Enviada por The New Yorker en 1946 para realizar un retrato in situ de los juicios de Núremberg, la escritora inglesa Rebecca West elaboró un reportaje sobre el proceso a los miembros más destacados de la élite nazi, a los que llamó “enemigos del mundo”: Göring, Doenitz, Von Ribbentroop, Hess y Speer, entre otros. Se trata de un testimonio “de primera mano, no distorsionado por el paso del tiempo ni por revisionismos posteriores” contenido en el libro Un reguero de pólvora, que la editorial Reino Redonda publicó en mayo del año pasado. A continuación se reproducen partes sustanciales de la crónica.
No hicieron falta muchos minutos más para llegar al tribunal donde el enemigo del mundo estaba siendo juzgado por sus pecados. Ahora bien, esos pecados quedaron olvidados de inmediato ante el asombro suscitado por el conflicto que sacudía a ese tribunal, aun no teniendo nada que ver con los cargos sometidos a su consideración. El juicio se hallaba entonces en su undécimo mes y el tribunal era una ciudadela de tedio. Todos los que estaban en su ámbito eran presa de un extremo aburrimiento. Con esto no pretendo decir que el trabajo que se traían entre manos fuera desempeñado con languidez: una disciplina férrea se oponía frontalmente al tedio y no cedía ni un centímetro. Pero, con todo y eso, el proceso más espectacular que se estaba desarrollando ante el tribunal por entonces era un cierto tira y afloja respecto al tiempo. Alguno de los asistentes deseaba con fiereza que aquel tedio llegara a su término en cuanto fuera posible y los demás deseaban con no menos fiereza que durara para siempre.
Las personas de la sala de audiencias que deseaban que el tedio durase eternamente eran los veintiún acusados que ocupaban el banquillo. Éstos desconcertaban al espectador al presentar la apariencia chillona que suelen asumir los personajes históricos, sobre todo en tiempos de infortunio, en los malos cuadros (…). Pero se trataba, por descontado, de una pintura desacostumbradamente atroz. Estaban envueltos en sugerencias de muerte. No sólo se arriesgaban a recibir una sentencia de pena capital, sino que se hablaba constantemente de millones de muertes y se debatía si éstas habían sido por culpa de esos hombres o no.
Sabiendo de sobra lo que es la muerte y experimentándola por adelantado, ellos preferían la monotonía del juicio a su terminación. Así que se aferraban al procedimiento por medio de sus abogados y lo estiraban todo lo que daba de sí; al hacerlo, suscitaban en el resto de la audiencia, en la gente que tenía perspectivas de marcharse de Núremberg y volver a la vida, una impaciencia salvaje. La disciplina de hierro que regía el tribunal impedía que aquella pudiese expresarse, pero hacía que el ambiente fuera más tenso.
Parecía absurdo que los acusados hiciesen el menor esfuerzo por demorar el desenlace, pues con su mera apariencia ya admitían que nunca podría volver a irles bien en esta tierra. La última regla que rompían estos líderes nazis, entregados en cuerpo y alma a quebrantarlas todas, era la que no debe anunciarse de antemano el fallo de un tribunal. Su apariencia proclamaba lo que pensaban. Los rusos habían solicitado la pena capital para todos ellos y resultaba evidente que los acusados creían que ese deseo les iba a ser concedido. Al creer que iban a perderlo todo, se les olvidaba lo que había sido poseerlo. No quedaba ni el menor vestigio de su poder ni de su gloria. Ninguno de ellos parecía haber podido ejercer nunca ninguna autoridad válida.
Göring (Hermann, lugarteniente de Hitler y comandante de la fuerza aérea nazi) aún hacía ademanes imperiales, pero eran tan vulgares que no sugerían que hubiese ocupado en realidad ninguna posición destacada: meramente parecía probable que en determinados bares los clientes habituales se hubiesen referido a él con algún apodo del estilo de El Emperador.
Esta gente también estaba despojándose de rasgos físicos que habrían podido considerarse inalienables mientras siguieran con vida, como el color y textura de su piel y la forma de sus rasgos faciales. La mayoría, salvo Schacht (Hjalmar, ministro de Economía del Tercer Reich), de cabello blanco, y Speer (Albert, el arquitecto de Hitler), tan negro como un mono, ya no eran ni morenos ni rubios; no se advertía en ellos ninguna delgadez que no fuera fláccida, ninguna corpulencia que no pareciese deberse a estar hinchados con algún gas poco denso. Tan venidas a menos estaban sus personalidades que resultaba difícil recordar quién era quién, incluso después de llevar una días ahí sentada mirándolos; los que destacaban se definían más bien por alguna rareza que por su carácter.
Hess (Rudolf, jefe del Partido Nazi y ministro del Estado) resultaba llamativo porque estaba claramente loco: tan claramente loco que parecía una vergüenza someterlo a juicio. Tenía la tez cenicienta y esa extraña facultad, propia de los lunáticos, de adoptar posturas forzadas que ninguna persona sana podría mantener más que unos pocos minutos, y quedarse contorsionado durante horas. Tenía la pinta de desclasado, característica de los internos de un asilo psiquiátrico: era evidente que su personalidad perturbada había borrado cualquier indicio de su pasado. Daba la impresión de que su mente careciera de superficie, como si hubiesen dinamitado todas las partes de la misma, menos la profundidad donde moran las pesadillas.
Schacht era igualmente llamativo porque no podía estar más cuerdo, y por conseguir ser tan por completo igual a sí mismo en esas circunstancias extraordinarias. Se sentaba de lado, de forma que su alto cuerpo, tan rígido como un tablón, se apoyaba en el extremo del banquillo, que le servía de respaldo y no para acodarse. Así, quedaba sentado en ángulo recto respecto a los demás acusados y miraba por encima de sus cabezas: siempre había sostenido que era muy superior a la banda de Hitler. De este modo asimismo, se sentaba en ángulo recto respecto a la bancada de los jueces que lo confrontaban: su argumento era que él era un destacado banquero internacional, un hombre de lo más respetable, y no había tribunal en la Tierra con derecho a juzgarlo. Lo petrificaba la furia porque ese tribunal pretendiera disponer de tal derecho. Podría haber sido un cadáver envarado por el rigor mortis, un desagradable cadáver que se las había ingeniado para agravar el proceso de modo que resultada particularmente difícil hacerlo encajar en su ataúd (…).
Baldur von Schirach, el líder de las Juventudes, sorprendía porque parecía una mujer de una forma que no es común entre los hombres que parecen mujeres. Era como ver sentada ahí a una institutriz pulcra y apocada; bonita no, pero siempre perfectamente aseada y en quien se podía tener total confianza de que nunca interrumpiría cuando hubiese visitas: podría ser Jane Eyre.
Y aunque todo el mundo llevaba años leyendo noticias sorprendentes acerca de Göring, aún conseguía sorprender. Era tan blando. Ocasionalmente vestía uniforme de las fuerzas aéreas alemanas y a veces un liviano traje veraniego del peor gusto, y ambos le estaban muy anchos, dando la impresión de que estaba preñado. Tenía el cabello castaño espeso y juvenil, la tosca piel brillante de un actor que lleva décadas usando maquillaje y las arrugas preternaturalmente profundas del drogadicto. El conjunto venía a ser algo así como la cabeza del muñeco de un ventrílocuo. Parecía infinitamente corrupto y actuaba de forma ingenua. Cuando los abogados de los demás acusados se acercaban a la puerta para recibir instrucciones, intervenía a menudo e insistía en instruirlos él en persona, a despecho de la evidente cólera de los imputados, que, en verdad, debía de ser muy intensa, puesto que la mayor parte de ellos bien podían pensar que, de no haber sido por Göring, nunca habrían tenido que contratarlos en absoluto (…)
La apariencia de Göring remitía con fuerza, aunque de forma oscura, al sexo. La historia ha demostrado que sus líos amorosos con mujeres desempeñaron en varias ocasiones un papel decisivo en el desarrollo del Partido Nacional Socialista, pero él tenía el aspecto de una persona que jamás alzaría la mano contra una mujer, salvo para algo mucho más peculiar que la gentileza. No se parecía a ningún tipo reconocido de homosexual, pero resultaba femenino. A veces, particularmente cuando estaba de buen humor, recordaba a la madama de un burdel (…) En ocasiones, incluso ahora, chascaba los gruesos labios como si fuese un hombre bien alimentado al que aún no le hubiese llegado la noticia de que iban a suspender sus comidas. De todos esos acusados, era el único que, de haber tenido la oportunidad, habría salido del Palacio de Justicia y vuelto a apoderarse de Alemania, para convertirla en la representación de la fantasía privada que lo había llevado al banquillo.
Al renunciar al esfuerzo de ser ellos mismos, estos hombres se habían unido para formar un patrón común que, sencillamente, reiteraba la alegación de “no culpable”. Se pasaban todo el tiempo haciendo gestos bastante poco idiosincrásicos para expresar su inocencia y sentido común ofendido y en los descansos se levantaban y charlaban entre ellos, formando pequeños corros de protesta, cualquiera de los cuales, de haber sido elegido para motivo de un mural, habría sido identificado de inmediato como una banda de santos que había intentado salvar el mundo, pero había visto frustrado su propósito por hombres equivocados.
Pero ésta era una función que representaban cada día con menos convicción. Se estaban retrayendo visiblemente del campo de la existencia y tal vez no fueran conscientes de ese retraimiento. Es posible que nunca pensaran de forma directa en la muerte, o en la prisión siquiera, y no había nada positivo en ellos, excepto su deseo de detener el tiempo. Todos rogaban, con los nervios de punta: “Que este juicio no termine nunca, que siga por siempre jamás, sin fin.
“Pestilencias”
Cuando sir Harttley Shawcross (fiscal que presentó las conclusiones de la acusación británica) citó la declaración de un testigo que había descrito a un padre judío que ante el pelotón de ejecución con su hijo pequeño, “señaló al cielo, le acarició la cabeza y pareció explicarle algo al niño”, todos los acusados se agitaron en sus asientos, como niños a los que regaña el maestro, mientras sus rostros se avejentaban.
Aquí había un misterio: el de que este don Mojigato (Schirach) hubiese cometido un crimen tan enorme y despiadado. Pero era un misterio del que todo Núremberg estaba imbuido, y que expresaba con la mayor claridad una frase pronunciada por el custodio de la sala del Palacio de Justicia donde se almacenaban todas las pruebas relativas a las atrocidades.
Algunas de éstas no resultaban nada convincentes: ciertas fotografías –aunque no todas– que supuestamente mostraban escenas de fusilamientos o torturas tenían una apariencia teatral, como si las personas estuviesen posando. Esto no tenía por qué indicar un fraude consciente. Bien pudiera ser que esas fotos representasen intentos de reconstruir hechos que habían ocurrido de verdad, hechas a petición de algún funcionario como glosas aclaratorias del testimonio prestado por testigos presenciales, y hubiesen acabado en el archivo por error (…)
Sin embargo, las acusaciones presentadas contra los jerarcas nazis en el Palacio de Justicia de Núremberg eran ciertas. Quedó demostrado que lo eran, porque los acusadores no querían hacerlas. Hubieran preferido con mucho marcharse a casa. Eso podían verlo quienes vergonzosamente soslayaban las reglas del tribunal y se las arreglaban para meterse en alguno de los despachos del Palacio de Justicia con vista al huerto que servía de terreno de ejercicios de la cárcel que se levantaba a su espalda.
Allí, a horas fijas, los prisioneros nazis de menor importancia que aún no habían sido juzgados paseaban pesadamente arriba y abajo, malhumorados y jadeantes, con aspecto feroz, como si echasen de menos tanto la oportunidad de mostrarse crueles como la compañía femenina, o lo que quiera que se les pasase por la cabeza. Los vigilaban jóvenes guardias militares americanos, mentón bajo y manos unidas a la espalda, que hacían oscilar lentamente sus porras blancas hacia delante y hacia atrás, con el ritmo mismo del aburrimiento (…)
Las ejecuciones iban a tener lugar el 16 de octubre. En algún momento de la noche anterior, Göring se quitó la vida. El enorme payaso, el enigma sexual cuya sonrisa tal vez resultase demasiado rígida para ser burlona –o tal vez no– había hecho saltar de una patada de entre las manos de los servidores de la ley la bandeja en la que se le iba a servir el vino de la humillación (…)
Se acometió la tarea de ahorcar a 11 personas con una ingenuidad espantosa, que hizo que los relatos de los periodistas que presenciaron las ejecuciones no resultaran a la postre tan diferentes como una habría esperado de los testimonios de las atrocidades nazis que habían llevado a esos hombres al patíbulo.
El verdugo era un sargento americano que no pretendía hacer ningún daño, pero que no se había beneficiado del todo de los avances de Marwood y Berry. Los 10 hombres se ahogaron lentamente. Ribentrop se debatió en el aire durante 20 minutos.
Sin embargo, sería faltar a la verdad no reconocer que se hizo justicia. Cada uno de esos hombres que fueron ahorcados había cometido crímenes por los que habría sido condenado a muerte por la justicia alemana; en tal caso, habría sido un hacha la que lo matara.
Pero hay pestilencias que ni el nombre de la justicia ni la razón ni el bien público ni ninguna otra palabra noble pueden convertir en olor de rosas.








