Todo un tema de tesis indagar si la acusación, de parte de Peter Greenaway, de que el cine está muerto o moribundo, corresponde a una constatación o a un deseo de matarlo; Eisenstein en Guanajuato (México-Países Bajos; 2015) funciona como el Así hablaba Zaratustra del controvertido director británico, y el genial Sergei Eisenstein aparece como el profeta de la creación cinematográfica.
En 1931, Eisenstein recorrió México filmando kilómetros de imágenes del proyecto inacabado que sería ¡Que viva México!; el maestro del cine soviético contó con los grandes artistas mexicanos de la época como guías y consejeros. Greenaway se concentra en los 10 días que duró su visita en Guanajuato, una experiencia que supuestamente transformó la visión y la vida sexual del director; el número de días es una abierta alusión a Octubre, 10 días que sacudieron el mundo.
Renuente a cualquier tipo de narrativa realista, Eisenstein en Guanajuato es un laboratorio cinematográfico donde se intersectan géneros, estilos y técnicas; el negro y blanco del comienzo da pie al color, la pantalla se divide en paneles que repiten la imagen con mínimas variaciones; los movimientos de la cámara, giros y secuencias, proponen la coexistencia de diferentes posibilidades de una misma escena. Los efectos digitales no se escatiman porque, claro, si Eisenstein viviera los habría utilizado a todo lo que dan.
Provocador irredento, Greenaway no puede escaparse de contar una historia; su salida fue teatralizar las imágenes y la anécdota misma. En el papel de Eisenstein, el finés Elmer Back, actor de teatro, se da vuelo para encarnar la megalomanía delirante; el mexicano Luis Alberti, además de parecer un personaje auténtico de época, logra un equilibrio frente al descomunal Eisenstein y navega cómodamente en el desborde del director.
En el fondo –y me refiero a fondo en relación a la forma– Eisenstein en Guanjuato es un chisme descomunal; el maestro del montaje, revolucionario puro que se unió a los bolcheviques en contra de su propio padre que luego retó, subrepticiamente, al mismísimo Stalin con Iván el terrible, habría sido desflorado analmente por un antropólogo mexicano. Fascinante. Fiel a su gusto por la saturación, a la vez que Palomino lo trabaja, también lo ilustra con una breve historia sobre la sífilis. El humor ayuda; la Revolución Soviética se equipara a una toma por el culo, comentario también bien ilustrado en la escena.
No cabe duda que Peter Greenaway se identifica con Eisenstein en el perfil del genio innovador; pero la extravagancia del soviético nunca fue un fin en sí mismo, su meta era crear una gramática cinematográfica que sirviera, dentro del horizonte cinematográfico, para expresar poéticamente la épica humana.
Sin una codificación adecuada, es difícil que subsista el discurso visual; las técnicas, por brillantes que sean, pasan de moda. Véase ahora, año 2015, qué anticuado parece el uso artístico de las fotocopias en La panza de un arquitecto (1987); la sombra de Nosferatu (Murnau), o la toma de las escaleras en Odessa nunca han pasado de moda.








