Denis Diderot, filósofo de la Ilustración, se debate entre el pensamiento y sus deseos eróticos. En medio de dos fuerzas, no sabe cómo resolver tal situación: la de tener que escribir un ensayo sobre la moral y su deseo por la mujer que lo intenta pintar y la jovencita que irrumpe en el pabellón donde trabaja.
Es riquísimo el panorama que plantea el escritor y dramaturgo Éric-Emmanuel Schmitt de origen francés con nacionalidad belga, en su obra El libertino, la cual se presenta en el Teatro Helénico bajo la estupenda dirección de Otto Minera.
El libertino se toma la libertad de filosofar en medio de una divertida situación de enredos donde la comedia se impone. Plantea problemas sin solución alrededor de la moral y la atracción sexual por las mujeres que llevan al protagonista de un lado a otro en sus emociones y disertaciones. En Diderot convive la contradicción como forma de vida, sin traicionarse; la capacidad de desdecirse, según lo que va sucediendo; la posibilidad de aceptar los callejones y las nuevas puertas que se le ofrecen; y la creencia en la felicidad como brújula de su devenir. Y así como Diderot no contempla un camino lineal en su pensamiento y en sus relaciones, así la obra de teatro corre por rumbos insospechados.
Arranca presentando a un libertino sin escrúpulos que parece aprovecharse de las mujeres, para después mostrar a su contraparte con la inteligencia de ellas que lo rebaten y tienen sus propios objetivos. El encuentro de la diversidad de puntos de vista y de intereses nos va llevando, guiados por el espíritu juguetón del personaje que piensa y siente con toda libertad.
Diderot y la pintora ruso-polaca Madame Therbouche, interpretada con precisión por Marina de Tavira, entablan el escarceo sexual e intelectual que se ve interrumpido constantemente, ya sea por Baronett (Alberto Dányuro) que insta a Diderot a concluir su ensayo sobre la moral para la Enciclopedia; su esposa (Karina Gidi) que reclama sus infidelidades pero lo deja con la duda de la suya propia; su hija (Andrea Guerrero) deseosa de tener un hijo sin importar el padre y con la que muestra su doble moral al ver implicada a su familia; y una joven (Marcela Guirado) que le extiende sus encantos para seducirlo a la vez de tener un acuerdo secreto con la pintora.
La dinámica implicada en esta situación, da como resultado una comedia de enredos a partir de la sucesión de intervenciones, obligando a Madame Therbouche a esconderse una y otra vez. Otto Minera potencializa el juego e imprime a la obra un ritmo ágil, resolviendo con fluidez las disertaciones filosóficas que contiene el texto. Así, la risa y la reflexión se conjugan, donde el espectador puede involucrarse en diferentes niveles: la diversión, el reproche de los que sustentan la doble moral y el razonamiento inteligente de un Diderot que, en su propia experiencia, conjuga todos estos elementos.
Rafael Sánchez Navarro, como Diderot, se mueve con naturalidad en el espacio donde el desparpajo y el encantamiento confluyen sin dificultad. Recuerdan su espléndida interpretación de aquel Mozart irreverente de la obra Amadeus, dirigida por Manolo Fábregas en 1984 en el San Rafael (y que en aquel tiempo pude disfrutar con mi padre). Más que ocultar su personalidad, Sánchez Navarro crea un personaje chispeante y relajado que da carácter al Diderot del Siglo de las Luces.
El libertino, con el encanto del vestuario de Tolita y María Figueroa, la escenografía e iluminación de Jorge Kuri Neuman y la atinada muscalización del director y Jacobo Lieberman, es una puesta en escena donde, gratamente desconcertados por los giros argumentativos y de concepción de los personajes, podemos disfrutar y reflexionar a la vez.








