteriores, al grueso de escritores, editores, músicos, artistas visuales, grupos de danza, teatreros, periodistas culturales y anexas, que residen en Jalisco, se les admite como espectadores pero no como copartícipes de una feria que si para algo se concibió fue para tratar de legitimar a los jeques universitarios, que en la práctica son candil de la calle y oscuridad de su casa, en el entendido de que buscan a toda costa quedar bien con visitantes de la Ciudad de México y el extranjero, con los cuales son particularmente obsequiosos, en especial el presidente vitalicio de la FIL, el exrector Raúl Padilla, a quien por algo un escritor capitalino definió con un epíteto memorable: “cacique bueno”.
Los ejemplos de esta tara esquizofrénica de la FIL son múltiples y punto menos que incontables. Va uno de esos ejemplos significativos: este año se tuvo un “seminario de arte”, un “foro de periodismo cultural” y equis conferencia o mesa redonda de la llamada Cátedra Hugo Gutiérrez Vega sobre el mismo tópico. En estas actividades, los participantes provinieron en su totalidad de la Ciudad de México, hasta el extremo de que no figuró ni una sola persona de la comarca jalisciense como si entre los ocho millones de habitantes de esta parte del mundo no hubiera que pudiese decir algo sensato del estado actual de las artes visuales y del periodismo cultural tanto en nuestro país como en el ámbito internacional.
Otro ejemplo mayúsculo de este ninguneo a los chicos de la prensa y a los adultos ídem de casa, se tiene en el hecho de que entre las decenas de “periodistas culturales” que hasta ahora se han hecho acreedores al dizque “homenaje nacional” del ramo que lleva el nombre de Fernando Benítez, no ha habido un solo practicante del periodismo cultural tapatío, ya sea de las generaciones mayores o de las que se han ido sumando en tiempos más cercanos. En algún momento hubo quienes propusieron para el Benítez al finado Víctor Hugo Lomelí, un apreciable hombre de letras que hizo huesos viejos en las páginas de El Informador, pero nones. Posteriormente, el propuesto fue Luis Sandoval Godoy, que puede presumir de tener un larguísimo recorrido en el campo de la cultura regional, y tampoco hubo un rebote positivo. Más recientemente, alguien postuló la candidatura de José Luis Meza Inda pero de nuevo se desestimaron los méritos del decano de la crítica de arte en Guadalajara y, para variar, se optó por “reconocer” a otro residente del altiplano, a fin de que desde la mentalidad provinciana –propia de vasallos y, por lo que se ve, también de varios y varias de los organizadores de la FIL– siga vigente aquello de que “fuera de México, todo es Cuautitlán”.
Pero el malinchismo interno y el menosprecio por lo propio no es algo que sea exclusivo de los mandarines y mandarinas de la FIL, o de los jeques de la Universidad de Guadalajara (UdeG). A decir verdad, se trata de algo que también se da entre la intelectualidad doméstica y entre ciertos (y ciertas) promotores (as) culturales de la comarca. Así, por ejemplo, la secretaria de Cultura de Jalisco, Myriam Vachez, no tuvo empacho en entregarle el mando absoluto de la Orquesta Filarmónica de Jalisco (OFJ) a un director de orquesta de medio pelo (el italo-canadiense Marco Parisotto), quien hace cosa de dos meses sencillamente despidió la gran mayoría de músicos originarios de Jalisco y residentes en el estado, que durante largos lustros formaron parte de dicha agrupación, y a quienes el tiranuelo de la OFJ reemplazó por atrilistas del extranjero, con los cuales el susodicho ya mantenía una relación clientelar y entre quienes predominan canadienses y venezolanos. Ahora sí que no es exagerado decir que lo único que le queda de “jalisciense” la OFJ es el nombre.
Otro desfiguro mayúsculo es la pretensión del nuevo alcalde tapatío, Enrique Alfaro, de convertir a Guadalajara en la dizque “capital latinoamericana de la cultura” (¡ai pinchemente!), proyecto al que ha convocado al rector de la UdeG, Tonatiuh Bravo Padilla y, por extensión, se sobreentiende que también al mandamás de esa casa de estudios y quien para algunos y algunas es algo así como el Pericles de la comarca (¿eres tú, Raúl?).
Pero si se piensa en los haberes culturales de Guadalajara (en la cantidad y sobre todo en la calidad de museos, teatros, sociedades filarmónicas, fundaciones culturales, así como en la producción editorial, compañías y agrupaciones dedicadas a las artes escénicas, o en los presupuestos que se destinan al negocio de las musas) y luego se los compara con lo que en este mismo ámbito tienen ciudades latinoamericanas como Buenos Aires, Sao Paulo, Santiago, Bogotá… o en urbes de nuestro propio país como la Ciudad de México, Jalapa, Guanajuato o Zacatecas, no queda más que sonreír ante el voluntarismo cultural “buena onda” de Alfaro, quien irónicamente y a escala doméstica parece haberse propuesto tener al frente de la Dirección de Cultura de Guadalajara a una persona que ostensiblemente le vaya a la zaga a sus pares de Zapopan, Tlaquepaque, Tlajomulco, Tonalá…
Del lado de la intelectualidad de la comarca, varios bochornosos desfiguros han corrido por cuenta de una sola persona: el norteado historiador que responde al nombre de José María Muriá, quien primero salió con la puntada de que Hugo Gutiérrez Vega fue “el mejor sombrero de saludar de la literatura hispanoamericana del final del siglo XX y principios del corriente” en el campo de la poesía (El Informador, 20 de noviembre). Alguien podría tratar de explicarse tan arbitrario juicio, diciendo que qué otra cosa se puede esperar de alguien que ni siquiera califica como amateur de las letras. Pero resulta que como “docto” historiador el doctor Muriá no es más competente, ya que pocos días después salió con un disparate mayúsculo, al afirmar que la Batalla de Zacatecas sucedió después de la toma de Guadalajara, el 8 de julio de 1914, pues según este presunto hijo de Clío, Francisco Villa y Felipe Ángeles, con la famosa División del Norte, se apoderaron de la capital zacatecana “el veintitantos de septiembre” de ese mismo año (El Informador, noviembre 22), cuando hasta un escolar sabe que la Batalla de Zacatecas se libró varios meses atrás: el 23 de junio de 1914. l








