Partiendo de tres perspectivas, somos testigos del intrincado triángulo víctima-victimario-juez, adentrándonos en la vida de Paula, Gerardo y el doctor Miranda envueltos en una situación marcada por el conflicto y de difícil solución.
Desde la intimidad se muestra a los personajes, y es ahí donde ellos se vuelven vulnerables e indescifrables; capaces de fingir o de decir la verdad. Porque la búsqueda de ésta es el fin último que propone La muerte y la doncella, del chileno Ariel Dorfman, dirigida por Lorena Maza en el Foro Shakespeare, y desentrañarla va más allá de lo inmediato. La humanidad de los personajes se impone y el lazo que los une, de amor u odio, no es suficiente para resolver el problema.
El drama arranca con un encuentro fortuito: Paulina atisba en la ventana la llegada de su compañero con un revólver en la mano. Ella, que ha sido torturada quince años atrás, tiene las marcas del dolor y la rabia, y al llegar, él le cuenta de cómo un hombre lo ayudó en la carretera por un problema que tuvo con su auto. Él acaba de ser nombrado presidente de la Comisión gubernamental que investigará los crímenes cometidos durante el régimen militar, y el “buen samaritano” que lo ayudó –acaba de enterarse por la radio– es el doctor Miranda, que ella afirma fue su torturador al reconocer su cadencia de voz, su olor y la pieza de Schubert que ponía cuando la violentaba. Él lo niega y el espectador duda.
La capacidad del texto de manejarse en la cuerda floja, donde las afirmaciones se confunden con la locura o el arte de fingir, van dando a la obra una ambigüedad determinante para el tratamiento de la problemática. Al espectador se le desestructura el impuso de encasillar a los personajes, y entre más se quiere ubicarlos, más confusión se genera. Es necesario irse impregnando de la realidad para ser un testigo partícipe en las prerrogativas que se presentan.
Lorena Maza apuesta por la indeterminación de los personajes y la situación, apuntalando estupendamente el texto de Dorfman. Imposibles las primeras impresiones y las condenas sin razón, pues las verdades van surgiendo y nos conducen a una realidad cada vez más desnuda. La locura en inteligencia se convierte; la incredulidad, en compromiso; y la inocencia, en culpabilidad.
Arcelia Ramírez como Paulina, Daniel Martínez como su compañero y Arturo Ríos interpretando al verdugo, consiguen actuaciones basadas en la contención. Una contención cargada de emociones, impulsos y conflictos internos. Los personajes vibran y nosotros con ellos. Ninguna de la situación en la que se encuentran es simple, y esta complejidad se percibe gracias a estos grandes actores, guiados por Lorena Maza.
Dorfman plantea un espacio doble para cubrir la necesidad de que los personajes hablen sin que lo escuche el otro si así lo requiere la trama. Sergio Villegas encuentra una solución atinada sin necesidad de paredes: Una simple franja de tablones de madera en forma de “L” y un par de sillas, marcan el espacio exterior donde Ella sola o acompañada se debate entre hacer justicia por su propia mano o dejar que la nueva comisión lo juzgue.
La muerte y la doncella tuvo un fracasado estreno en Chile en 1990, y en el 92 fue un éxito en Broadway. Es de las obras latinoamericanas más representadas y nos remite a una situación de violencia que todavía permanece en nuestros países. Ariel Dorfman, conocido mundialmente por su ensayo Para leer al Pato Donald, profundiza en las relaciones humanas siendo un militante comprometido durante la dictadura, obligado al exilio, y trasciende cualquier intento maniqueo, pero en donde queda clara la impunidad, la tortura y el daño moral y físico de las víctimas de una dictadura o cualquier país represor; como el nuestro.








