El año pasado se exhibieron en Francia dos películas sobre la vida de Yves Saint Laurent: la primera, que lleva por título el nombre del famoso diseñador de modas, es una biografía autorizada, bastante plana, que atenúa el aspecto escandaloso de su vida. El director Jalil Lespert tuvo acceso a los archivos de Pierre Berger, socio y compañero del artista. La segunda, Saint Laurent (Francia, 2014), que exhibe la Cineteca en esta muestra de otoño, se orienta hacia el proceso creativo del modisto, lo sigue en su descenso a los infiernos de la droga, depresión y sexualidad desaforada.
Sobra decir que Saint Laurent es una biografía no autorizada que provocó en Francia reacciones viscerales, a favor y en contra; el realizador Bertrand Bonello deja sólo el apellido en el título para apuntar a la santidad del protagonista, obviamente no en sentido cristiano sino aludiendo al ensayo de Sartre, Saint Genet, comediante y mártir (1952). A falta de la bendición de Pierre Berger, Bonello contó con el apoyo del conglomerado Kering, propietario de la marca, lo que significó mayor autonomía para recrear los diseños.
No era fácil armar un relato coherente con la mezcla de disciplina, trabajo formal en la preparación de colecciones, aventuras amorosas, alcohol y drogas, placer de encanallarse, que habría sido la forma de vida de este heredero de Christian Dior. Bonello concentra su esfuerzo en la década más exitosa de Saint Laurent (Gaspar Ulliel), entre 1967 y 1976, y que también significan los años más oscuros de su vida personal. En esta etapa, posterior a la elegancia sin afectación del periodo Mondrian, el manierismo, telas suntuosas, homenajes a artistas como Picasso y Matisse, invaden el estilo de sus colecciones de moda.
Además de componer la música, Bertrand Bonello confecciona, por así decirlo, su película a la manera de una sinfonía; temas como la decadencia y la frivolidad del genio, su origen argelino (pied noir), el trauma de la guerra de Argelia, depresión y euforia, timidez y egotismo, procesos creativos, funcionan como leit-motivs que culminan o se diluyen, como ocurriría con las modas mismas. La pretensión de asimilar dos lenguajes como la música y la imagen es grande, el resultado es un tanto disparejo, pero la atmósfera que respira Saint Laurent se siente densa y siempre a punto de explotar. Además de captar las texturas (sería el colmo que no), la cinematografía de Josée Deshaies, en 35 mm, logra que cada espacio, abierto o cerrado, provoque claustrofobia.
De acuerdo a la versión de Bonello, este comediante y mártir que declaró haber librado batalla por la elegancia, corresponde al modelo del poeta maldito, una especie de Baudelaire que fabrica paraísos artificiales con telas y colores, persigue a su musa, Loulou (Léa Seydoux), y vive obsesionado por una sombra, el dandy Jacques de Bascher, que Louis Garrel encarna a la manera de un vampiro de cuento gótico.
La pantalla se divide entre los sucesos del 68 en París y los desfiles de modas alejados por completo de la realidad social; Bonello no moraliza pero tampoco rehúye a mostrar los rasgos misóginos del modisto de mujeres, que no soportaba que se embarazaran o tuviesen familia. l








