Homenaje a Julio Scherer García en la FIL

Un entrañable acto en memoria de Julio Scherer García, fundador de Proceso, se llevó a cabo en la FIL 2015. Participaron amigos y colegas suyos, que compartieron anécdotas y lecciones de vida, así como su hijo Julio Scherer Ibarra, quien presentó su faceta de hombre de familia, también ejemplar.

El martes 1, en el marco de la Feria Internacional del Libro (FIL) 2015 fue homenajeado por la Universidad de Guadalajara (UdeG) el periodista y escritor Julio Scherer García, fundador de Proceso y quien falleció el 7 de enero pasado.

Scherer García trabajó desde antes de cumplir 18 años en el periódico Excélsior, donde desarrolló su carrera hasta convertirse en director del que entonces era el diario más importante del país, en cuyas páginas reveló actos de corrupción, criticó el caciquismo y señaló la incompetencia del régimen priista.

En la ceremonia, que se realizó en el auditorio Juan Rulfo de Expo Guadalajara, estuvieron presentes familiares, amigos y lectores de Scherer García para recordar su legado, que además de su extensa y reconocida obra periodística incluye 22 libros sobre el narcotráfico, los presidentes, la matanza de Tlatelolco en 1968, el sistema carcelario y algunos de sus reclusos más famosos, el secuestro y la delincuencia infantil.

La evocación de la personalidad y la valoración del trabajo de Scherer estuvo a cargo de la escritora Elena Poniatowska; la periodista Carmen Aristegui; el director de Proceso, Rafael Rodríguez Castañeda, así como el exrector de la Universidad Nacional Autónoma de México Juan Ramón de la Fuente, y Julio Scherer Ibarra, hijo del homenajeado.

Dada la cercanía de los participantes con don Julio, el acto estuvo marcado por anécdotas personales y el reconocimiento profesional de sus colegas. En cuanto a sus lectores, centenares de ellos se quedaron afuera del Juan Rulfo e incluso intentaron entrar por la fuerza. Esto ocasionó un breve tumulto que fue resuelto con la instalación de pantallas gigantes en el exterior del auditorio. Moderó la mesa el rector de la UdeG, Tonatiuh Bravo Padilla, a quien Scherer Ibarra se refirió como un amigo íntimo de su padre.

El carácter

Cada uno desde su punto de vista, los participantes en el homenaje hablaron de las diversas facetas del periodista que alguna vez, ya en la cima de su oficio, le aseguró a Rafael Rodríguez Castañeda: “Vivo tranquilo y en paz”.

El director de Proceso compartió recuerdos de la relación de trabajo y amistad que entabló con el fundador del semanario, con sus charlas interminables sobre política y filosofía, e incluso acerca de la muerte, esa que Scherer García encontró la madrugada del 7 de enero, un mes después que su amigo y colega Vicente Leñero.

Ya retirado de la dirección, dijo Rodríguez Castañeda, don Julio nunca dejó de ir a la revista para conversar con los reporteros y entregarle breves textos escritos con “letra de receta médica” en tarjetas o cuartillas con la leyenda “confidencial”.

Añadió que Scherer García estuvo parado entre “el cielo y el infierno” y cruzó la delgada línea “entre lo lícito y lo ilícito” para entrevistar a delincuentes en un penal de máxima seguridad y al narcotraficante Ismael El Mayo Zambada, lo cual provocó que se desgarraran las vestiduras algunos periodistas cómodos para el sistema.

A su vez, De la Fuente contó que durante su periodo como rector de la UNAM solían reunirse a comer el dramaturgo Ignacio Solares, Gabriel García Márquez, Scherer García y él mismo en el piso 11 de la Torre de Rectoría, en lo que el Nóbel colombiano llamaba “una comida de altura”.

Ahí, el fundador de Proceso lo indagaba todo, ya fueran los trabajos literarios de sus amigos o la relación del entonces rector con el presidente Vicente Fox. “¿Cuando lo ve, lo hace como psicólogo o como rector?”, preguntaba. De la Fuente reconoció que Scherer “era quien marcaba la agenda de las comidas”.

Para De la Fuente, “la muerte de don Julio deja un enorme vacío, no sólo en el periodismo nacional sino en la conciencia social de México, y para quienes tuvimos la oportunidad de convivir con él en alguna época de nuestras vidas también nos deja un sentimiento de nostalgia, pero al mismo tiempo de fortaleza y de gratitud”.

También comentó: “La independencia y la autonomía de Scherer no fueron sólo formas de realización individual, sino también un marco de resistencia al clientelismo tan frecuente en nuestro país”.

Carmen Aristegui recordó que a partir del golpe presidencial a Excélsior en el sexenio de Luis Echeverría, Scherer García y un grupo de reporteros salieron del diario con la frente en alto para continuar la batalla en el semanario Proceso.

A partir de entonces, indicó, el periodista fue bordeando todos los caminos y su afán de escritor lo llevó a trabajar en varios libros:

“Fue a las cárceles, buscó a delincuentes, a niños sicarios, escribió sobre los Fox, sobre Calderón, sobre el imperio de los Salinas. Leer o releer a don Julio Scherer es reencontrarse con los grandes momentos de la historia, con sus protagonistas, y reencontrarnos con don Julio mismo”, explicó.

De sus entrevistas, destacó como ejemplos aquellas que les hizo al presidente chileno Salvador Allende y a su derrocador, Augusto Pinochet.

Aristegui dijo que para ella y todos los que ejercen el periodismo, Scherer García es el ejemplo y el “deber ser”. Lamentó la ausencia de tres figuras indispensables en México: Miguel Ángel Granados Chapa, Vicente Leñero y don Julio, a quien calificó como “el periodista por antonomasia”.

Entre aplausos, subrayó: “Arrancó Julio a cada uno de sus personajes pedazos de su historia. Describió detalles que podían parecer nimios y, con las gratas revelaciones, con destreza, con inteligencia, con pasión por su oficio, Scherer fue bordeando todos los caminos. Siempre. Nunca paró. Aun cuando dejó la dirección de Proceso, su actividad y su garra por escribir lo llevaron a hacer varios libros”.

El oficio y la entraña

Elena Poniatowska, colega y amiga del autor de Los presidentes, celebró la lucidez y altura de sus entrevistas: “Le caía como un águila encima a sus interlocutores y ya no los soltaba. Taladro o bisturí, nadie lo podía acusar de no reflejar con exactitud el contenido y espíritu de las respuestas que los entrevistados daban a su preguntas”.

Reveló que Scherer García siempre quiso entrevistar a Nelson Mandela, pero no lo consiguió. Sin embargo, lo describió como un periodista de tiempo completo: “Aun sin grabadora, porque en 1947 no había grabadoras, una libreta y una pluma fueron sus armas y las blandió como un fusil. Dentro de él no hubo un solo rincón libre para algo que no fuera la noticia. De sus entrevistados Julio no quería una declaración, sino la confesión de un moribundo. Quería que le dijeran lo que no nos decimos ni nosotros mismos”.

Más personal fue el testimonio de Julio Scherer Ibarra. Dijo que la vida de su padre no se puede entender sin dos personas: Susana, su esposa, la única mujer de su vida, y Vicente Leñero, su hermano por convicción.

Relató que Susana Ibarra fue la responsable de forjar el carácter recio del fundador de Proceso: “Nunca vi una mujer más frágil y más fuerte a la vez, Susana, sólo Susana, siempre Susana, la única mujer posible en la vida de Julio Scherer García. Ella, la mujer detrás de su hombre, contribuyó a forjar el carácter de él y a fraguar con él un destino en común que le incluyó en vida más allá de la muerte. Susana fue sus ojos, sus oídos, sus labios, y ocupó el centro mismo del corazón de Julio”.

Scherer Ibarra no estaba revelando un secreto. Su padre, durante una visita que hizo a Proceso Jalisco cuando la UdeG le otorgó el doctorado Honoris Causa, confió a los reporteros de este semanario cuál fue la mayor felicidad de su vida: “Cuando mi esposa Susana puso el picaporte a la puerta de la habitación la noche de bodas”.

El hijo del homenajeado recordó que en 2005 la casa de estudios le concedió a Scherer García el doctorado Honoris Causa por su aportación a la libertad de expresión, la ética, la transparencia, la democracia y los valores del periodismo crítico e independiente.

Y explicó que sólo el rector general, Tonatiuh Bravo Padilla, pudo convencerlo de aceptar la distinción porque tenía una entrañable amistad con su padre.

Expresó que a veces tales reconocimientos tienen que aceptarse por cortesía hacia la familia y a los seres queridos, pero su padre no parecía del todo convencido.

Añadió Scherer Ibarra que la otra presencia vital para su padre fue Vicente Leñero (1933-2014), su compañero y confidente, pues ambos poseían un carácter indómito que los hermanó en las diferencias y las semejanzas:

“No lo quiero menos que a mis hijos, nos decía mi papá con inusitada frecuencia. Ellos dos, hermanos por decisión compartida, fueron apasionados idealistas en búsqueda obsesiva de la verdad para ponerla al alcance de nosotros. Formaron el binomio perfecto que compone una vida y al momento de la muerte continuaron andando el uno al lado del otro, unidos hasta la eternidad.

“El tiempo que acompasó sus vidas fue el de dos seres urgidos, casi hasta la angustia, por la necesidad de escribir y contar, pero también la de vivir para y por los demás, ese es el gran secreto de su oficio, el más lindo de todos, el de periodista.”

Scherer Ibarra aseguró que la mejor manera de honrar a su padre es enriquecerse con su legado: leer sus libros, sus entrevistas, reportajes, sus cartas y Proceso.

“Les pido que lo acojan en su memoria como un amigo, un maestro, un referente ético y moral, un padre cariñoso y bien dispuesto, siempre con un amor renovado y vital, que espera de nosotros ser mejores cada día, así como él vivió enfrentando todos sus combates con la fuerza de un temperamento apasionado y el poder de sus razones.”

Pese a su conocida reticencia a ser objeto de reconocimientos, le fueron otorgados a Scherer García, entre otros, el Premio María Moors Cabot (1971), el reconocimiento como Periodista del Año (1977) por el Atlas WordPress Review de Estados Unidos, el Premio Manuel Buendía (1986), el reconocimiento Roque Dalton (2001) y el Premio de la Fundación Nuevo Periodismo (2002), promovido por Gabriel García Márquez, por su trayectoria profesional de más de medio siglo. l