Malos augurios

Más de uno de los nombramientos hechos por el nuevo alcalde tapatío Enrique Alfaro para conformar su equipo de trabajo no ha sido visto como un buen augurio, sino todo lo contrario. Es el caso, por ejemplo, de la persona que para sorpresa de propios y extraños quedó al frente de la Dirección de Cultura de Guadalajara: Susana Chávez Brandon, una gris burócrata del ramo que a nadie entusiasma ni por su formación profesional ni por su foja de servicio en la administración pública, ni por lo que hasta ahora ha hecho y ha dicho respecto a sus planes de trabajo.

Entre los principales decepcionados con este sorpresivo nombramiento se encuentra un grupo organizado de la comunidad cultural tapatía (Arte Colectivo Nahual, A.C.), que no sólo le ha reclamado al primer edil tapatío por esta designación, sino que sus integrantes han venido recabando firmas para pedir la destitución de Chávez Brandon. Ésta es vista por los inconformes no sólo como una persona “ajena a la vida artística y cultural de la ciudad” (El Informador, 31 de octubre) sino como alguien que está muy lejos de representar el esperado “cambio” que Alfaro prometió en el ámbito de la cultura, y que más bien encarna todo lo contrario: un estólido continuismo.

Y como prueba de lo anterior, los quejosos mencionan el hecho de que la funcionaria en cuestión decidiera “ratificar a varios de los directores de museos, centros culturales y cargos estratégicos” de la otrora Secretaría de Cultura de Guadalajara, una dependencia desmesurada que recientemente fue reconvertida en lo que era antaño: una dirección, si bien ahora ha quedado adscrita a un ministerio municipal de nuevo cuño, cuyo nombre coquetea entre la petulancia y la ramplonería: Coordinación de Construcción de Comunidad. ¡Órale!

Más allá de que los impugnadores de Chávez Brandon pudieran tener o no razón en el juicio desfavorable que hacen de la funcionaria e independientemente de que a la recién nombrada administradora municipal de las musas tapatías le pueda quedar grande ese cargo, es un hecho de que se trata de alguien cuya relación con la vida cultural tapatía ha sido superficial, errática y centrada sobre todo en la esfera burocrática. Abogada de formación, la ahora directora de Cultura de Guadalajara hizo un posgrado sietemesino en un campo completamente ajeno al mundo las leyes y los códigos: la museografía. ¿Dudas vocacionales?

El palmarés de Susana Chávez Brandon consigna que comenzó a trabajar en la burocracia cultural de la comarca tapatía hacia mediados de la década pasada, cuando llegó a Guadalajara procedente de la ciudad de México, invitada por la entonces efímera directora del Instituto Cultural Cabañas, Elena Matute, a quien un año después el alcalde panista de Guadalajara Alfonso Petersen Farah nombró directora de Cultura en el Ayuntamiento tapatío y hasta donde la acompañó también Chávez Brandon. Y aunque Matute fue separada del cargo cuando se descubrió que entre el personal de esa dirección había varios empleados que se dedicaban a hacer proselitismo partidista (a favor del PAN, desde luego), la persona que llegó en su lugar, Eugenio Arriaga, mantuvo en la dependencia a Chávez Brandon, algo que también haría en la siguiente administración municipal Miriam Vachez, cuando esta última fue nombrada secretaria de Cultura de Guadalajara durante la administración municipal de los priistas Aristóteles Sandoval y Francisco Ayón López (2009-2012).

Posteriormente, cuando en 2013 madame Vachez se cayó para arriba, al ser designada titular de la Secretaría de Cultura de Jalisco (SCJ) del gobierno de Aristóteles Sandoval, se llevó a esa dependencia estatal a la mencionada Susana Chávez Brandon, para quien prácticamente se creó una Dirección de Museos y Exposiciones de la SCJ, cargo al que renunció hace apenas unas semanas para ocupar la Dirección de Cultura de Guadalajara.

A grandes rasgos éste es el historial poco presumible de la persona a la que, hace poco más de un mes, el alcalde Enrique Alfaro decidió poner al frente del área de cultura de la capital jalisciense. A partir de dicho historial, es obvio que, por lo menos en esta parcela de la administración municipal, la figura más prominente de Movimiento Ciudadano optó por el continuismo, lo que tampoco niega –por lo además, ¿cómo podría hacerlo? – la propia Chávez Brandon, quien no sólo habla con encomio de la persona que la precedió en el cargo (Ricardo Duarte), sino que se dice decidida a mantener la misma tónica, los mismos programas y la misma base de funcionarios que recibió de la otrora Secretaría de Cultura de Guadalajara.

Vistas las cosas de esta manera, a los impugnadores de Chávez Brandon y a los reclamantes de Enrique Alfaro no les faltan motivos para sentirse decepcionados con esta designación del nuevo alcalde, a quien le preguntan dónde quedó su “compromiso” de cambiar el statu quo en la administración municipal, en el área de cultura.

Y es que si lo realizado por Duarte, Vachez, Arriaga, Matute y compañía en dicha área hubiera valido la pena, no habría ningún pero. El problema es que todos los mencionados, en mayor o menor medida, fueron degradando una dependencia del ayuntamiento de Guadalajara que antaño al menos cumplía con una meritoria función social con las llamadas academias municipales, enclavadas en distintos puntos del territorio tapatío y las cuales desempeñaban la función de biblioteca pública barrial, así como la enseñanza de oficios: corte y confección, cocina, guitarra, corte de pelo, etcétera. A la par, la Dirección de Cultura de Guadalajara mantenía otros programas dignos de aprecio, entre los que sobresalían los “Cursos de Información” sobre la ciudad, que regenteaba Ramón Mata Torres, así como una constante, aunque también irregular, producción editorial con diversos títulos de temática tapatía.

Pero desde la llegada de los panistas a la alcaldía de Guadalajara –y también con el retorno durante seis años del PRI– la labor de las academias se desdibujó y otro tanto ocurrió con los beneméritos cursos de información sobre la capital jalisciense y los municipios colindantes. Y por lo que hace a la labor editorial, ésta cesó de golpe hasta el extremo de poner en evidencia la ignorancia enciclopédica en esta materia de algunos funcionarios municipales del área de cultura. Eso sucedió con Myriam Vachez, que cuando fue secretaria de Cultura de Guadalajara y en esa condición planeaba publicar un huérfano libro –bastante malo, por cierto– alguien le dijo que para ello se necesitaba gestionar el ISBN, a lo que la funcionario preguntó qué cosa era eso.

Entre otros lastres que carga el área de cultura en Guadalajara se encuentra un recortado presupuesto (no más de 20 millones de pesos anuales), del cual una tercera parte se entrega a varias de las empresas “culturales” que regentea conocido exrector de la UdeG (¿eres tú, Raúl?), como el Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Aparte de los adocenados “museos” y de “espacios culturales” ídem, están también otros proyectos tan pretenciosos como ramplones. Ejemplo: las bienales de artes plásticas Jorge Martínez y Juan Soriano, así como la también bienal de Literatura Hugo Gutiérrez Vega, propuesta por un exregidor que responde a los intereses del clan político de la UdeG.

La pregunta es obligada: ¿este es de veras el “nuevo” proyecto de cultura que pretende impulsar Enrique Alfaro desde el ayuntamiento de Guadalajara? Si la respuesta es sí, entonces ya tiene la funcionaria ad hoc, por más que muchos hayan visto un mal augurio en el nombramiento de Susana Chávez Brandon. l