La intifada cotidiana

La violencia que azota a Palestina e Israel se ha recrudecido en estos días. Prácticamente diario hay apuñalados en ciudades como Jerusalén, donde el miedo se impone en sus habitantes. Este mes han muerto siete israelíes y más de 30 árabes, presuntos agresores un tercio de ellos. Y en las calles palestinas parece reinar una sensación: ya no hay gran cosa que perder.

Jerusalén.- El video de una cámara de seguridad de la calle Malshei muestra un vehículo que acelera y arrolla a varios peatones. El conductor sale del automóvil y comienza a apuñalar a quienes yacen en el suelo, hasta que un policía se acerca y le dispara. Aun herido y tirado, el agresor intenta, en un gesto vano, alcanzar al oficial con su cuchillo. Otros agentes se acercan y el atacante recibe varios disparos mortales.

No son escenas de ficción. Ocurrieron realmente el martes 13 en un barrio judío ultraortodoxo de esta ciudad. El ataque, en el cual murió un rabino y otras cuatro personas resultaron heridas, lo perpetró Alaa Abu Jamal, un padre de familia palestino de 33 años, sin antecedentes penales y con trabajo estable en la compañía telefónica israelí.

Hace casi un año, dos de sus primos cometieron un atentado en una sinagoga, donde murieron cinco personas. La policía mató a los dos agresores en el acto. Alaa Abu Jamal atendió entonces a varios periodistas en el barrio palestino de Yabal Mukaber, en Jerusalén Este, donde vive la familia.

“Para una persona que tiene valor y que está ligada a su gente y al Islam (atacar a Israel) es una reacción normal al tratamiento que estamos recibiendo. Tener un mártir en la familia siempre es motivo de alegría”, decía en aquel momento, con tono sereno y amable. Se refería a sus primos, pero sus palabras parecen, desde el martes 13, una especie de premonición.

Desde principios de este mes los ataques antiisraelíes son prácticamente diarios. Las agresiones ocurren en cualquier momento y en cualquier lugar, pero castigan principalmente a esta ciudad. Sus autores son “lobos solitarios”, palestinos sin historia y sin militancia política que salen a la calle con cuchillos y desarmadores, embisten a peatones con su automóvil o siembran el pánico en un autobús atacando a los pasajeros con puñales y pistolas.

Los ataques parecen casi improvisados pero se cometen con aplomo. El arma principal de los autores parece ser la falta de esperanza.

“Los palestinos no tenemos gran cosa que perder y eso nos torna peligrosos. Los israelíes no pueden decir lo mismo”, lanza Mahmud Abu Jaled, estudiante palestino, en una conversación telefónica desde Gaza.

El gobierno israelí se ha visto sorprendido por esta ola de violencia que no cede pese a las medidas punitivas aprobadas por el Ejecutivo, como la demolición inmediata de las casas de los terroristas, autorización para disparar contra quienes lanzan piedras, mayor presencia policial y del ejército en ciudades como Jerusalén o exhaustivos controles en los barrios palestinos.

“Israel ha estado practicando un terrorismo organizado y una política de provocaciones sistemáticas contra el pueblo de Palestina y la actual situación es la consecuencia natural de décadas de ocupación, humillación, opresión y políticas racistas”, dijo ante la prensa Saeb Erekat, secretario general de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

Objetivo, el fin de la ocupación

Una de las principales causas de los ataques de los días recientes hay que buscarla en la tensión en la Explanada de las Mezquitas, de Jerusalén, que los judíos también veneran como el Monte del Templo.

Las autoridades palestinas acusan a Israel de provocar, autorizando la visita de judíos radicales al lugar, y de querer cambiar un statu quo de 1967 y establece que sólo el culto musulmán está permitido dentro del recinto.

Los enfrentamientos entre policías y palestinos que desean “defender la mezquita” han sido constantes en las últimas semanas.

Mohammed Halabi, palestino de 19 años que apuñaló y mató a dos israelíes en la Ciudad Vieja de Jerusalén el sábado 3, antes de ser abatido por la policía, expresó previamente en las redes sociales su cólera y su frustración al ver lo que ocurría en torno a la mezquita Al Aqsa, en la Explanada.

A la tensión en este lugar santo musulmán se suma el avance inexorable de las colonias israelíes en territorio palestino ocupado, pese a las condenas de la comunidad internacional. Los palestinos sienten que cada vez tienen menos tierra y libertad. Según cifras de la ONG israelí Bet’selem, unos 550 mil colonos viven actualmente en tierra palestina de Cisjordania y Jerusalén Oriental.

“¿Cómo esperan que reaccionen las calles palestinas después de que el adolescente Mohammed Abu Jdeir fuera quemado vivo (en julio de 2014 por unos colonos en Jerusalén-Este), de que la casa de la familia (palestina) Dawabsheh fuera incendiada por colonos y murieran tres miembros de la familia, de que estos crímenes se produzcan ante la vista de soldados que protegen a los colonos?”, ha preguntado varias veces el presidente palestino Mahmud Abbas.

El silencio con el que Israel y gran parte de la comunidad internacional responden a Abbas hace que los palestinos se sientan todavía más abandonados a su propia suerte. Muchos analistas apuntan que la Tercera Intifada ha comenzado mientras que los dirigentes israelíes y palestinos evitan la temida palabra.

“Creo que vivimos una intifada diaria. La ocupación, las provocaciones en la Explanada de las Mezquitas y la pérdida de libertad y derechos provocan que la gente sienta que tiene que defenderse”, explica Khaled Tamid, comerciante palestino de 67 años de la Ciudad Vieja de Jerusalén. “¿Negociaciones? Llevamos más de 20 años negociando y, ¿qué hemos conseguido? Más muerte, más ocupación, más sufrimiento”, lanza, con un gesto de asco.

Un reciente sondeo del Centro Palestino de Estudios Políticos de Ramala (Cisjordania) hace una interesante radiografía de la sociedad palestina: dos tercios de los ciudadanos creen que la Autoridad Palestina no hace lo suficiente para protegerlos de amenazas, como las de los colonos. Además, 42% cree que la lucha armada es el medio más efectivo para crear un Estado palestino y sólo 29% piensa que las negociaciones de paz pueden ser útiles.

“Incluso Mahatma Gandhi entendería las razones de este estallido de violencia palestina. La pregunta es por qué no estalla más a menudo. A los 50 años de desposesión y opresión que han sufrido los palestinos podemos añadir los últimos años, marcados por una intolerable arrogancia israelí que nos está explotando de nuevo ante de los ojos”, escribió amargamente Gideon Levy en una columna publicada en el diario israelí Haaretz el viernes 9.

Generación Oslo

El pañuelo que le cubre el rostro sólo deja ver unos profundos ojos claros y su voz dulce choca con la energía que muestra al arrojar piedras sin miedo hacia los soldados israelíes apostados a escasa distancia. Tiene 19 años, vive en Belén y dice llamarse Fatma. Es estudiante y nunca ha pisado Jerusalén, situada a escasos 10 kilómetros de su casa.

“Sé que podría recibir una bala hoy. Espero que no, por mis padres, que no saben que estoy aquí, y por mí, porque tengo sueños, pese a todo”, afirma.

El martes 13, a pocos metros de donde tiene lugar esta conversación, un joven palestino de 21 años que arrojaba piedras en dirección a los soldados murió al recibir una bala en el pecho.

Fatma participa en esta manifestación dispersada con tiros y gases lacrimógenos porque asegura sentirse encerrada. El sigiloso avance de las colonias en torno a Belén y el muro construido por Israel desde 2004 para separar Cisjordania de Jerusalén la asfixian y le cortan las alas. “Lloro de impotencia al ver cómo viven jóvenes de mi edad en otros lugares del mundo”, explica.

A su lado, otro estudiante de 21 años con el rostro también cubierto se prepara con las piedras en la mano. No quiere dar su nombre. “Llámame Mohamed”, dice, lanzando una carcajada. “Los crímenes de los colonos no dejan de aumentar, los judíos ensucian Al Aqsa todos los días, los soldados matan a los jóvenes palestinos… El presidente Abbas ha izado nuestra bandera en la sede de la ONU, ¿y qué hemos ganado con eso? Nada, la lista de mártires aumenta cada día. Nunca lograremos nada así, por eso yo estoy dispuesto a venir todos los días aquí, a enfrentarme a los soldados”, afirma.

Y las manifestaciones se repiten día tras día con el mismo trágico guión. Sólo cambia el nombre del joven fallecido, el número de heridos, el lugar de Cisjordania donde tuvo lugar la protesta. Es una letanía de enfrentamientos y muertos que parece aburrir a la comunidad internacional que apenas dedicó tiempo y energía al conflicto israelí-palestino en la última asamblea general de la ONU.

La mayoría de los jóvenes que desafían a los soldados no había nacido cuando se firmaron los acuerdos de paz de Oslo, en 1993, entre israelíes y palestinos.

Entonces soplaban vientos de esperanza y el camino hacia un Estado palestino parecía trazado.

Pero desde entonces los palestinos sólo han acumulado desilusiones y guerras. Los jóvenes no creen en líderes, sea Abbas o el movimiento islámico Hamas, desgastados y sin legitimidad. Las últimas elecciones en Palestina se celebraron en 2006.

“El gobierno israelí debe, a largo plazo, mejorar las condiciones de vida en el este de Jerusalén para paliar la frustración de la población, sobre todo de los jóvenes, porque si no, se generará un cultivo perfecto para la violencia y el terrorismo”, recomendó al gobierno de Netanyahu, Kobi Michael, del Instituto Israelí para Estudios de Seguridad Nacional.

Abusos y ejecuciones

El silencio se ha instalado en casa de los Dwayat, en un barrio palestino de Jerusalén. Un silencio en el que esta familia humilde, que vive alejada de la política, intenta entender qué les está sucediendo. Shuruq, una de las hijas de Samira y Salah, lleva una semana en el hospital, custodiada por la policía.

La versión oficial dice que intentó apuñalar a un colono en la Ciudad Vieja. Su familia y testigos aseguran que la joven fue agredida por varios israelíes que intentaron quitarle el velo con el que se cubría el cabello. Ella empujó a uno de ellos para defenderse y recibió varios disparos. Es difícil saber dónde está la verdad.

“Tres, cuatro disparos. No lo sabemos. No nos han dejado verla, ni siquiera darle un abrazo. Yo conozco a mi hija y sé que jamás haría algo así. Le da miedo hasta cuando ve una gota de sangre. Los israelíes mienten. Shuruq no es una terrorista. Sólo espero que podamos defenderla y restablecer la verdad”, explica Samira, entre sollozos, besando una fotografía de su hija. La familia tiene miedo de perder su permiso de residencia en Jerusalén o de que el ejército decida demoler su casa en represalia.

Su caso es uno de los que la OLP quiere presentar ante la justicia internacional para denunciar los “abusos” y “ejecuciones sumarias” que estaría cometiendo Israel en las últimas semanas, para “neutralizar” a presuntos agresores.

Los ánimos de los jóvenes palestinos se exacerban con este tipo de noticias y con videos que circulan en las redes sociales mostrando las circunstancias de varios de estos ataques. En uno de ellos se muestra el momento en que Fadi Alun, palestino de 19 años, es rodeado por un grupo de judíos radicales en Jerusalén antes de que llegue un automóvil de la policía y le dispare varias veces, a instancias de varios israelíes que gritan: “¡Es un terrorista!”

Según las autoridades palestinas no se encontró ningún arma ni hay pruebas de que el joven intentara agredir a nadie.