Alexei Lubimov en blanco y negro

Con un concierto a cargo del pianista ruso –formado en la escuela musical soviética–, Alexei Lubimov concluyó En Blanco y en Negro, el interesante Festival Internacional de Piano que desde hace 19 años se celebra en el Centro Nacional de las Artes (Cenart), y que atrae a destacados pianistas provenientes de diferentes partes del mundo.

Nacido en Moscú en 1944, Lubimov abrevó en esa estupenda escuela de música que caracterizó el período soviético, que a su vez se nutrió de la tradición de la no menos estupenda escuela rusa de la música, cuyos últimos representantes vivos nos siguen asombrando en cualquier parte del globo que se presenten.

Extraña mezcla de atracciones y aficiones, Lubimov desde pequeño desarrolló su gusto por dos tipos de música totalmente diferentes: la barroca y la creada por compositores de principios del siglo XX como Stockhausen y Schömberg, hasta nuestro contemporáneos, el húngari Arvo Pärt.

Esa extraña dicotomía lo llevó a hacer cosas a primera vista totalmente antípodas, como fundar el Cuarteto Barroco de Moscú que, naturalmente, se aboca a la música barroca cultivada; además, con instrumentos antiguos o réplicas de los mismos y, en el otro extremo, crear el Festival de Música de Vanguardia Alternativa que, como su nombre indica, se aplica a presentar lo más avanzado de la música de hoy. Ese abanico, sin embargo, parece ser el que lo ha nutrido para, en el piano, ser un intérprete diferente, sobresaliente sin duda, pero que para muchos puede dejar mucho que desear debido precisamente a su originalidad.

Más allá de que pueda complacer o no, lo que no está en discusión es su maestría, misma que lo ha llevado a pisar algunas de las salas más importantes del orbe, tocar con las grandes orquestas y ser dirigido por las más distinguidas batutas. Unos pocos nombres como ejemplo: Filarmónicas de Los Ángeles, Israel y Londres, y la Orquesta de la Radio Nacional de Francia; y directores como Vladimir Ashkenazi, Neeme Järvi, Kiril Kondrashin y Esa-Pekka Salonen.

Con tal amplitud de práctica y repertorio, lo que sí resultó un poco extraño fue el programa escogido para su único concierto en nuestro país, efectuado en la acústicamente buena pero incómoda Sala Blas Galindo del Cenart que, en el papel, incluía los 5 Preludios Opus 74 de Scriabin y 4 de los 12 Preludios del libro 1 de Debussy, la Sonata en re mayor K 311 de Mozart, Tres Impromtus D 935 Opus 142 de Schubert, la Barcarola en fa sostenido mayor Opus 60 de Chopin, y L’Isle joyouse de Debussy. Es decir, los únicos compositores incluidos del siglo XX fueron Alexander Scriabin (1872-1915) y, por tres años, el más cercano a nuestro ahora, Claude Debussy (1862-1918). O sea, ni siquiera se acercó a Stravinsky o Shostakovich y, mucho menos, a Pärt u otro contemporáneo. De lo programado, el maestro Lubimov suprimió (o sea, no tocó) los Preludios de Scriabin ni el primero de los cuatro de Debussy. A cambio, ofreció dos “ancores”: Poema de Scriabin y otra obra de Mozart.

Empero, no por los cambios fue malo el concierto, y la de Lubinmov resultó una demostración ejemplarizante de qué significa ser un fuera de serie en el piano.