Un ciclón mediático

El fin de semana antepasado estuvimos en el ojo del huracán. Y esto debe entenderse literalmente. La visita del ciclón Patricia mantuvo ocupados a informantes e informados en los avatares de su derrotero. Robó no sólo nuestra atención sino la de todo el país y aun la de ciertos sectores de la opinión mundial, al menos la que le da seguimiento a los meteoros fuera de serie como éste.

Dos factores no comunes nos obligaron a volverle la mirada: la celeridad con que se formó y la magnitud que con prontitud alcanzó. La mayoría de los ciclones son pequeños. Pronto se elevan y más pronto se precipitan deshilachándose. Se les mide, como es bien sabido, con una escala que va del uno al cinco, de acuerdo a la velocidad de sus vientos. Mientras más acelerados éstos, más alta la numeración que se les otorga. Patricia inició como una perturbación cualquiera, como depresión tropical de magnitud uno. Mas en pocas horas elevó su magnitud y alcanzó la cifra máxima de cinco.

Fueron extrañas tanto la celeridad de su crecimiento como la de su precipitación en tierra. Nuestros meteorólogos más avezados dicen que este fenómeno se debe a la combinación de agua caliente del Golfo de Tehuantepec, donde se originan nuestros ciclones conocidos, con las altas temperaturas del océano que tenemos enfrente, a causa del fenómeno del Niño. El ciclón aglutinó consigo las demasiadas energías que iba encontrando y se convirtió pronto en un huracán enorme. Llamó la atención de todo el mundo y puso en alerta a cuantos podíamos resultar afectados. Tener frente a nuestras costas un ciclón tamaño cinco no es cosa de juego. Ya antes hemos experimentado el embate de estos gigantes desatados. Lo menos que podíamos hacer era prepararnos para lo peor. Ninguna precaución está de más ante eventos de esta naturaleza.

Ahora hay muchos instrumentos de visualización, sean los medios escritos tradicionales, las televisoras o las redes sociales. La población se guareció lo mejor que pudo en sus casas, en refugios temporales, y se dispuso a darle seguimiento al desarrollo impredecible de lo que se pronosticaba como “la catástrofe que viene”. Parece que esta designación vino desde la NASA, de la que no sabemos que suela bromear en sus advertencias.

Pasaron las dos o tres horas clave de su ingreso a tierra. Para maravilla de todos, muy pronto se degradó y regresó a su nivel de mera depresión tropical. Para cuando iba en los terrenos del altiplano nacional, a la altura de Zacatecas y de Nuevo León, sólo se movía como nubosidad cargada de agua y no tanta, con vientos fuertes pero no huracanados. Los primeros reportes de su embate a tierra hablaban tan sólo de algunos árboles caídos, postes y deslaves aislados en carreteras. Muertos y heridos, ninguno.

Pasados los días, ya con la calma que trae consigo el recuento necesario, no se ve que haya sido tan inofensivo como se le retrató al principio. La Sagarpa habla de una cifra de hectáreas de cultivos dañadas cercana a las 15 mil tan sólo en Jalisco; 2 mil 500 viviendas aparecen también dentro de este inventario de destrozos; un millar de damnificados en serio y un par de centenas de familias que piden auxilio para escapar de los efectos de los lahares del volcán de fuego, que no ha parado de arrojar materiales incandescentes. Sedimentados éstos en barrancas y hondonadas, con los torrenciales del huracán pueden convertirse en factor de destrucción. Al no haber habido torrenciales desmesurados, tampoco se sabe de avalanchas descontroladas. Pero hay daños también por esta vía. Donde varía el concepto es en el registro de pérdidas de vidas humanas. Los voceros oficiales hablan de saldo blanco. Pero hubo muertos en Tapalpa y en otros lugares, que pueden colgarse a las secuelas del meteoro. Es raro que se insista en lo albo de estas cuentas. ¿Necesita Patricia que le laven la cara?

Los municipios del estado de Jalisco que sufrieron los embates con más furia, aunque no hayan resultado de la magnitud con que se esperaban, son Cihuatlán, La Huerta, Villa de Purificación, Tomatlán y Mascota. Las localidades mejor censadas sobre destrozos son Pérula, Careyes, Zapata, Chamela, La Manzanilla, Melaque y Barra de Navidad. El vecino estado de Colima también registra estropicios similares a los de Jalisco, pero es lista para otros inventarios.

La danza mediática en torno a Patricia aporta muchos elementos para el estudio de nuestra mentalidad colectiva. Uno, bien extraño, viene siendo el de las polaridades. Por un lado hay que asentar la excesiva propaganda que desataron los titulares del gobierno, para invitar al público a la prevención, junto con las porras que se echan ellos mismos. En países que sufren mucho estos fenómenos extraordinarios, como las islas del mar Caribe, los cubanos tienen una larga tradición de reacción preventiva que les ahorra pérdidas humanas. En cambio Haití, Dominicana y otras como que no han aprendido la lección. ¡Qué bueno que aquí ya nos entró la racionalidad en este rubro! Aunque no hay que echar las campanas al vuelo todavía. Apenas estamos empezando… y ya aparecieron por ahí algunos muertos.

La población atendió a los llamados de la autoridad y se plegó a sus espacios de protección. Esta coordinación eliminó muchos accidentes menores que luego, sumados, suelen componer cuadros de tristeza. Mas hay raras voces en este concierto que descalifican a quienes invitaron a tomar medidas precautorias. Más extrañas aún se escuchan las que elevan la nota, como reclamo implícito, que el ciclón no haya generado ni un tercio de los destrozos que se anunciaban. Como que no dio satisfacción a muchos profetas del desastre. Es regusto de rara procedencia, de mentes no orientadas positivamente. Ahí que quede.

Más extrañas resultan las opiniones que atribuyen la benevolencia final del meteoro a la intervención de las fuerzas divinas. En las redes sociales propalaron con cierta profusión algunos testimonios. Es normal que en nuestra comuna haya mentes mágicas. Lo que admira es su abundancia. Entendemos que el pensamiento mágico retrocede ante las evidencias del pensamiento eficaz. Aparece en la Biblia que Josué obligó al sol y a la luna a detenerse y que éstos le obedecieron (Josué 10, 12-14). Pero eso fue parlado y escrito hace más de dos milenios. ¿Cómo pervive entre nosotros hasta ahora?

Hace meses se difundió la especie, atribuida al Papa Francisco, de que los sufrimientos del país se debían a la presencia del maligno entre nosotros. ¿Cómo entonces ahora nos vienen a decir que la furia del ciclón fue sometida por cadenas de oraciones? Ahora bien, se entiende que papas y cardenales emitan tales giros. Es su profesión. Pero que Enrique Peña Nieto, titular del Poder Ejecutivo de un país que se declara laico, acuda a tales explicaciones resulta preocupante. O ¿cómo habrá que entenderle su alocución, soltada el lunes 26 de los corrientes en la tribuna de la cumbre de los negocios en Guadalajara, cuando dijo que “en gran medida (la catástrofe que no fue) se debe a la fe del pueblo de México”? El que tenga oídos para oír, que oiga. l