Cuánta risa nos da cada vez que el chile sale a colación. Ese chile que está en todos los moles y pica y pica; el que nos hace llorar de placer y nos arde hasta los tuétanos. El chile en la lengua y como condimento imprescindible, el chile con doble sentido, con triple circulación, con significados a la enésima potencia; el chile que nos define como mexicanos por su polifonía y polisemia, porque como pulpo se nos mete hasta en las venas (digo, en las del chile). Porque el chile es como nosotros; que si muere de amor, se corta las venas y si habla con la verdad, se confiesa “al chile”.
La obra de teatro Desvenar investiga las múltiples posibilidades que tiene el chile en nuestra cultura, y de ahí desvaría hacia temas como la política, el amor, música e historia. La obra se estructura, entonces, por capítulos, donde en cada uno de ellos se improvisa, se juega aleatoriamente y organiza, desorganizadamente, el rico material que el director, autor y actor Richard Viqueira –junto con los actores Valentina Garibay y Ángel Luna–, nos traen al escenario.
La imaginación, la asociación libre, las ocurrencias afortunadas, el humor y el sentido intuitivo de la mexicanidad, son el aderezo primordial de esta puesta en escena eminentemente sonora: entra por el oído más que por la visión, desde el juego y la velocidad con que se dicen las palabras, hasta la inserción de canciones de la cultura popular adaptadas al tema o la creación de las mismas.
Se rapean los decires; o se dicen enchilados; o se gritan desde el ardor con la vida. Parecieran trabalenguas o un ritmo construido ágilmente que da más sabor que el contenido. A manera de radioteatro sería también eficaz, aunque la puesta en escena es pobre en cuanto a imágenes y recursos escénicos, y con una iluminación y elementos escenográficos poco significativos. Pareciera que el ingenio se centró en la audición, con resultados sorprendentes, y el movimiento escénico se quedó en lo elemental, recurriendo a la frontalidad, al juego de tres, pero principalmente unitario, y a la descripción del texto.
Algunas ideas estéticas como el vestuario sobresalen: un pachuco, un cholo y una Adelita con las copas del brasier como calaveras. Tres personajes visualmente llamativos por ser icónicos de nuestra pluriculturalidad y por lo que significan cada uno: el mexicano que se quiere ir a los “iunaitetstates”, el que quiere volver, y la que está esperándolos como tierra fértil. Los personajes tienen fuerza, por lo que implican, en nuestra realidad mexicana, y en Desvenar están muy bien explotados; tres puntales conformados por la versatilidad y definición de los actores frente a su personaje: Ángel Luna aliña la propuesta con su voz y su bien cantar, Valentina Garibay es fuerte y dulce a la vez aunque un poco desafinada, y Richard Viqueira vibrante y provocativo, ocurrente y con mucha chispa en la construcción de su papel.
La historia de amor es sucinta y el autor la plantea, más para estructurar dramáticamente la obra que para desarrollar una anécdota; por eso está de más el desenlace que se siente obligado a exponer: con todo y reencuentro, lloriqueos y drama, siendo una estructura no anecdótica basada en el tema y la libertad para desarrollarlo; de ahí su acierto.
Desvenar, que se presenta los martes en el Foro de la Gruta en el Centro Cultural Helénico, es una propuesta energética, poderosa en su intención de comunicarse con el público, versátil y juguetona. Con el ímpetu de “al chile el chile”, nos enchilamos y así, quemándonos la lengua, sentimos el ardor en nuestras tripas y salimos revitalizados, contentos de habernos echado unos chiles bien toreados.








