La nueva humillación de Okinawa

Es una de las regiones más pobres de Japón y de las que más padeció durante la Segunda Guerra Mundial. Y la humillación de Okinawa no termina ahí: un reciente intento por reducir la presencia militar de Estados Unidos en esa isla acaba de ser rechazado. Así, los habitantes de dicha prefectura tendrán que seguir soportando violaciones perpetradas por soldados estadunidenses, ruido, destrucción del medio ambiente y la sistemática vulneración de su soberanía.

BEIJING.- Tras la capitulación japonesa en la Segunda Guerra Mundial, la población de Okinawa inició otra guerra que dura ya 70 años: la de librarse de las tropas estadunidenses.

Esta isla tropical del sur del país aguanta todo el peso del vasallaje japonés hacia Estados Unidos y sus habitantes son las víctimas colaterales de la geopolítica.

El capítulo más reciente lo protagonizó el pasado 28 de octubre el gobernador de Okinawa, Takeshi Onaga, quien se presentó ante la prensa con dos gruesos tomos donde justificaba su decisión de revocar el permiso otorgado por su antecesor para construir una nueva base militar en la costa.

Tokio anunció un día después que las obras no se detendrían.

En la isla, con apenas 0.6% del suelo nacional, se aprietan más de la mitad de las 50 mil tropas estadunidenses y 76 de sus 113 bases. En 1995 se acordó el traslado de la principal, cercana al centro urbano de Futenma, a un terreno ganado al mar y prácticamente deshabitado en la costa de Henoko. El acuerdo sonaba bien: libraría a los ciudadanos del engorro de la base al mismo tiempo que perpetuaría el lazo militar con Estados Unidos en los momentos en que éste era recomendable ante el auge chino y los desmanes norcoreanos.

Pero los vecinos de la futura base no se tragan el enjuague. Las bases se asocian a crímenes –que en el resto del país son escasos–, la destrucción del medio ambiente, ruido y peligro por los vuelos cercanos a viviendas.

Las manifestaciones más multitudinarias han ocurrido después de que la prensa local documentó siete violaciones sexuales. De hecho, el traslado de Futenma se pactó en 1995 después de que 85 mil personas protestaron por la violación de una niña de 12 años por parte de tres militares estadunidenses. Desde ese ataque hasta 2014, la policía ha lidiado con mil 148 crímenes relacionados con militares, civiles que trabajan en la base o sus familiares, mientras 2 mil 515 accidentes de tráfico vinculados a las bases han provocado heridos o muertos.

Los ecologistas esgrimen que el nuevo enclave amenaza los arrecifes de coral y al dudong, un raro mamífero de agua. Y el peligro llega de los híbridos MV-22 Osprey: una obra maestra de la ingeniería bélica que despega como un helicóptero y vuela como un avión.

El problema radica en que varios accidentes cuestionan su fiabilidad. Además la base ha servido de almacén de misiles nucleares y material para guerra química, como los gases mostaza y nervioso. Washington reconoció que también guardó aquí 25 mil bidones de agente naranja, destinado a la guerra de Vietnam.

Hartazgo

Peter Kuznick, profesor de historia de la American University, de Washington, opina que “la población de Okinawa está harta de la toma de poder de la isla por parte de las tropas estadunidenses, que empezó hace 70 años.

“Odian el crimen, la contaminación, el ruido, los asaltos sexuales y la sensación de estar ocupados por un poder extranjero. Es parte del imperio de las bases de Estados Unidos. Nuestro máximo rival, China, no tiene una sola base en el extranjero. Estados Unidos tiene 800. Deberían cerrar Futenma y no moverla a ningún otro lado. De hecho, deberían cerrar la mayoría de bases en Japón”, señala vía correo electrónico.

Semanas antes, Kuznick publicó en medios japoneses algunos editoriales contra las bases; el pasado 17 de septiembre ofreció una conferencia en la sede neoyorquina de la ONU junto al cineasta Oliver Stone, terco denunciante de la política imperialista de su país.

El personal militar comete menos de 1% de los crímenes en Okinawa, responde a este semanario desde la base de ­Futenma, vía correo electrónico, la primer teniente Karoline Foote, quien resalta que la gran mayoría de los infantes de marina cumplen tanto el código militar como las leyes locales, y quienes los infringen son castigados.

También subraya los programas para mitigar los ruidos: limitación de los vuelos y operaciones terrestres entre las 22:00 y las 6:00 horas a los considerados esenciales, cancelación o reducción de vuelos de entrenamiento en días de especial significación y diseño de rutas de entrada y salida para evitar las áreas densamente pobladas, como colegios y hospitales. También se han reducido las pruebas de artillería a cuatro días al año. Y, por último, cita los programas para combatir la contaminación y proteger el ambiente.

“El cuerpo de marines está entregado al bienestar de los vecinos y a la contribución de la seguridad de la población local y el medioambiente”, continúa Foote.

Las bases en Okinawa han enterrado la carrera política de todos los que han prometido cerrarlas. El anterior gobernador, Hirozaku Nakaima, había liderado durante años la indignación popular pero claudicó cuando Tokio prometió a esta prefectura –una de las más pobres del país– una inyección anual de 300 millones de yenes (2 mil 476 millones de dólares) hasta 2021. “Lo que nos han ofrecido es sorprendente y espléndido”, justificó. El electorado lo vio como una traición y lo echó del cargo.

El primer ministro Yukio Hatoyama ya había desilusionado antes a la población. Alcanzó el poder en 2009 con la promesa central de clausurar la base. Su popularidad alcanzó 72%. Dimitió menos de un año después, abandonado incluso por los partidos de su coalición y con la popularidad en 17%. “La cooperación con Estados Unidos es indispensable y pido a los habitantes que, sintiéndolo, soporten ese peso”, dijo durante su fugaz mandato.

“Conozco a Hatoyama. Es un buen hombre. Obama lo destrozó cuando intentó frenar el traslado de la base. Japón nunca ha sido el mismo desde entonces. Es una historia muy cruel y triste. El pueblo de Okinawa enseña que el poder de la gente es superior al de las armas de las administraciones de Obama y (el primer ministro Shinzo) Abe. Está en la vanguardia de la lucha contra el militarismo y tenemos que apoyarlo para asegurarnos de que venza”, añade Kuznick.

La prensa nipona se ha centrado en denunciar las incomodidades y ha obviado un asunto mayor: la humillante sensación de servilismo hacia el gigante ­estadunidense.

Muchos japoneses ignoran que una buena parte del espacio aéreo sobre Tokio es controlado exclusivamente por la base estadunidense de Kadena y que muchos vuelos comerciales nacionales sufren costosas desviaciones.

“Ninguna nación soberana quiere ver a fuerzas militares extranjeras en su territorio, eso es una ocupación”, señala por correo electrónico Manabu Sato, profesor de relaciones internacionales de la Universidad de Okinawa.

Deriva geopolítica

La acumulación de bases en Okinawa revela la discriminación que sufre esa isla en el conjunto nacional. Los japoneses no son partidarios de que toda la carga recaiga en lo que ha sido descrito como una colonia doméstica. Había sido un reino independiente hasta 1609, antes de que China y Japón se repartieran su administración. En 1879 fue anexionada a la fuerza por Tokio, que la ha explotado desde entonces.

A finales de la Segunda Guerra Mundial el gobierno la sacrificó como campo de batalla para retrasar el avance estadunidense hacia la capital. Murió un tercio de su población, alrededor de 200 mil personas. Los historiadores juzgan que fue una factura innecesariamente alta.

Las tropas estadunidenses ocuparon la devastada Okinawa sin el soporte de leyes internacionales. Cuando Tokio recuperó su administración en 1972, aseguró a Washington su libre uso militar. “Las bases empezaron como trofeos de guerra y así siguen hoy en día”, opina Sato.

Él y gran parte de la población local defienden tesis “posibilistas”: “Aceptamos el Tratado de Seguridad Japón-Estados Unidos y toleramos cierta presencia militar estadunidense en Okinawa. Pero la base de Kadena es una carga más que suficiente y ya ofrece la disuasión necesaria ante China. Cualquier otra base es excesiva”, sostiene.

Pero contra la población de Okinawa juega la deriva geopolítica. Washington, tras las calamitosas campañas en Irak y Afganistán, señaló el Pacífico como el terreno donde disputarle la hegemonía global a China. En los últimos años incrementó su presencia de tropas y firmó acuerdos de defensa con Filipinas y Vietnam, que mantienen conflictos territoriales con China.

El ultranacionalista Shinzo Abe jubiló la ejemplar Constitución pacifista: reformó el artículo 9 para autorizar el “derecho a la autodefensa colectiva”. Con base en ello, las tropas japonesas podrán luchar en el extranjero en ayuda de un aliado. Fue un giro militarista opuesto a la voluntad popular y a la oposición política en pleno. Los críticos opinan que Japón podría ser arrastrado a las guerras estadunidenses.

En ese contexto, con disputas territoriales casi cotidianas con China y la habitual amenaza norcoreana, es improbable que Tokio y Washington relajen sus lazos.

“Durante 50 años la alianza ha sido la base de la paz y la seguridad en el noreste asiático y un pilar del compromiso estadunidense en la región. La alianza abarca áreas como el contraterrorismo, la lucha contra la piratería, el mantenimiento de la paz, la defensa contra misiles, la asistencia humanitaria a desastres naturales o la mejora de la tecnología y equipamientos”, asegura Foote.

“Si Abe continúa su camino, algunos japoneses regresarán a su país en bolsas de plástico de la misma forma que lo han hecho los estadunidenses durante décadas”, vaticina Kuznick. l