Conquista, colonización y comercio

A Hugo Gutiérrez Vega. In memoriam.

En su Historia general de las cosas de Nueva España fray Bernardino de Sahagún dio cuenta de valiosos regalos que Moctezuma II le hizo a Hernán Cortés a su llegada a Tenochtitlan. Estos objetos, junto con los tesoros que saqueó el conquistador del palacio del soberano, y de los cuales se apropió como botín de guerra, se le enviaron a Carlos V.

Pero fue a través del texto de Luis Torres de Mendoza intitulado Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas de América y Oceanía, sacados de los archivos del reino, y muy especialmente del de Indias, publicado en el siglo XVIII, como se conocerían con mayor detalle los primeros tesoros mexicanos que iniciaron su peregrinaje rumbo a las arcas de la Corona española.

Las piezas fueron albergadas en los Reales Alcázares y su existencia quedó evidenciada en las reseñas anecdóticas de la época. Su destino, sin embargo, fue efímero. El fuego consumió esos recintos de manera sucesiva en los siglos XVII y XVIII con todo y sus riquezas precolombinas. El lugar de los alcázares lo ocupa ahora el Palacio de Oriente (Paz Cabello Carro.) Aquí empero es necesario hacer énfasis en que el canon europeo tardó mucho tiempo en darle un valor estético a los bienes precolombinos, y la curiosidad en torno a ellos, cuando existía, era motivada por su exotismo. Durante mucho tiempo prevaleció hacia éstos un sentimiento general de repulsa.

La diáspora de los objetos precolombinos era predecible. Según refiere Paz Cabello Carro, el primer envío de Cortés a Carlos V fue exhibido en Toledo, después en Valladolid y luego en Bruselas. El monarca regaló parte de él a su tía Margarita de Austria y a su hermano Fernando I, emperador de Alemania. En la misma España su suerte fue incierta. Algunos bienes relictos de Felipe II remiten a la existencia de algunas piezas precolombinas.

Al inicio de la conquista, por la novedad que comportaban, se pudieron identificar figuras de ese tipo en colecciones privadas. Las disposiciones testamentarias e inventarios de bienes relictos de la época dan una idea muy somera de ello. El guardajoyas de Carlos V no las consideró en el acta de entrega y su destino posiblemente fueron las subastas que se organizaron para pagar las deudas del emperador (Paz Cabello Carro). La mayor parte de las joyas precolombinas acabaron en la fundición. El resto se perdió en el comercio.

Los bienes provenientes de Perú no tuvieron mejor suerte. Las investigaciones más relevantes en la materia han concluido que las referencias de los primeros tesoros incas se encuentran en los Archivos Generales del Reino en Bruselas, la antigua Flandes (Joyas provenientes de las Yndias, de la isla del Perú), y en el Archivo General de Simancas (Joyas de las Indias).

Las joyas, cántaros, ollas, vasijas y copas de oro incas también fueron fundidos, pues Carlos V consideró que todo esto “el señor lo da y yo no lo quiero sino para su servicio en esta guerra de África” (Alonso de Santa Cruz, 1505-1567). En efecto, los tesoros peruanos precolombinos sirvieron para financiar la guerra contra Túnez y los piratas berberiscos, medida que preludió el destino del oro y la plata de las Indias.     

Las investigaciones referidas han podido identificar la existencia de una colección inca de Carlos V en el Palacio de Simancas; en ella sobresale la diadema llauto, que junto con la mascapaicha o borla de lana roja eran el símbolo del poder de los soberanos incas. La presencia de estas piezas en la colección española es ante todo simbólica: expresa la sumisión inca al imperio hispánico.

Colonialismo

En 1897 una expedición británica al mando del cónsul James R. Phillips incursionó en la ciudad de Benín Unido, actualmente Nigeria, cuando el soberano de la región celebraba la fiesta más importante de su comunidad, lo que le imponía una severa reclusión. No obstante haber sido advertido de esta festividad, los soldados británicos irrumpieron en la ciudad. Sin consentimiento del rey, un miembro de su guardia pretoriana dio muerte a siete de ellos. En retorsión los ingleses ejecutaron una acción punitiva que arrasó y saqueó el palacio de la ciudad, donde entre otros tesoros se albergaba una importante colección de piezas de bronce, cuya formación se inició a partir del siglo XII.

Actualmente la colección Benín se encuentra dispersa en el Museo Dahlem en Berlín y en el Ashmolean de Oxford. En el Museo Británico, a las estatuas de bronce habría que añadir una famosa máscara de marfil a manera de colgante cuya pareja se ubica en el Museo Metropolitano de Nueva York. A decir del exdirector de esta última institución, Philippe de Montebello, la pieza está catalogada como una de las más valiosas del recinto.

El singular refinamiento de las esculturas de Benín las convierte en unas de las más relevantes de África. Las piezas se inscribían en el rito funerario que decretaba que al fallecimiento de los obas (monarcas) se forjara una máscara de bronce para un monumento erigido en su honor.

Nigeria ha hecho serios reclamos al Reino Unido, pues considera que el ejército inglés conocía la importancia cultural de este tesoro. Pero más grave aún es que el Museo Británico ha vendido parte de esta colección para allegarse fondos, pese a que Nigeria ha expresado que los testimonios de su historia y de su legado cultural están en cautiverio.

Otro precedente del saqueo colonialista en África es el relativo al Taburete de Oro de la cultura de Ashanti. Fundado en 1675 por Osei Tutu, este imperio se estableció a lo largo del lago Volta y del Golfo de Guinea. El territorio que ocupaba se extendía por el circuito del paso de oro rumbo a los mercados del norte, lo que despertó de inmediato la codicia de los ingleses.

El Taburete de Oro tenía una gran significación para la comunidad ashanti, ya que tenía una función animista capaz de comunicar a este pueblo con sus ancestros y constituía uno de sus elementos de cohesión más importantes. Conscientes de su valor, los británicos lo requisaron y, para someter a los ashanti, el gobernador de la costa dorada africana, Frederick Hodgdon, se sentó sobre él en clara ostentación del poder de la Corona británica. Este ultraje causó un estallido social, pero la comunidad ashanti perdió la batalla… y el Taburete de Oro.

Ya en el siglo XX, Mussolini, al invadir Etiopía, requisó el León de Judá como un acto de sometimiento. Esta estatua, escudo de Etiopía, es el símbolo más importante de la tribu de Judá. La tradición narra que la monarquía etíope proviene del romance entre el rey Salomón y la reina de Saba durante la visita de la legendaria mujer a Jerusalén. De esa relación habría de nacer en Etiopía el reino de Aksum en el siglo IV a.C.

El pillaje fascista, sin embargo, no se detuvo ahí. Mussolini también remitió a Italia el famoso Obelisco de Aksum, cuya antigüedad se remonta a 2 mil años, así como cruces, coronas, manuscritos y pinturas.

Oriente Medio fue también escenario del saqueo colonialista, protagonizado por el Reino Unido y Francia a partir del siglo XIX, cuando se desató una fiebre por enriquecer los museos de Europa, lo que se logró con creces. El pillaje se inició con Paul Émile Botta, cónsul francés en Mosul, quien visitó los palacios asirios de Khorsabad, la antigua Dur Kurigalzu y Nínive. No tardó mucho en enviar al Louvre los monumentales leones alados y las paredes decoradas que narraban las gestas de los reyes asirios. Por su parte, el diplomático inglés Austen Henry Layard también hizo por su causa: hurgó intensamente en la región de Nimrud (la antigua Kalkhu) en 1845 y en Nínive, y envió incontables objetos al Museo Británico.   

Los estadunidenses no hicieron menos. Una expedición de la Universidad de Filadelfia exploró el sitio de Nippur de 1888 a 1900 y pudo sustraer suficientes cilindros cuneiformes que posibilitaron un mejor entendimiento del lenguaje acadio y el desciframiento de la cultura sumeria. Un vistazo en las bibliotecas de las universidades de los Estados Unidos da buena cuenta de la existencia de tabletas y cilindros cuneiformes, principalmente de Umma y de Drehem.

De los documentos de la época se puede concluir que mercaderes de arte, académicos e instituciones europeas y estadunidenses estaban adquiriendo bienes culturales importantes en Turquía, Bagdad, Hilla y en otras partes al margen de las autoridades otomanas y en flagrante transgresión de la ley que éstas habían promulgado en 1870. La principal evidencia de que las autoridades estaban seriamente preocupadas por este pillaje es la incriminación que hicieron al profesor de la Universidad de Chicago Edgar James Banks por robo de bienes culturales.

Banks fue sentenciado y despedido de esa institución y terminó siendo un mercader de arte muy próspero. A este personaje se suma uno de los directores del Museo Británico, Richard Cooke, y el arqueólogo estadunidense Richard Starr.

Cierta estabilidad se pudo observar en la región con la fundación del Museo Nacional de Irak, animado por Gertrude Bell y un servicio de antigüedades del reino iraquí.

Epílogo

En el ámbito internacional resulta claro que un número muy importante de exigencias de repatriación parte de la conquista, la colonización y el comercio. En el predicado del legado cultural convergen justamente estas tres dimensiones.

Occidente le ha impreso a los bienes culturales una venalidad por encima de los intereses comunitarios que tutelan valores culturales e incluso religiosos. Se ha valido para ello de la noción de propiedad, muy preciada para occidente pero que resulta con frecuencia extraña a una multitud de grupos y comunidades. La noción dominante de propiedad en la actualidad es de exclusión, desprovista de todo elemento público, que admite acotaciones excepcionales. Esta noción carece por lo tanto de las características que le permitan expresar valores culturales, cuya dimensión es dinámica e inconmensurable. El conflicto se concentra en dos pretensiones contradictorias: una reclama la propiedad cultural histórica, en tanto que la otra preconiza la propiedad sobre la historia.

La conquista y la colonización han provocado la transmigración de pueblos, estratificaciones culturales y asimilaciones forzadas, fracturas sociales y mestizajes, así como situaciones de violencia, explotación y dominación.

La legislación internacional intenta establecer un orden que contribuya medianamente a paliar la frustración cultural que genera la convergencia de esos tres paradigmas, a través de cinco funciones: protección, cooperación, rectificación, jurisdicción penal y solución de controversias. Con base en estas líneas de acción se busca proteger la integridad física y el contexto de los bienes culturales; facilitar la cooperación y la administración de su manejo; evitar la apropiación de las piezas y su transferencia lícita; procurar su restitución a los legítimos reclamantes; imponer sanciones por el indebido manejo de dichos bienes, y proveer de mecanismos que puedan contribuir a resolver las controversias inherentes a su tráfico comercial.

En la época actual el régimen de los bienes culturales se encuentra inmerso en esos tres paradigmas: conquista, colonización y comercio. La sociedad filistea contemporánea ha hecho posible que se avizore el triunfo de la ignorancia sobre la creatividad y con ello campe la desilusión, el abatimiento y el escepticismo.

*Doctor en derecho por la Universidad Panthéon Assas.