Plácido Domingo, ¿el último concierto?

A sus prácticamente 75 años (los cumple en dos meses, el 21 de enero), Plácido Domingo es hoy por hoy, sin duda, la figura más importante e influyente de la ópera mundial.

Su trayectoria es impresionante, ha grabado más discos que ningún otro cantante de ópera y encarnado más personajes que ninguno a lo largo de toda la historia; recibió, lo que se antoja increíble, una hora de aplausos ininterrumpidos en la ópera de Viena, a más de poseer una de las carreras más longevas que se conozcan.

Esta impronta le permite, en el ambiente operístico, hacer prácticamente lo que quiere, cuando quiere, donde quiere y como quiere. Y, para fortuna del público mexicano que lo adora, lo que quiso hacer la inolvidable noche del martes 10 fue ofrecer un generoso concierto en el Auditorio Nacional cuyas 10 mil butacas se vieron llenas. Fue generoso el concierto en contenido, participación y duración, ya que incluyó ópera, por supuesto, opereta, comedia musical, zarzuela, canción fina mexicana y rancheras.

Invitó a cantar con él a la soprano mexicana más importante de los últimos 50 años por lo menos, María Katzarava, se enmarcó con la Orquesta Sinfónica de Minería con la dirección huésped de Eugene Kohn, y en un buen tramo bajo la batuta de José Areán –a quien generosamente Plácido presentó–, y la audición se prolongó por más de tres horas, tiempo inusual en este tipo de eventos.

Arrancó Domingo con “Perfidi…Pietá, rispetto, amore”, aria de la terrible ópera Macbeth de Verdi que, a fuer de honrados, no cumplió las enormes expectativas creadas. Cedió lugar a la Katzarava, quien inició con una espléndida interpretación de “Ebben? Ne andró lontana”, de La Wally, ópera que no es de las más acostumbradas, de Alfredo Catalani, y esto dio paso al famoso dúo de La Traviata de Verdi, “Pura siccome un angelo”, en el cual la soprano no desmereció un ápice del gran, ahora, barítono.

Terminó esta primera parte con comedia musical en la que se fueron alternando barítono (“My fair lady”: La calle donde vive mi amor), soprano (“Podría yo bailar toda la noche así”, de la misma comedia), y el dúo “Tonight” de West Side story, horriblemente nombrada en español Amor sin barreras.

La segunda parte se dedicó en un primer tramo a la opereta, específicamente a su gran creador, Franz Lehar, y la más conocida de sus obras, La viuda alegre, en la que los cantantes ofrecieron una muestra de su ductilidad y adaptabilidad al género que, aunque más ligero que la ópera, tiene sus particularidades que deben ser correctamente abordadas para no desvirtuarlo. Siguió la canción fina mexicana con composiciones como “Solamente una vez” (Plácido), “Despedida” (María) y “Sabor a mí” (ambos), y se llegó a la zarzuela, el único género del teatro lírico que faltaba, en el cual se inició el hoy figura más importante de la lírica mundial, y con el que la soprano ganó el Concurso Operalia. La reina de las zarzuelas, Luisa Fernanda, sirvió a don Placido para abrir con la romanza “En mi tierra extremeña”; María optó por “Las hijas del Zebedeo” y la velocísima y difícil “Carceleras”, para reunirse ambos de nueva cuenta en el dueto de amor y rechazo “Luché la fe”.

El despliegue había sido ya enorme, todo podía haber quedado allí pero, sorpresivamente, las notas del mariachi Gama 1000 se dejaron oír, y don Plácido Domingo y doña María Katzarava, generosísimamente porque habían ya cantado mucho más que lo que se canta en una ópera, nos ofrecieron el gran enorme final de una fiesta inolvidable.

Fue maravilloso escuchar a Plácido Domingo, quien tenía 3 años de no cantar en la Ciudad de México, empero, debe de decirse, reconociendo siempre su trayectoria inmensa, que ya no fue el gran, gran, gran Plácido que algunos tuvimos la fortuna de escuchar más de una vez. Dados los lapsos y sus compromisos, ¿Habrá sido este su último concierto en México?