El payasito infantil de cabellos dorados y perdida la verde mirada triste, casi a punto del llanto, sobre delicados holanes azules, parece casi un ángel cautivo, melancólico de la libertad.
¿O acaso sólo ocultará el mal, envuelto en piel de cándido mimo?
Del narcotráfico irredento, algunas veces despiadado y cruel, a la ternura, real o aparente; y de la ternura, de vuelta al mismo azaroso camino de antes.
Cuando en un concurso de pintura en los inicios de este siglo a un miembro del jurado calificador –todo un personaje local en materia de arte– le llamó mucho la atención una de las pinturas sometidas a concurso en el penal de máxima seguridad de Puente Grande, preguntó de quién era aquel cuadro que tenía cualidades estéticas y estaba sólo firmado con unas iniciales, alguien le respondió que se trataba de un preso de muy alta peligrosidad.
Y le dio el nombre para que acabara de sorprenderse: Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, El Chapo.
Todavía más impresionado, apenas alcanzó a articular: “Mejor que se dedique a esto, a pintar, no a lo suyo”.
Mientras tanto, el famoso narcotraficante, líder del Cártel de Sinaloa o del Pacífico, tenía ya en su mente el plan perfectamente estructurado, y la maquinaria de la burocracia aceitada, para salir libre y entrar en la historia como el único reo fugado de una prisión mexicana de alta seguridad. El 19 de enero de 2001, en pleno arranque del gobierno de Vicente Fox, Guzmán ya estaba en la calle.
Javier Ramírez González, crítico de arte, periodista, colaborador de esta publicación, dijo al ser consultado sobre esta pintura que, sin ser el autor una persona dedicada a esto, el suyo es un cuadro bien hecho, con medidas simétricas proporcionadas y colores planos aplicados adecuadamente, aunque con cualidades plásticas no mayores.
Esta obra, de 60 por 80 centímetros, que está en manos de un particular –el resto o la mayor parte, se supone, deben estar en poder del Estado como bienes asegurados– a la que este semanario tuvo acceso especial, es una de las aproximadamente 15 que pintó El Chapo en su primer cautiverio en una prisión de alta seguridad, el Centro Federal de Readaptación Social 2 (Cefereso).
Al pie del grabado aparece la firma, sólo con las iniciales JGL, y la fecha: 22/03/2000.
Entre los ensayos plásticos del capo (de acuerdo con datos de personal ligado a Puente Grande) hay también bodegones, paisajes y dos o tres representaciones de Jesucristo, de las cuales ninguna alude a la cruz y menos a la crucifixión; posiblemente la expresión de la fe cristiana que le infundiera su madre, Consuelo Loera.
El Chapo nació el 25 de diciembre de 1954 en La Tuna, en el municipio de Badiraguato, Sinaloa. Fue apresado en Guatemala en 1993 y llevado a la Ciudad de México, de donde poco tiempo después fue enviado a al Cefereso de Puente Grande. De ahí se fugaría en un carro de lavandería con ayuda de las autoridades carcelarias.
Durante el tiempo que estuvo prófugo, la revista estadunidense Forbes lo incluyó en la lista de los hombres más ricos de México, con una fortuna calculada en mil millones de dólares.
Reaprehendido en Mazatlán, el 22 de febrero del año pasado, volvió a hacer de las suyas y mediante un estrecho y largo túnel (mil 500 metros) se evadió de nueva cuenta, a ciencia y paciencia de las autoridades federales, el pasado 11 de julio. l








