El lunes 21 las autoridades del estado y de la UdeG conmemoraron el 97 aniversario del natalicio del escritor zapotlense Juan José Arreola con un encuentro cultural, que culminó con el traslado de sus cenizas a la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres. Esta es la crónica.
“Él nunca se imaginó que iba a estar aquí, no había ninguna cosa que lo llegara a preocupar en ese sentido”, comentó Orso Arreola al finalizar la ceremonia por el traslado de los restos de su padre a la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, el pasado lunes 21.
Tal vez Juan José Arreola Zúñiga hubiera preferido como su morada permanente a Zapotlán El Grande, hoy Ciudad Guzmán, porque era como “una ampliación del seno materno del que me gustaría no haber salido nunca”, como le dijo al reportero Armando Ponce (Proceso).
El acto oficial formó parte de la octava edición del Coloquio Arreolino, encuentro entre escritores, investigadores y estudiantes que terminó precisamente ese día, con la entrega del Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola en el Centro Universitario del Sur, esta vez a Óscar Guillermo Solano por su texto Los echamos de menos.
La fecha fue elegida porque se cumplieron 97 años del nacimiento del autor del Confabulario y La Feria.
Al homenaje, realizado en el Paraninfo Enrique Díaz de León de la Universidad de Guadalajara (UdeG), asistieron el gobernador, Aristóteles Sandoval Díaz; el rector de la UdeG, Tonatiuh Bravo Padilla, y diversos representantes de los poderes Legislativo y Judicial, entre otros funcionarios.
Se vio ahí a los hijos del homenajeado: Fuensanta, Claudia Berenice y Orso Arreola. También al escritor y pintor Fernando del Paso, quien escribió una biografía de su amigo Juan José a partir de los recuerdos que él le iba platicando para que los grabara.
Extrañamente, no estuvo ahí el líder moral de la casa de estudios y titular de la Feria Internacional de Guadalajara (FIL), Raúl Padilla López, quien en 1992 promovió intensamente la entrega del Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo –hoy sólo Premio FIL– al zapotlense.
Con cinco guardias de honor, las autoridades le rindieron tributo al aclamado escritor de cabellera desaliñada. El director de la Biblioteca Pública del Estado Juan José Arreola, Juan Manuel Durán Juárez, expresó que el prosista perteneció a una generación de jaliscienses cuya obra logró que “la experiencia pueblerina fuera universal”.
Posteridad oficial
Desde las nueve de la mañana los agentes de tránsito empezaron a cortar la circulación de la Avenida Juárez, a fin de que pasara el cortejo de autoridades que trasladó los restos de Arreola. También llegaron centenares de preparatorianos acarreados en autobuses de la universidad.
Para éstos se colocaron dos pantallas gigantes, bajo una gran carpa en la explanada de la Rambla Cataluña, afuera del Paraninfo, y otra en la explanada del edificio administrativo de la universidad. Desde ahí los jóvenes vieron lo que ocurría en el interior del recinto, entre los funcionarios y familiares y colegas del literato.
Los largos discursos y los lugares comunes de los oradores (hablaron de la “pasión artesanal por el lenguaje” de aquel “esgrimista del lenguaje y mago de la memoria”) aburrieron a los estudiantes. Algunos fueron a las tiendas cercanas para comprar refrescos, agua, cigarros y botanas, mientras que otros resistieron en sus lugares para atender la indicación de sus profesores, pero sacaron sus teléfonos móviles y se pusieron a chatear, a jugar o a mirar el Facebook.
Cuando el sol logró traspasar las nubes, algunos chavos se distraían en hacer que la pantalla de sus celulares se reflejaran en el techo de la carpa. Al preguntarles qué opinaban de Arreola, algunos admitieron que era la primera vez que oían hablar de él.
Tampoco les informaron que los restos del escritor se iban a llevar a la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres ni que develarían una escultura en su honor. Cuando terminó el homenaje, los jóvenes se escabulleron y el contingente que acompañó los restos se redujo a un selecto grupo.
Las cenizas de Arreola hicieron el trayecto en un auto Pontiac GTO 1968 dorado y descapotado. Al llegar a su destino, Orso dijo que no habría sido mala idea que las llevaran en una Vespa Ciao, la motoneta que solía utilizar su padre, también aficionado a las bicicletas.
La banda del Cuerpo de Bomberos de Guadalajara encabezó el cortejo. Desfajados, sin insignias, con uniformes de tonos diferentes, los tragahumo exhibieron las carencias que han denunciado desde el 23 de agosto pasado, en su Día Nacional.
El homenaje terminó en una carpa montada al costado de la rotonda. Otra vez se recordaron pasajes de la obra del escritor y se le sumaron elogios. El diputado local del PAN Roberto Mendoza Cárdenas leyó el decreto oficial que incluye a Arreola entre los ilustres jaliscienses, y ya alejado del libreto afirmó que el autor es parte de la identidad de los tapatíos, como el “pozole, el tequila o el mariachi”.
En su turno, el rector Tonatiuh Bravo evocó el texto autobiográfico De memoria y olvido:
“Yo señores, soy de Zapotlán El Grande. Un pueblo que de tan grande nos lo hicieron Ciudad Guzmán hace cien años. Pero nosotros seguimos siendo tan pueblo que todavía le decimos Zapotlán. Es un valle redondo de maíz, un circo de montañas sin más adorno que su buen temperamento, un cielo azul y una laguna que viene y se va como un delgado sueño”.
Recordó que Arreola impartió talleres de literatura y expresión oral en la Facultad de Filosofía y Letras, donde inculcó el aprecio por la lectura en voz alta, así como a desarrollar un estilo propio y a escribir con creatividad.
A nombre de los familiares habló Orso. Su gran parecido con su padre por momentos dio la sensación de que Arreola estaba presente. Destacó que el escritor nació en los albores de una época marcada por la Constitución Política de 1917, al término de la Primera Guerra Mundial.
Enseguida leyó el poema Suave Patria, de “Ramón López Velarde, que a través de su poesía le brindó a Juan José Arreola y a toda la generación de escritores de la posrevolución mexicana la posibilidad de creer en un país nuevo, en un México nuevo, una patria verdaderamente mexicana”.
Poco antes de la develación de la escultura de su padre, resaltó la importancia de ese momento:
“No me queda el día de hoy más que despedirme ante ustedes de mi padre. Hoy pasa a ser definitivamente de Jalisco al estar en esta rotonda, cosa que inunda de luz y de alegría nuestros corazones familiares. Entonces hoy me despido de mi padre; hoy pasa él a la posteridad.”
El busto de Arreola fue ubicado en el ala sur del jardín, entre el del general Marcelino García Barragán, secretario de la Defensa Nacional durante la matanza de Tlatelolco en 1968, y la del Dr. Leonardo Oliva, médico del siglo XIX. Con él son 30 los jaliscienses que yacen en el monumento, incluidos el cacique y fundador de la CTM Heliodoro Hernández Loza, y el líder de la CROC Francisco Silva Romero.
La escultura es obra del artista Rubén Orozco. Incluye un taburete donde reposa abierto el libro Confabulario, un tablero de ajedrez y una pluma estilográfica. La figura de Arreola en bronce, por supuesto, es esbelta y luce una cabellera libre; mide dos metros de alto y pesa 220 kilogramos en bronce. Según la Secretaría de Cultura, costó medio millón de pesos.
La mano estirada del autor parece sostener una copa de vino, que según Orso nunca le faltaba a su padre. La familia entregó al escultor una serie de fotografías para que elaborara su obra; Orozco propuso un Arreola joven y extremadamente delgado.
“Es un Juan José Arreola en la plenitud de su edad, tendría él treinta y tantos, y bueno escribió su Confabulario. Era el momento de mayor plenitud, con sus amigos escritores: Antonio Alatorre; Juan Rulfo, muy querido, amigo de juventud, entrañable; José Luis Martínez; Alí Chumacero… Es una generación muy hermosa de escritores”, dijo Orso.
–¿Por qué no con capa, su imagen más conocida? –se le preguntó.
–La capa es de cuando ingresa a la televisión. Era un gran actor. Con la capa y con otros atuendos hacía el personaje de sí mismo, Juan José Arreola, pero esas dotes de actor le dieron gran resultado y éxito en la televisión. Y como maestro no se diga, daba gusto cómo actuaba sus clases.
Arreola falleció el 3 de diciembre de 2001, a los 83 años, de un paro respiratorio, luego de tres años de padecer hidrocefalia. l








