Durante los dos años y siete meses que lleva al frente de la Secretaría de Cultura de Jalisco (SCJ), Myriam Vachez ha convertido a esa dependencia en una suerte de Secretaría de Desastres. El más reciente de sus estropicios es el relacionado con el deterioro irreversible de la concha acústica del Teatro Degollado –valuada en varios millones de pesos– a causa de la negligencia, el descuido y la falta de mantenimiento al singular mueble. Durante los conciertos de la Orquesta Filarmónica de Jalisco (OFJ) y otras agrupaciones musicales solía instalarse en torno al escenario para mejorar la acústica y dirigir el sonido hacia la sala del teatro.
Ante lo que parece ser un daño irreversible de ese equipamiento del Degollado, tan necesario para que las presentaciones de la sinfónica tapatía no desluzcan por lo que hace a mantener un volumen acústico bien regulado, el gerente del ensamble, Arturo Gómez Poulat, se refirió en días pasados a la necesidad de dar de baja la dañada concha acústica y reemplazarla por una nueva.
No obstante, el mismo funcionario descarta que sea en el corto plazo debido al alto costo que ello implica, por lo que tanto las autoridades de la OFJ como de la SCJ estarían a la espera de que alguna dependencia del gobierno federal venga en su auxilio: “Es verdaderamente un dineral, es muy costosa, hay un proyecto que nos tocó elaborar para buscar el recurso federal para adquirir una nueva concha”, dijo Gómez Poulat (Mural, 15 de septiembre).
Lo más lamentable del caso es que la vida útil de la concha acústica del Degollado, adquirida en la última etapa de la administración de Sofía González Luna en la SCJ (2001-2007) con aportaciones de algunos empresarios de la comarca, fue concebida para tener una vida útil de 30 años. Sin embargo, por su descuidado manejo y precario o nulo mantenimiento apenas pudo cumplir la tercera parte de esa vida útil. Como quien dice: peor, casi imposible. Y si algo define a la actual administración de la SCJ es precisamente el deficiente manejo de la institución; es decir, la acumulación de taras como el descuido, la improvisación, la ignorancia supina, los caprichos, las ocurrencias peregrinas y la idea ídem de que tener el poder equivale a tener la razón.
El limitado presupuesto de la SCJ se ha utilizado tan mal que, lejos de emplearlo en lo que le da sentido a la dependencia (la promoción de las manifestaciones artísticas e intelectuales y el cuidado del patrimonio cultural de los jaliscienses), la señora Vachez lo ha destinado a otras cosas tan superfluas como el acondicionamiento de sus nuevas oficinas, que para colmo discurrió instalar en un edificio patrimonial (la finca del siglo XIX que durante muchas décadas ocupó la Quinceava Zona Militar) y no obstante que esta finca fue habilitada como museo en 2010, madame Vachez se encaprichó y con el respaldo de su jefe (un tal Aristóteles Sandoval) la convirtió en la sede de las oficinas de la SCJ, para lo cual todavía tuvo que hacerse un desembolso cercano a los 20 millones de pesos. Y todo para acrecentar el mundo al revés, con un museo menos a cambio de un obeso conjunto de oficinas burocráticas más.
Es tan desastrosa la gestión de la señora Vachez al frente de la SCJ, que si se la compara con el desempeño de su antecesor (Alejandro Cravioto), éste parecería a la distancia como el representante de una época dorada de la promoción cultural en Jalisco, aun cuando en realidad no haya pasado de ser una administración aceptable, con algunas realizaciones sobresalientes, como la magna exposición de José Clemente Orozco en 2010, la cual ocupó la mayoría de salas del Instituto Cultural Cabañas, o el ambicioso programa de publicaciones que alcanzó varios centenares de títulos, divididos en distintas colecciones pero orientados casi en su totalidad a la cultura regional.
Pero con la llegada de Vachez no sólo cesó de golpe esa valiosa producción editorial y, paralelamente, la calidad y frecuencia de las exposiciones de artes visuales también vinieron de manera notable a la baja, sino que la susodicha y sus allegados comenzaron a regar el tepache por otros lados: acrecentaron la burocracia cultural con una dizque “reingeniería institucional” que ha resultado más que contraproducente, consiguiendo la “hazaña” de tener más promotores culturales y menos promoción cultural, sobre todo de menor calidad; intentaron imponerles una cuota anticipada grupos teatrales que se presentan en los espacios regenteados por la SCJ (como si esta dependencia fuera una recaudadora y no hubiese sido concebida para otra cosa muy distinta: para hacer posible el derecho a la cultura de los jaliscienses); han dado cínicamente gato por liebre, presentando como “ópera” lo que en el mejor de los casos no pasan de ser modestos recitales de canto, y entre muchas otras pifias, otorgaron el mando total de la OFJ a un director de medio pelo (el italocanadiense Marco Parisotto), quien ha abusado de la misma (entre otras cosas, metió en la nómina de la orquesta a su esposa como asesora artística o cosa parecida), y lo peor del caso, se ha convertido en un agente de división y discordia en el seno de la sinfónica tapatía hasta el punto que le han llovido las demandas laborales y buena parte de los puestos del conjunto ahora mismo se litigan en los tribunales.
A lo anterior hay que sumar el reciente despido de personal que venía trabajando para la Red Estatal de Bibliotecas, en varios municipios del estado, desde varios años antes que la llegada de la señora Vachez aterrizara en la SCJ. Vale decir que el despido no fue porque las personas cesadas realizaran mal su trabajo, sino porque desde el área de finanzas del gobierno de Jalisco fue ordenado un recorte de plazas, y como entre las prioridades de la dependencia de marras no está el buen funcionamiento de las bibliotecas públicas, pues nada más sencillo que no renovarles el contrato a empleados que radicaban fuera de la zona metropolitana de Guadalajara.
Prioridades, lo que se llama prioridades, hay que buscarlas en otro lado. Por ejemplo, en la entrega puntual del óbolo multimillonario que se otorga para las empresas y proyectos culturales (con y sin comillas) que regentea el mandamás de la Universidad de Guadalajara (¿eres tú, Raúl?); una aportación que, por cierto, también acostumbran hacer las dependencias de cultura de Guadalajara y Zapopan, cuyos funcionarios pagan de ese modo su peaje al mencionado mandamás universitario.
El rosario de desastres de la SCJ, bajo la férula de su actual titular, también incluye desfiguros y despropósitos como la creación de una presunta “maestría en literatura jalisciense”, o timos tan mayúsculos como el pago estratosférico de un cuarto de millón de pesos por la reciente reedición de una novela de Dante Medina “con un tiraje de mil ejemplares y un costo de producción de 249 mil pesos”, según informó Mural el viernes18.
Por todo lo antes mencionado y por muchas cosas que sería prolijo enumerar, la administración de la SCJ que encabeza Myriam Vachez tiene convertida a esa dependencia en una Secretaría de Desastres, una dependencia cuyo correcto funcionamiento, para colmo de desgracias, poco o nada parece importarle al gobernador Aristóteles Sandoval. l








