Una primaria donde los alumnos aprenden… a beber alcohol

En abril pasado, la madre de uno de los alumnos de la primaria Niño Artillero, ubicada en Zapopan, comentó al director del plantel que al menos 15 niños bebían alcohol y le propuso organizar talleres contra las adicciones. Como la respuesta fue positiva, ella buscó la ayuda de especialistas de la UdeG. Y cuando todo estaba preparado, el directivo reculó. La señora, quien optó por sacar a su hijo del plantel, lamenta que las autoridades de la Secretaría de Educación de Jalisco no atiendan ese problema; quizá ni estén enteradas, dice.

En la primaria federal Niño Artillero, con clave 14DPR1370Z, además de aprenden a leer y escribir, algunos menores saben también cómo emborracharse, lo que preocupa a los padres de familia, quienes desde abril pasado pidieron al director del plantel atender ese problema, que afecta a por lo menos 15 de los 341 alumnos del turno matutino.

Ana Villalobos, madre de un menor inscrito en esa escuela, ubicada en Avenida Circunvalación Del Menhir 792, cerca de la cabecera municipal de Zapopan, cuenta que habló con el director Juan Manuel Villegas, y le propuso organizar un taller de prevención de adicciones para los alumnos y sus padres.

Incluso, dice, lo puso en contacto con autoridades de la Universidad de Guadalajara para organizarlo; además, a través del Sistema de Desarrollo Integral de la Familia (DIF) de Zapopan consiguió dos auditorios, uno en el edificio de la policía y otro en el Consejo Municipal del Deporte (Comude), toda vez que los talleres se imparten de forma separada a padres e hijos y luego se les reúne para hacer un balance.

Villegas estuvo de acuerdo en todo lo que ella y otros padres de familia le propusieron y establecieron fecha para la impartición de los talleres. Sin embargo, dos días antes del evento, programado para el domingo 24 de mayo pasado, el director le pidió a Villalobos cancelarlo porque, arguyó, no había redactado los memorándums correspondientes ni las invitaciones a los padres porque estaba “muy ocupado”.

Semanas después, el jueves 2 de julio, el director convocó a los padres a una asamblea en el patio del plantel, pero no abordó el problema de los alumnos que se alcoholizaron. Sólo les informó que la mesa directiva del plantel estaba analizando elevar las cuotas de inscripción de 300 a 400 pesos mensuales.

A la escuela, les expuso, le hacen falta insumos, reparación de baños y mantenimiento. Les advirtió que dará prioridad a quienes colaboren con esa “aportación voluntaria”. Y se quejó de los morosos: “Ya basta que los papás vivan de otros, hay quienes deben hasta 3 mil pesos.”

Sin embargo, Villalobos encaró a Villegas y le recordó el problema del alcoholismo en el plantel. El directivo intentó justificarse y expresó que los talleres no se realizaron porque los familiares de los alumnos no mostraron interés:

“Yo no vi las condiciones, porque los padres no cooperan mucho. Estoy pensando que sea para el año entrante. Una mamá me dijo que a mí qué me importa si su hijo toma, yo me sentí muy desilusionado… “(Además), la botella no se las vendió la dirección, la trajeron de una casa”, expuso.

El alcoholismo de los menores se conoció durante el recreo, cuando uno de los alumnos le ofreció un trago a Emiliano, el hijo de Villalobos, quien no lo aceptó y reportó el incidente ante la dirección. Luego le contó a su madre que algunos compañeros – eran 15: cinco de cuarto grado, cinco de quinto y cinco de sexto– se pasaban la bebida en un tarro (presumiblemente tequila) que tenía un fuerte olor a vino.

“Ese día hubo un caos cuando los cacharon, los niños se pusieron a llorar y contagiaron a otros niños. La escuela sufrió un colapso que no te sé explicar –relata la señora Villalobos–. Mi hijo dice que todos los niños estaban llorando.”

Tras escuchar a su hijo, la señora Villalobos acudió ante el director para proponerle unos talleres de prevención de delitos que imparten expertos de la Universidad de Guadalajara, encabezados por el coordinador de Seguridad Universitaria, Montalberti Serrano Cervantes.

Incluso, dice, lo invitó a un desayuno al que también asistió Serrano Cervantes. Ese día supo que no era la primera vez que los niños ingerían bebidas alcohólicas, pues ya habían ocurrido al menos otras 12 veces.

La señora Villalobos comenta al reportero que uno de los menores le confesó a Villegas que una niña de cuarto año llevaba las bebidas, las cuales tomaba del bar de una residencia cercana al plantel en la que trabaja su padre. Un alumno de sexto obligaba a la niña a llevar el vino; la amenazaban con hacerle daño si no lo hacía.

El grupo de menores compraba refrescos en la tienda de abarrotes ubicada frente al plantel para mezclarlos con las bebidas embriagantes. En una ocasión, ella misma observó a la encargada del negocio entregar a un menor una Coca Cola y un Sedalmerck, que supuestamente eran para su maestra.

“Los niños metían el tequila en tarro y se ponían ebrios, lo hacían muy seguido en la casa de uno de ellos y ese día lo hicieron en la escuela”, refiere la señora Villalobos.

Ese incidente la molestó y optó por dejar de pagar sus cuotas escolares porque, dice, detectó también que la comida que preparan en el comedor escolar es de mala calidad y nunca dan lo suficiente a los niños para que se alimenten. Además, sostiene, el comedor es un negocio familiar del director.

Cada uno de los 341 alumnos paga 16 pesos diarios por los alimentos, lo que, según las estimaciones de la señora Villalobos, suma 2 millones de pesos al año.

Según el portal www.mejoratuescuela.org, el plantel tiene una calificación global de 9.50 por su desempeño académico e infraestructura. Sin embargo, según la entrevistada, se invierte poco en su mantenimiento y por eso es que no funcionan los baños ni los desagües.

“Las ganancias tendrían que irse a la escuela –comenta–. Dejé de pagar porque mi hijo comía más en mi casa. Con eso te das cuenta que al director le vale madre lo que pasa con los alumnos.”

Asegura que su hijo ya no continuará en ese plantel. Va a inscribirlo en una escuela privada, dice, pero lamenta la insensibilidad del director porque, insiste, los problemas, sobre todo el del alcoholismo, podría afectar al resto del alumnado.

“El problema está en los niños de sexto –comenta–, pero también creo que la solución está en los padres y la dirección. Dejaron pasar una gran oportunidad de ayudar a los niños; se perdió la cita; se perdió la fecha para los talleres programados para el 24 de mayo.”

Lamenta también que el director de la primaria Niño Artillero no reaccione; ni notifique el problema a la Secretaría de Educación Jalisco.

–¿Por qué dice eso? –se le pregunta.

–Un día le dije al director: tú puedes cambiar la vida de un niño. Y él me dijo: “¡N’ombre! Yo que voy a andar cambiándolo”. Me dieron ganas de mentársela.

Zona del “Mencho”

La primaria federal Niño Artillero se ubica en la colonia Lomas de Altamira, la misma en la que el Ejército y la Policía Federal recapturaron a Rubén Oseguera González, El Menchito, hijo del líder del Cártel de Jalisco Nueva Generación, Nemesio Oseguera, el pasado 23 de junio.

Según la señora Villalobos, muchos alumnos son indígenas, otros son hijos de empleados domésticos que trabajan en residencias cercanas. Por su condición económica precaria, dice, son vulnerables a las amenazas del director, quien suele intimidar a los padres de familia con negar la inscripción a sus hijos si no pagan sus cuotas mensuales, o les condiciona los alimentos.

El coordinador de Seguridad Universitaria de la Universidad de Guadalajara, Montalberti Serrano, se dice sorprendido por lo que sucede en el plantel, pues no tenía conocimiento de un caso parecido. Menciona que además detectó que los menores tienen juegos “un poquito pasados de tono”.

“Me gustaría comentarlo con la Fiscalía General del Estado porque trabajamos de manera conjunta con ellos y con la Secretaría de Educación Pública en una especie de Comité de Educación. Íbamos a platicar del problema (con el director) para saber de qué tamaño y hacerle una propuesta para abordarlo de manera conjunta. En eso quedamos. Él se comprometió a citar a los padres de familia, hasta la fecha seguimos esperando”, comenta Montalberti.

El alcoholismo en los menores es un foco rojo que debe atenderse con urgencia. Si ese problema se presenta en otros planteles, entonces la preocupación es doble, porque viene una generación “con otro concepto de lo que es correcto y lo que no es correcto. A lo mejor no nos estamos dando cuenta de eso.

“Todos los temas que tengan que ver con la prevención no pueden esperar. Necesitamos atender a esos niños y saber por qué se comportan así”, comenta el especialista.