Detrás de la reapertura de las embajadas de Estados Unidos y Cuba –que tendrá lugar este lunes 20– hay una “reorientación” de la política exterior cubana que, de manera realista y pragmática, toma distancia del bloque bolivariano y se acerca a la esfera occidental: Europa, Canadá, el Vaticano, Brasil, Chile, Colombia y, por supuesto, Estados Unidos. Ésta es la opinión del historiador cubano Rafael Rojas, quien afirma que en dicho proceso la isla no renuncia a los símbolos del socialismo y la revolución, entre ellos el Che Guevara y el propio Fidel Castro; por el contrario –apunta–, los mantiene y capitaliza para lograr una mayor inserción en el mundo.
Este lunes 20 se realizará la ceremonia de reapertura de la embajada de Estados Unidos en Cuba y, como parte de ello, se izará la bandera de las barras y las estrellas en el asta que se encuentra en el edificio de la Sección de Intereses de Washington (SINA), en pleno malecón de La Habana.
El acto –cargado de simbolismo– marcará “el fin de una época, el fin de la Guerra Fría”, afirma el historiador cubano Rafael Rojas, del Centro de Investigación y Docencia Económicas.
En entrevista con Proceso, Rojas anticipa que la percepción de los habaneros sobre el edificio cambiará: la estigmatizada SINA –que según el discurso oficial es “símbolo de la subversión”– se convertirá en “la embajada”; es decir, en “símbolo de la estabilidad”.
El investigador considera que el Partido Republicano, el cual controla al Congreso estadunidense, no podrá impedir el proceso de normalización de las relaciones entre ambos países, pues “una embajada reconocida por el gobierno cubano abre las puertas para el diálogo con la oposición y con sectores de la sociedad civil con los cuales antes no podía reunirse, como el de la Universidad de La Habana”.
El académico, autor del libro La Revolución Cubana, publicado en mayo pasado por el Colegio de México dentro de su colección Historias Mínimas, está convencido de que “el estrechamiento de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos no hubiera sido posible con Fidel Castro en el poder”.
Recuerda un hecho que apuntala su tesis: después de que el 17 de diciembre los presidentes Barack Obama, de Estados Unidos, y Raúl Castro, de Cuba, dieron a conocer el logro de un acuerdo para restablecer las relaciones diplomáticas, “Fidel Castro se mantuvo en silencio un buen tiempo y wcuando habló, dijo que él, por principio, desconfiaba de Estados Unidos, pero que no se oponía a la decisión que había tomado su hermano”.
En los meses previos a ese anuncio, “Fidel reaccionaba inmediatamente a muchos temas de la realidad internacional”, publicando su habitual columna en el diario Granma, “pero en este caso el silencio fue muy sintomático y, por supuesto, deliberado”, apunta.
Rojas subraya que en sólo dos años y medio el gobierno de Raúl Castro abandonó la “diplomacia bolivariana” y recompuso los vínculos entre Cuba y prácticamente todos los países de la región. Ello propició que en 2013 la isla encabezara la presidencia pro tempore de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC).
Comenta que la misma CELAC preparó la Cumbre de las Américas de 2014 y fijó una posición común de apoyo al restablecimiento de las relaciones entre La Habana y Washington. “Desde ahí se empezó a recomponer la relación con Europa, Canadá y el Vaticano y luego con Estados Unidos”, subraya Rojas.
Según Rojas, el cambio de paradigma en las relaciones exteriores de la isla se explica por el trabajo de la nueva generación de diplomáticos cubanos que encabeza el canciller Bruno Rodríguez Parilla. Esa nueva generación reorientó el enfoque ideológico hacia uno más pragmático.
Además, “sabemos que (en los últimos años) fueron constantes las reuniones de Jeffrey DeLaurentis, jefe de la Sección de Intereses de Washington en La Habana, con la Cancillería cubana, cuyo edificio le queda muy cerca caminando”.
De hecho, Rojas estima que a raíz de esta labor de discusión permanente entre el gobierno cubano y el estadunidense, “hubo más tratos entre ellos que entre la Sección de Intereses y la oposición cubana”.
Giro diplomático
Tras la caída del muro de Berlín, en 1989, y el derrumbe del bloque soviético dos años después, Fidel Castro aprovechó el capital simbólico y diplomático que había desarrollado Cuba durante la Guerra Fría para enfrentar a Estados Unidos en los foros internacionales. Contó para ello con el apoyo de los países del Tercer Mundo y de ciertos sectores de izquierda occidentales.
El historiador señala que estas batallas se llevaban a cabo en las sedes de las Naciones Unidas en Nueva York, donde La Habana denunciaba las sanciones económicas, y en Ginebra, donde Washington exhibía las violaciones a los derechos humanos en la isla.
Lo anterior, añade, hizo que Cuba no perdiera su papel clave en las relaciones internacionales. Sin embargo, a principios de este siglo, Fidel Castro operó un giro en la política exterior y se acercó al bloque bolivariano, tanto por un asunto de “supervivencia económica” – el abastecimiento de petróleo por parte de Venezuela–, como “por un modo de confrontar la hegemonía de Estados Unidos después de la elección de George W. Bush”.
Pero su hermano Raúl, al llegar al poder, tomó distancia de la diplomacia bolivariana y se acercó de nuevo a los demás países latinoamericanos. Dio prioridad a la relación con Brasil, pero también volvió a acercarse a Chile, Perú, Colombia e, incluso, México.
“Ahora existe una discusión: si a raíz de este giro realista y pragmático, Cuba gana o pierde protagonismo en las relaciones internacionales”, observa. Desde su punto de vista, la isla “no perderá protagonismo, sino que desplazará el sentido de éste”.
Explica: la nueva política exterior, al volverse más pragmática, posiciona a la isla como un “país atractivo en términos de inversiones, crédito, posibilidades de desarrollo y manejo realista de las relaciones internacionales” y ya no como el emblema de una sociedad anticapitalista o de un gobierno que apuesta centralmente por el nacionalismo revolucionario.
“No es tanto que el desplazamiento borre los elementos simbólicos del socialismo, sino que capitaliza los propios símbolos de la Revolución, como Fidel Castro y el Che Guevara, y los convierte en marcas comerciales de Cuba en el mundo, que atraen intereses y la mirada de la comunidad internacional”, apunta.
“Es un fenómeno muy curioso de capitalismo simbólico.”
El historiador advierte que, pese a la normalización de las relaciones entre La Habana y Washington, la defensa de la soberanía y la oposición al intervencionismo económico y militar estadunidenses seguirán jugando un papel central en la política exterior cubana, sobre todo en el entorno latinoamericano.
Transición
Rojas no espera que las reformas económicas que impulsó Raúl Castro tengan repercusiones políticas inmediatas en la isla. “El sistema político no cambia, sus instituciones y sus leyes son las mismas; sigue siendo un régimen de partido comunista único, con un control de la sociedad civil por el Estado y cuyos medios de comunicación son gubernamentales”.
Sin embargo, estima que durante el Congreso del Partido Comunista –programado para febrero de 2018 y donde presuntamente Raúl Castro abandonará el poder presidencial– se operará en Cuba un “cambio generacional”: los revolucionarios históricos dejarán las riendas a los líderes nacidos en los primeros años de la Revolución.
“Yo me atrevería a decir que esta generación recibirá mayores presiones internas y externas, se le demandará que refuerce su legitimidad por medio de una reforma política, para dotar a la sociedad cubana de un mayor pluralismo”, comenta Rojas, quien estima que en un primer tiempo las expectativas se enfocarán hacia una modificación de las leyes que regulan la libertad de asociación y la libertad de expresión.
A largo plazo, el historiador anticipa una transición del actual sistema de partido único hacia un sistema de partido hegemónico, cuyo poder enfrentará el balance de una oposición minoritaria y legal, que tendría cierto acceso a la esfera pública y a los medios de comunicación.
Por su parte, el legado que dejan Fidel Castro y la Revolución, analiza Rojas, abarca dos perspectivas ambivalentes, las cuales “ni absuelven ni condenan” al retirado líder cubano, por lo que “los historiadores tendrán que lidiar con esta dualidad”.
Por un lado, se reconocen sus elementos emancipadores, como la politización de grandes sectores de la sociedad, anteriormente aislados de la vida política; o las grandes empresas colectivas que dotó de derechos sociales a la mayoría de la población cubana.
Por otro, sostiene, se observa con una precisión cada vez mayor la voluntad “mesiánica, autoritaria” que asumió Castro desde un principio en su “búsqueda implacable de la hegemonía” en el propio campo revolucionario. Al llegar al poder, utilizó los instrumentos del Estado para “excluir a toda la diversidad originaria de la Revolución”, explica Rojas.
En la Guerra Fría, señala el historiador, la ambivalencia de Castro se reflejó en su política exterior: “Por un lado desplegó todo el esfuerzo para apoyar la descolonización de África y Asia e impulsó a las guerrillas latinoamericanas; y por otro lado se insertó en la lógica del bloque soviético”.
Fin de los mitos
En su libro La Revolución Cubana, Rojas relata los acontecimientos que acompañaron a los revolucionarios cubanos hacia el triunfo de 1959, pero desde la perspectiva que adopta una nueva generación de historiadores: una historiografía “crítica o revisionista” del proceso histórico, que intenta trascender los mitos.
Según Rojas, si bien la historia de la Revolución Cubana ha sido escrita un sinnúmero de veces, su narrativa retomaba hasta recientemente un discurso mítico e ideológico, construido después del triunfo de Fidel Castro.
Así, tanto el gobierno cubano como sus opositores más radicales reproducen un relato ya establecido, en el cual, por ejemplo, identifican a la Revolución con sus figuras emblemáticas –principalmente Fidel y el Che– y con ciertos hitos fundamentales, como el desembarco del Granma.
Sin embargo, de acuerdo con la postura de la nueva historiografía, esta visión de la revolución centrada en los guerrilleros de la Sierra Maestra produjo epopeyas y leyendas que a su vez “nublaron” todos los demás acontecimientos ocurridos durante el periodo revolucionario, así como a otros de sus protagonistas.
Toma como ejemplo La historia me absolverá, el manifiesto que redactó Castro después del fallido asalto al Cuartel Moncada. Este documento fue considerado posteriormente un texto fundamental de la Revolución.
“Es un texto entre muchos de los que se publicaron en aquellos años. Muchos de los líderes del Partido Ortodoxo o del Partido Auténtico –ambos anteriores al triunfo de la Revolución de 1959– lanzaron también sus manifiestos”, recuerda Rojas, y cita entre otros los textos del Directorio Revolucionario o del líder del “autenticismo”, Aureliano Sánchez Arango.
“Es un tema muy polarizante, pero la nueva historiografía se coloca frente a los dos discursos míticos, tanto los mitos oficiales de la Revolución como los mitos de la oposición, típicos de la Guerra Fría”, precisa Rojas, al observar: “Uno y otro comparten la misma visión unilateral o parcial del fenómeno”.
No obstante, si bien defiende una visión más balanceada de las etapas que llevaron al derrocamiento del dictador Batista, el historiador subraya que él no busca desmitificar la Revolución.
“El término de desmitificación me produce cierta incomodidad”, confía; añade: “No debería entenderse como una destrucción o un abandono de los mitos, porque estos mitos ya forman parte de la misma Revolución”.
Precisa: los mitos de la Revolución asociados a las figuras de Fidel o del Che, entre otros, se convirtieron en leyendas que acaparó la izquierda occidental y que incidieron posteriormente en la Historia.
Y observa: “El mito forma parte de la Historia, pero no es su totalidad”.








