“Enamorarse de un incendio”

El dramaturgo chileno Eduardo Pavéz Goye construye una metáfora del amor al titular a su obra Enamorarse de un incendio, y con esa frase inquietante contenida en algún diálogo, plantea un texto dramático para hablar de la dificultad de escribir historias de amor.

El detonador es el encargo que le hacen a un grupo de amigos, encabezados por un escritor, para idear una telenovela que hable del amor. ¿Qué queremos decir?, ¿qué significa enamorarse, qué historias queremos contar y de cuántas maneras se expresa el amor?, son algunas de las interrogantes con las que acribillan sus pensamientos compartidos.

El joven autor, muy renombrado en su país al haber ganado más de cinco veces la Muestra de Dramaturgia Nacional de Chile, estrena, con un suculento equipo actoral, en el espacio emergente del Foro Shakespeare. Acertadamente mezcla una línea temática intelectual/básica de discusión con la vivencia de los personajes planteada en lenta progresión. Son tres historias centrales: la de una pareja madura con una pérdida dolorosa de la que no ha podido recuperarse como pareja; la de una hija en crisis con una mala noticia oculta que regresa a la casa materna; y la de un dibujante de flores y su amigo que se involucran con la misma mujer.

El grupo de escritores trata de descubrir el hilo negro, invisible y difícil de detectar, para escribir historias de amor, y al mismo tiempo vivir sus propias historias. La ambigüedad es clave en el desarrollo del entramado de historias, ya que los mismos actores interpretan personajes de otros y el espectador es el que va armando poco a poco su rompecabezas.

El juego de personajes y actores que plantea el autor se ve potencializado por la expresividad de los actores que los interpretan: Itari Marta, que mezcla una especie de ingenuidad y frescura con la tragedia de su vida, y Verónica Merchant, sobria y contundente en su interpretación de una madre conflictuada con su hija, y una madre y esposa adolorida por su desgracia. Luis Miguel Lombana destaca por la solidez y fuerza escénica que imprime a  sus personajes, y Hamlet Ramírez por su soltura y transparencia en el trabajo de ese pintor aferrado a sus convicciones.

Todas estas cualidades que suceden en la puesta en escena de Enamorarse de un incendio se van al traste con la propuesta de dirección que el mismo autor hace. Intentando hacer una obra audiovisual, “diferente”, pone al espectador frente a una pantalla durante la totalidad de la obra. Lo que podría haber tenido una riqueza dialógica entre la proyección de los personajes en la pantalla y la interpretación teatral, se ve dominada por una pantalla que, dado su gran tamaño, no permite jugar con el ir y venir de las dos realidades. La imposición de la imagen, como si hubiéramos ido al cine (a pesar de escuchar las voces de los actores detrás de ella y los dos camarógrafos que captan in situ totalidades o acercamientos de los personajes), cae en un estatismo frío que hace que el espectador pierda interés.

El transitar de los pies y algunas salidas laterales, como ir por el juego de te o tomar aire por una ventana, es tan mínimo que no atrapa al espectador, y la oportunidad de un texto, con brillantes actuaciones, se debilita sobremanera por el concepto de dirección tan unívoco. Tal vez el público ubicado en los laterales pueda tener más alcance su visión y disfrutar la propuesta. Con todo, Enamorarse de un incendio, es una obra de teatro rica en emociones y microhistorias que amplia y refresca nuestro universo en torno al amor y el desamor y nos permite abrir un sinfín de preguntas.