Viaje al corazón del conflicto

En la Explanada de las Mezquitas la tensión es permanente. Israel impuso restricciones de acceso a los musulmanes, judíos radicales la visitan frecuentemente y rumores sobre planes para cambiar las normas que la rigen se esparcen por Jerusalén y atizan la violencia. Aunque el conflicto entre palestinos e israelíes no es religioso sino político y tiene sus raíces en la posesión de la tierra, este lugar –sagrado para los credos musulmán y judío– se ha convertido en el punto más sensible y explosivo del conflicto entre ambos pueblos.

Jerusalén.- Bajo un cielo azul perfecto, el imponente domo dorado de la Cúpula de la Roca deslumbra y sobrecoge. Sólo el canto de los pájaros y los versos del Corán recitados mecánicamente por un grupo de ancianos rompen el silencio sereno de esta mañana de finales de octubre.

Pero la inmensa paz que desprende la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén puede desvanecerse en cuestión de segundos como un espejismo. La realidad es que este recinto sublime es el punto más sensible y explosivo de la ciudad y probablemente de todo Israel y Palestina. Por él se lucha y se muere, se libran intensas batallas políticas, se organizan incontables cumbres de dirigentes y se bloquean desde hace años propuestas de paz.

En la fachada de la gran mezquita Al-Aqsa, frente a la Cúpula de la Roca, aún se pueden ver los vidrios rotos de varias ventanas y los impactos de proyectiles en la pared, huellas de los enfrentamientos de septiembre pasado entre jóvenes palestinos y fuerzas del orden israelíes.

Las restricciones de acceso impuestas por Israel a los musulmanes que quieren acudir a la Explanada, las frecuentes visitas de grupos de judíos radicales y los rumores sobre planes del gobierno israelí de cambiar las normas que rigen este complejo, provocaron la ira palestina desde hace semanas.

Jóvenes musulmanes arrojaron piedras y bombas molotov a la policía y a los visitantes judíos y la Explanada se convirtió en escenario de una batalla campal, reprimida de manera contundente por la policía israelí. Desde entonces, la calma parece pender de un hilo.

Statu Quo

La Explanada de las Mezquitas ocupa una zona de cinco kilómetros cuadrados en la ciudadela amurallada de Jerusalén, en la parte este o palestina de la ciudad, ocupada por Israel en 1967 y posteriormente anexada, pese a que la comunidad internacional no reconoce esa anexión.

Para el Islam es el tercer lugar santo tras La Meca y Medina porque, según los musulmanes, el profeta Mahoma ascendió al cielo desde la mezquita Al-Aqsa.

Los judíos veneran este lugar, el más sagrado según su tradición, como el Monte del Templo, ya que se situaría en el punto donde se alzaron el primer y segundo templos de Jerusalén, de los cuales sólo queda como vestigio el Muro de las Lamentaciones, al pie de la Explanada.

Un frágil statu quo, un acuerdo tácito logrado en 1967 entre Israel y Jordania –y que jamás fue escrito–, establece las normas que rigen este lugar santo hasta hoy. Este compromiso oral estipula que dentro de la Explanada sólo se permite el culto musulmán, aunque se toleran las visitas de fieles de otras religiones. La custodia del lugar recae en el Waqf, la autoridad islámica jordana, pero los accesos y la seguridad corresponden a Israel.

En este momento los palestinos acusan a Israel de violar el statu quo e intentar ejercer su soberanía sobre la Explanada. “Grupos de extremistas israelíes están cometiendo sistemáticas incursiones en la mezquita Al-Aqsa, con el objetivo de imponer una nueva realidad y dividir la Explanada temporalmente”, dijo el presidente palestino Mahmud Abás ante la Asamblea General de la ONU.

Es innegable que el statu quo ha sufrido modificaciones desde 1967. La ONG International Crisis Group (ICG), dedicada a la prevención y resolución de conflictos, recuerda en un amplio informe sobre la Explanada de las Mezquitas, publicado a principios de 2015, que desde el momento más violento de la segunda intifada palestina, entre 2001 y 2003, “Israel ha venido introduciendo cambios pero sin ningún tipo de consenso”.

La organización cita como ejemplos el acceso a la Explanada, exclusivamente controlado por Israel en este momento; la presencia de un puesto de policía israelí en el interior del recinto o el hecho de que Tel Aviv haya dejado de considerar a la Autoridad Palestina interlocutor para este tema y sólo trate con Jordania.

Según ICG, Israel cerró la Explanada a los musulmanes tres días entre 2003 y 2012 y 30 días entre 2013 y 2014, además de establecer restricciones de edad para los varones.

“El statu quo no es favorable a los judíos. Al contrario. Israel renunció al lugar más sagrado del judaísmo y se lo dio a los musulmanes. Si los árabes controlaran Jerusalén, ¿darían su lugar más santo para que los israelíes lo controláramos? E Israel no está intentando cambiar nada pero los palestinos insisten en decir que hay violaciones del statu quo cuando son ellos los que caen en incitaciones viciosas”, replica Shmuel Berkowitz experto en lugares sagrados de Jerusalén.

“Allahu akbar”

La calma que reina en la Explanada se ve brutalmente interrumpida por gritos en árabe proferidos por un grupo de mujeres contra tres colonos judíos claramente identificables por su aspecto, que entran en la Explanada escoltados por 10 policías israelíes.

“Allahu akbar” (Alá es el más grande), exclaman.

Las visitas de los no musulmanes están autorizadas cuatro horas al día, cinco días por semana. Turistas de todo el mundo pueden entrar al recinto en esos horarios y circular libremente por la Explanada, aunque sin entrar a la mezquita ni a la Cúpula de la Roca. Debajo de este domo se encontraría el lugar más sagrado de todo el recinto, la piedra donde Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo Isaac por orden de Dios. Para los judíos éste es el centro del mundo, la primera piedra del templo.

Los visitantes judíos entran en grupos, sólo pueden recorrer una parte del recinto, sin acercarse a la cúpula dorada, y son acompañados en todo momento por la policía y por vigilantes del Waqf.­ Un intento de elevar una plegaria, un gesto considerado irreverente o la exhibición de algún objeto propio del judaísmo (una estrella de David, un solideo o un libro de oración) bastan para ser expulsados en el acto.

“Algunos días entran hasta 400 colonos, insultan a los fieles y piden la demolición de las mezquitas”, se queja Najeh Ilkirat, director académico del Waqf y exdirector de la Explanada.

Fatna es una de las mujeres que increpa a los judíos desde el momento en que ponen un pie en el lugar sagrado. Para los musulmanes, toda la Explanada, llamada en árabe Al Haram al Sharif (El Noble Santuario) es una gran mezquita. Esta madre de familia palestina acompaña con su mirada severa cada movimiento de los visitantes.

“Vivo en la Ciudad Vieja de Jerusalén y vengo cada mañana a estudiar el Corán y aprender más sobre la historia de Al-Aqsa. Y todos los días sin excepción vienen colonos israelíes. Sus visitas no son turísticas, son una provocación”, afirma, ante las miradas de aprobación de una decena de mujeres.

Todas ellas se autodenominan murabitat (guardiana, en árabe). Son voluntarias palestinas que acuden cada día a la Explanada a fin de protegerla de potenciales agresiones. A veces la policía israelí prohíbe a alguna de ellas el acceso al recinto. Ha sido durante semanas el caso de Fatna, quien también fue arrestada varias veces por increpar a los colonos judíos que se acercan a Al-Aqsa.

“Es increíble que ellos puedan venir a nuestra mezquita y yo tenga prohibido el paso en ocasiones. Al-Aqsa es 100% propiedad islámica y no hay ninguna vinculación histórica entre este lugar y los judíos”, asegura.

Pero grupos extremistas judíos consideran que el templo de Jerusalén debe ser construido en este lugar. Algunos van todavía más lejos y creen que su reconstrucción debe ser inmediata y su localización tiene que situarse en el lugar donde se alza la Cúpula de la Roca.

Durante décadas, la doctrina ultraortodoxa judía prohibía el ascenso al Monte del Templo por razones religiosas. Ahora, sin embargo, un creciente sionismo extremista y religioso insta a los judíos a visitar el lugar y a rezar en él.

Para rebajar la tensión y frenar los ataques con cuchillos, los atropellamientos y otras agresiones que tienen como blanco a israelíes, el primer ministro Benjamín Netanyahu ha subrayado que su gobierno “no tiene la intención de cambiar el statu quo” y prohibió a sus ministros acudir a la Explanada y realizar declaraciones que exasperen los ánimos, pero ha acusado a Abás de incitar a la violencia.

Además se dijo dispuesto a instalar cámaras de vigilancia 24 horas al día para que se pueda ver si Israel viola el statu quo, aunque la iniciativa no se ha concretado.

Sin embargo, continúan las provocaciones por parte de miembros de su gobierno. La viceministra de Relaciones Exteriores, Tzipi Hotovely, declaró el pasado 26 de octubre que su “sueño era ver la bandera israelí ondeando sobre el Monte del Templo”.

“Hago un llamado al gobierno israelí antes de que sea demasiado tarde, para que cese el uso de la fuerza para imponer planes que atentan contra los lugares santos en Jerusalén, porque estas acciones convertirían el conflicto político en uno religioso y provocarían una explosión en Jerusalén y en el resto del territorio palestino ocupado”, ha insistido Abás.

“Espiral explosiva”

El conflicto palestino-israelí no es un enfrentamiento religioso. En los apuñalamientos de las últimas semanas o en los atropellamientos intencionados, los palestinos no estaban atacando a judíos, sino a israelíes. La lucha por la tierra es el epicentro de esta batalla y el enemigo es la ocupación. Pero defender la Explanada de las Mezquitas es proteger un lugar sagrado y también uno de los pocos reductos de Jerusalén que no están bajo control israelí.

El expresidente palestino Yaser Arafat “me confesó un día que la Explanada era tan importante para él, porque cuando muriera, el único legado que le importaba era ser recordado como el hombre que la devolvió a los palestinos. Me dijo: ‘Los palestinos no tenemos petróleo o ejército: no tenemos nada, pero nos queda Al-Aqsa’ y lo único que contaba para Arafat era que la bandera palestina ondeara en la Explanada”, explica Moshe Amirav, profesor de ciencia política en la Universidad Hebraica de Jerusalén y exconsejero del exprimer ministro israelí Ehud Barak.

El sueño de Arafat sigue sin hacerse realidad.

“Mantener las llaves de Al-Aqsa no es una cuestión sólo religiosa, sino que representa nuestro presente y nuestro futuro, nuestra cultura y nuestra vida en Jerusalén. Si perdemos Al-Aqsa no tendremos un lugar donde estar aquí, tanto los musulmanes como los cristianos”, corrobora Ilkirat.

Para el director académico del Waqf, “cambiar el statu quo supondría un cambio de la geografía y la demografía de la ciudad (…) Los israelíes quieren llegar al momento en que se pueda decir que los palestinos no tenemos nada que nos una a Jerusalén para transferirnos a otro lugar”, afirma.

Frente a esta situación de crisis en la Explanada, ICG advierte que puede ser el origen de una “espiral explosiva” y recomienda a Israel que conceda más prerrogativas al Waqf en cuanto a la administración y control de los accesos a la Explanada, y no excluya a las autoridades palestinas del diálogo relativo al lugar santo, que siempre pasa por Jordania.

El diálogo religioso también es importante, recuerda la ONG. Si los rabinos condenaran con firmeza las visitas provocadoras de extremistas, el acceso de los visitantes judíos podría empezar a no ser visto como una amenaza. Paralelamente, los líderes musulmanes podrían mostrar su repulsa hacia los discursos que niegan cualquier vinculación de la Explanada con los templos de Jerusalén y empezar a aceptar que el judaísmo también tiene una relación con esta ciudad. l