Un escritor que quiere escribir y no escribe, que pasa las tardes en un café de chinos sin encontrar inspiración, y vive su anhelo por acercarse a la chica que cobra en la caja, de la cual está enamorado.
Un hombre que apenas se atreve y que la vida lo va llevando sin rumbo fijo. El protagonista de la obra escrita y dirigida por Rodolfo Guillén, El día que dejé de ser noche, es un escritor que dejó de ser noche sin convertirse en día.
Es un hombre gris que transita por una opción de vida producida en su mente, o que es la creación del dramaturgo o una historia paralela a la situación límite en la que se encuentra.
La estructura dramatúrgica del autor, donde la narrativa y el diálogo se entrelazan, presenta varias posibilidades cuánticas, que descubrimos en el giro sorpresivo del último fragmento, resignificando maravillosamente la historia.
En El día que dejé de ser noche Roberto, el protagonista, recorre diferentes estaciones vitales: se encuentra accidentalmente con la joven cajera que lo invita a un antro donde sufre una fuerte golpiza –punto crucial que vincula el final del periplo del personaje–; cae en el alcoholismo y la miseria, pasando por la traición al periodista que le da trabajo, su amorío con una mujer madura a la que maltrata y explota, hasta su encandilamiento por una adolescente que intenta seducir.
El apenas escritor es un personaje poco empático, con una personalidad que en nada invita a compadecerse o solidarizarse con él; simplemente nos convertimos en testigos de su caída.
La compañía Teatro en Exceso y otras Patologías investiga, desde su juventud, y propone en el texto, la actuación y la puesta en escena, atractivas resoluciones escénicas. Con unos cuantos elementos el director Rodolfo Guillén, apoyado por la versátil escenografía de Regina Morales, crea espacios múltiples enriquecidos con momentos coreográficos, algunos toques de humor y, sobre todo, con actuaciones frescas y variadas.
El protagonista, interpretado por Kevin Carlock, responde a una personalidad “plátano”, y los otros tres actores realizan diversos personajes. Sobresale la naturalidad y la cadencia con que Leonardo Villa canta, aparenta ser un hombre musculoso y malo o un mesero despistado. También Frida Cruz aborda con ductibilidad los papeles de mujer adulta, una mesera o la que participa en un anuncio comercial. Monserrat Monzón es la cajera, la adolescente o la casera furiosa que vive bien cada uno de sus personajes aunque no abandona una misma tesitura actoral.
El director apuesta por contravenir al texto, y hace una parodia divertida de sus propios personajes al describirlos verbalmente de una manera completamente distinta a lo que son físicamente los actores.
El día que dejé de ser noche, título poético y sugerente, fue finalista en 2012 del Premio de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo, y la puesta en escena constata su valor. La sustenta la compañía mencionada que el año pasado tuvo una residencia en el Foro Shakespeare, donde llevó a escena obras como Los chicos de las gabardinas –de la autoría del director del grupo, Rodolfo Guillén– y La señorita Lisístrata y Job, de Enrique Olmos, entre otras.
El día que dejé de ser noche, que se presenta los jueves en el Foro la Gruta del Centro Cultural Helénico, divierte pero también nos sumerge en el desasosiego. Una historia urbana donde el vacío y la búsqueda de sentido de los personajes impregna cada uno de los episodios que, con fortuna, cambian de estilo, y eso mismo es lo que la convierten en una propuesta rica y juguetona.








