El contador de Auschwitz

BERLÍN.- Del 16 de mayo al 11 de julio de 1944 llegaron hasta el campo de exterminio nazi de Auschwitz 137 trenes repletos de judíos procedentes de Hungría. Ahí, en la rampa por la que descendían –al pie de la cual se seleccionaba quiénes eran aptos para realizar trabajos forzados y quiénes irían directamente a las cámaras de gas–,­ comenzaba el trabajo de Oskar Gröning.

Este hombre de las SS –las fuerzas de seguridad del Tercer Reich– tenía a su cargo el decomiso de las pertenencias de los prisioneros. Su tarea era separar el dinero de los judíos, clasificarlo y ponerlo bajo resguardo en una caja fuerte, para después transportarlo hasta Berlín, en donde engrosaría las arcas de la administración nazi.

Según sus propias palabras, él nunca mató judíos, no les disparó ni tuvo nada que ver con el funcionamiento de las cámaras de gas, en las que millones de hombres, mujeres y niños fueron exterminados. “Sólo fui una tuerca en la enorme maquinaria”, dijo hace 10 años durante una larga entrevista que concedió al semanario alemán Der Spiegel.

Después de 70 años de aquellos hechos, el ahora nonagenario Oskar Gröning enfrenta a la justicia alemana, en el que podría ser el último gran proceso contra criminales nazis en Alemania. En fila de espera hay otros dos exmiembros de las SS, pero por lo avanzado de sus edades –el propio Gröning cumplió 93 años– no se sabe si los procesos llegarán a realizarse o no.

El Contador de Auschwitz, como lo bautizaron los medios de comunicación alemanes, llegó el pasado martes 21 de abril por su propio pie, pero apoyado en una andadera, hasta el tribunal regional de Lüneburg, en el norte de Alemania, donde se desarrolla su juicio.

“Está fuera de toda cuestión si moralmente soy culpable. Eso lo reconozco lleno de arrepentimiento y con humildad. Sobre la culpa penal, usted tiene que decidirlo”, dijo al juez tras aceptar los delitos que se le imputan.

El hecho de que después de tantas décadas haya sido posible sentar a este hombre en el banquillo se debe a la jurisprudencia que sentó en el año 2011 el caso del ucraniano John Demjanjuk, quien prestó servicios en distintos campos nazis. El juez Ralph Alt, de Múnich, lo condenó a cinco años de prisión por ser cómplice de la muerte de más de 28 mil judíos en el centro de exterminio nazi de Sobibor. Hasta antes de ese procedimiento, la ley alemana contemplaba que al acusado tenía que probársele cada delito.

En el caso de Gröning, la fiscalía de Hannover lo acusa directamente de ser cómplice en el asesinato de cuando menos 300 mil judíos, quienes bajo la denominada “Operación Húngara” formaron parte de los 425 mil judíos húngaros deportados a Auschwitz entre el 16 de mayo y 11 de julio de 1944.

Está contemplado que el juicio, cuyo inicio atrajo la atención de medios de comunicación de todo el mundo, termine hacia finales de julio. Tras 27 días de audiencia, a las que acudirán a declarar como testigos decenas de sobrevivientes de Auschwitz, el juez decidirá si Grüning es inocente o culpable, y podría imponerle una pena de tres años de prisión. Pero esto último está por verse. El jueves 7, el juez que lleva el caso anunció que por enfermedad del acusado, de la cual no aportó detalles, la audiencia programada para el viernes 8 tendría que suspenderse. De la recuperación de Gröning dependerá la continuación del juicio.

“Perdón”

El acusado nació en 1921. A los cuatro años quedó huérfano de madre. La influencia del padre, que por aquella época era miembro del grupo paramilitar de corte nacionalista Cascos de Acero, fue decisiva para su formación. Disciplina, obediencia y orden fueron los valores de su crianza.

En la amplia entrevista brindada al semanario Der Spiegel en mayo de 2005, él mismo confesó cómo, desde siempre, el uniforme militar le causó fascinación. A los 19 años ingresó a las SS de forma voluntaria. Le parecían las más briosas de todas las tropas.

Dos años después, en octubre de 1942, Gröning llegó a Auschwitz. La primera impresión que tuvo de su nuevo lugar de trabajo es que ahí los miembros de la SS no vivían mal. Buena comida y suficiente alcohol en la mesa eran buen indicio de ello.

El primer contacto con la realidad vino minutos después: sus camaradas se alistaron ante el anuncio de que un nuevo transporte había llegado. De boca de otro guardia supo que se trataba de judíos. Sólo los que contaran con suerte ingresarían al campo de concentración, los otros –la mayoría– serían eliminados en las cámaras de gas.

Por los conocimientos de contabilidad que poseía, Gröning fue asignado al área que “administraba” el dinero de los presos. A partir de ahí su tarea fue requisar el dinero de los judíos y resguardarlo en una caja de madera, que con cierta frecuencia tendría que transportar a Berlín.

En tres ocasiones, según su dicho, solicitó ser removido de su puesto en Auschwitz. Fiel devoto de Hitler, estaba convencido de que Alemania había perdido la Primera Guerra Mundial por culpa de los judíos, por lo que era necesario acabar con su cultura y mundo; y ganar, esta vez sí, la guerra. Si la vía para ello era el exterminio, lo entendía.

Sin embargo, declaró que el día en que presenció cómo un compañero de la SS tomó a un bebé que no paraba de llorar y golpeó su pequeña cabeza una y otra vez sobre la barra de un camión hasta que no lloró más, pidió ser trasladado. Ante la negativa de sus superiores, siguió realizando su trabajo, al parecer, sin mayores remordimientos.

La segunda vez, meses después, fue cuando le tocó escuchar los gritos desesperados que salían de la cámara de gas y cómo éstos se convirtieron, primero, en gemidos y luego, en silencio.

Fue hasta septiembre de 1944 cuando su tercera solicitud fue aceptada y fue mandado al frente occidental, en las Ardenas. La guerra acabaría ocho meses después.

Tras pagar una condena de tres años de prisión en una cárcel británica, Gröning volvió a Alemania, se instaló en Lüneburg, en donde se casó y tuvo dos hijos.

En 2005, a la pregunta de si se sentía culpable, contestó: “Me siento culpable frente al pueblo judío de haber pertenecido a un grupo que cometió esos crímenes. Pero yo no los hice. Al pueblo judío y a Dios les pido perdón”.