“Edén”

En la capital francesas de la década de los noventa surgió un género musical, el French Touch, derivado del House music, la música electrónica disco del Chicago de los ochenta; más que un simple género, el toque francés se volvió un estilo de vida que se impuso en las discos de París, sonó en los raves, alucinó con éxtasis y rayas de coca, convirtió en celebridades a los DJ e inspiró fenómenos musicales como el Daft Punk. Y si los términos en inglés se acumulan es porque, precisamente, le French Touch corresponde a la asimilación y a la reinterpretación de la cultura musical americana de fin de siglo en Francia.

Eden (Francia, 2014) propone un panorama, desde dentro y desde fuera, de esa generación olvidada bajo los escombros del 11 de Septiembre. La realizadora Mia Hansen-Love se inspira en la vida de su hermano Sven Hansen-Love, con quien escribe el guión, para documentar el reventón interminable de esa década, el éxito vertiginoso de Paul (Félix de Givry), su adicción, decadencia y duro despertar de manos vacías.

De asiduo a las tocadas y a los raves con su grupo de amigos, noches blancas de alcohol, drogas y sexo, Paul se convierte en un DJ profesional, recibe a las estrellas americanas del momento, viaja a Nueva York y Chicago, Meca donde también es reconocido y admirado por sus colegas. En el camino surgen romances, unos más largos que otros, los amigos van y vienen, la gente encuentra su propio rumbo, o no. Las crudas se curan con más cocaína y la tesis inacabada para la Sorbona se vuelve un recuerdo borroso. Nace una estrella de los raves.

El ritmo estruendoso y monótono, la danza y las voces, se alternan con secuencias cotidianas de domesticidad desarticulada, café matutino, música, más alcohol y drogas, préstamos de dinero, filas de espera para entrar a la disco, detalles chuscos como no permitir la entrada a los mismísimos Daft Punk por su aspecto anodino. En una entrevista radiofónica durante la fiebre del French Touch, Paul define su vivencia como un punto entre la euforia y la melancolía.

Edén no es un documental porque la historia está construida como una novela de aprendizaje, pero sí testimonia minuciosamente la cultura de la época, informa con nombres y lugares precisos; aunque la música es protagónica, tampoco se trata de un musical como el de los Jersey Boys de Eastwood del cual el público sale inspirado y divertido. El héroe y sus amigos son más bien antipáticos; la distancia con la que la directora los retrata con sus obsesiones y repeticiones rehúye la identificación con el espectador. El título es una mera trampa, el edén es una fantasía, lo que hay es la vida, el escape de la banalidad, y los mejores momentos pasan desapercibidos.

La directora Mia Hansen-Love, hija de profesores de filosofía, se formó en Cahiers du Cinéma, está cercana a Olivier Assayas (con quien está casada), y se inspira en el cine de Philippe Garrel (Los amantes habituales). Su trabajo es muy sólido, pero aún le pesa el pedigrí.