Tras las atrocidades cometidas por los nazis al invadir Francia o la Unión Soviética, vino la venganza. El Ejército Rojo y las tropas aliadas (franceses, británicos y estadunidenses) se desquitaron cuando derrotaron al Tercer Reich. Pero tomaron venganza en quienes menos responsabilidad tenían y eran más vulnerables: las mujeres. Los casos de violaciones tumultuarias se contaron por cientos de miles en los días posteriores a la caída de Hitler. “Las alemanas violadas (…) fueron las víctimas equivocadas porque (…) al no poder comprobar el crimen cometido en su contra terminaron siendo catalogadas de ‘amigas’ del enemigo”, señala la historiadora Miriam Gebhardt.
BERLÍN.- El 29 de enero de 1945 E. O. –de 39 años– vivió la peor de las pesadillas. Con su bebé de cinco meses en brazos y el pequeño Horst, de siete años, al lado, fue testigo de la muerte de una madre que quiso proteger a su hija del abuso sexual de los soldados soviéticos. Los gritos y las súplicas no bastaron. Luego de dispararle a la mujer, los hombres violaron una y otra vez a la joven de 15 años.
El Ejército Rojo –en su avance hacia Berlín– había bombardeado y tomado la ciudad de Elbing, entonces parte de Prusia Occidental y por lo tanto, de Alemania. Los cerca de 800 habitantes de la pequeña ciudad que no habían logrado huir hacia la capital del Reich, fueron hacinados en el edificio de la escuela y sometidos de inmediato, en especial las mujeres.
Uno de los salones fue usado exclusivamente para las violaciones. Durante una semana, dos veces por día, los soldados tomaban al azar a las mujeres para llevarlas a la habitación. El séptimo de esos días fue el peor para E.O., quien más tarde declaró que tuvo que pasar la noche entera en la “habitación del infierno”, como le llamaron. Al día siguiente, muy lastimada, apenas podía caminar y mantenerse en pie. Con sus dos hijos en brazos fue trasladada a pie junto con el resto de los pobladores a la ciudad más cercana, a 21 kilómetros. Muchos murieron en el camino.
El de E. O. es sólo uno de los cientos de miles de casos de alemanas que hacia la etapa final de la Segunda Guerra Mundial y en los meses e incluso años posteriores a ésta fueron víctimas de violaciones atroces de parte de los “amigos” y liberadores aliados. La historiadora alemana Miriam Gebhardt documentó su caso y el de muchas otras en el libro Cuando los soldados llegaron (2015), obra que además termina con el mito de que las violaciones al final de la guerra sólo fueron cometidas por los soldados del Ejército Rojo.
La investigación de Gebhardt no deja dudas: a la par que los rusos, ingleses, estadunidenses y franceses combatían con fiereza a los criminales nazis, también mancillaban sistemáticamente a las mujeres.
Sucedió en todo el territorio del imperio: en la región noreste con el avance soviético, en el suroeste con el francés, en el sur con el estadunidense e inglés.
“Alguien quiso arrebatarme a mi hijo Horst y para poder conservarlo fui abusada de nuevo. Por lo destrozada que estaba en cuerpo y alma guardé silencio sobre esa atrocidad. Después vino la prohibición de violar mujeres. Entonces hubo la posibilidad de defenderse, pero ya era muy tarde. Yo y miles de mujeres estamos destrozadas hasta ahora y nadie nos ayuda”, declaró E. O. seis años después, según se desprende de la documentación oficial.
Luego de la terrible experiencia vivida en su pueblo, la mujer llegó a una zona de ocupación inglesa. A pesar de sentirse “a salvo” de sus violadores, intentó matarse. Alguien la rescató inconsciente en el cieno de un río, como quedó asentado en el acta que sobre su caso se levantó en 1952 en el Ministerio Federal para Expulsados, Refugiados y Perjudicados por la Guerra de la recién fundada República Federal Alemana.
Dicha entidad fue creada al término de la guerra, en 1949, con la función de integrar a los millones de refugiados y desplazados alemanes que habían dejado el país. Operó hasta 1969.
Tema tabú
El tema de las violaciones sistemáticas cometidas por las fuerzas aliadas contra las alemanas en todas las zonas de ocupación fue durante mucho tiempo un tabú dentro de la sociedad alemana.
Cuando menos tres fueron los motivos: primero, un alto porcentaje de las víctimas se resistió a hablar del trauma vivido y más aún si como resultado de ello había nacido un hijo; segundo, el tema públicamente no se discutía por la ambivalencia que representaba una Alemana víctima, a través de estas mujeres, pero victimaria al mismo tiempo, con todos los crímenes cometidos por el régimen nazi; y tercero, tampoco era un tema políticamente correcto.
Alemania Oriental no podía echar en cara el crimen al Gran Hermano ruso; Alemania Occidental tampoco podía acusar a sus amigos y socios occidentales.
“Es un tema que no se ha tratado lo suficiente en comparación con otros de la guerra. Cuando se ha abordado ha sido para usarlo política o ideológicamente, pero no para reconocer a las víctimas ni esclarecer los crímenes”, dice en entrevista Gebhardt.
A 70 años de concluida la Segunda Guerra Mundial, la académica de la Universidad de Coblenza considera que ya es tiempo de poner el tema sobre la mesa y reconocer cuando menos a las cientos de miles de mujeres alemanas que sufrieron abusos.
“Me parece que la conciencia de la responsabilidad alemana en los crímenes de la Segunda Guerra Mundial, en especial en lo referente al Holocausto, está muy clara en la sociedad. Creo por eso que ahora también es necesario hablar sobre las víctimas alemanas, sin que eso genere sospechas ni relativice el tema entre buenos y malos. Me parece que podemos y debemos ocuparnos con los dos lados de la guerra: con las víctimas y los victimarios”, señala.
También los aliados
La última fase de la guerra comenzó para Alemania en el sur y el occidente desde octubre de 1944, cuando las tropas aliadas cruzaron la frontera del Tercer Reich en Aquisgrán. Para la parte oriental del Tercer Reich comenzó en enero de 1945, cuando el Ejército Rojo penetró territorio alemán en la ofensiva del Vístula-Oder.
Para la primavera de aquel 1945 las tropas estadunidenses tomaron y ocuparon la región que hoy comprende a los estados federados de Baviera, Baden-Wurtemberg, Hesse y, en el norte, Bremen.
Cuentan los reportes parroquiales de diversas regiones del sur alemán, citados por Gebhardt, cómo la población alemana sentía una especie de alivio que rayaba en la esperanza y hasta alegría al saber que quienes llegarían eran los soldados estadunidenses y no los soviéticos.
Después de todo, la propaganda del régimen de Hitler había convencido a los alemanes de que lo peor que podría sucederles era caer ante los rusos.
El mismo Hitler junto con su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, habían alertado sobre que las primeras víctimas de los soldados de Stalin y quienes más sufrirían la venganza por la invasión alemana a la Unión Soviética serían las mujeres.
Sin embargo aquella cuasi alegría de ver uniformes occidentales fue efímera. El avance estadunidense en la región de Baviera, por ejemplo, estuvo caracterizado por saqueos, devastación y actos de violencia, incluida la sexual, sobre miles de mujeres.
Un tribunal militar estadunidense, que tiempo después se ocupó de algunas denuncias al respecto, descubrió incluso el patrón en los abusos de sus miembros: “Un par de soldados irrumpen durante la noche en una casa de la periferia de algún pueblo o ciudad. Armados con pistolas los hombres suben al primer piso donde normalmente duermen las mujeres. Toman a una de ellas, la conducen a la parte de abajo, donde es violada sucesivamente. Abandonan la casa y en el camino de vuelta a sus cuarteles avisan a sus compañeros dónde pueden encontrar mujeres”, reproduce Gebhardt.
Cientos de miles
Las cifras sobre las violaciones varían y debido a la naturaleza del crimen es difícil tener un dato exacto.
Durante muchas décadas quienes se ocuparon del tema manejaron como cifra global la de 2 millones de víctimas, aunque los números varían mucho de un especialista al otro.
El historiador estadunidense Robert Lilly, por ejemplo, se ocupa sólo de 11 mil violaciones cometidas por estadunidenses; en cambio la feminista alemana Helke Sander y la investigadora también alemana Ingeborg Jacobs refieren de 2 a 2 millones y medio de casos, en su mayoría perpetrados por los soviéticos.
El periodista irlandés y testigo de la época Cornelius Ryan calculó en su libro La última batalla que tan sólo en Berlín habían sido violadas entre 20 mil y 100 mil mujeres. Estremecedora es la estadística de la periodista y opositora al régimen de Hitler, Ruth Andreas-Friedrich, quien señaló que en la capital del Tercer Reich una de cada dos mujeres fue violada en aquellos trágicos días.
Como parte de su investigación, Gebhardt presenta nuevas estimaciones basadas en los cruces de datos que realizó con la información oficial de archivos históricos que se ocupan no sólo de las denuncias sino de los nacimientos inmediatos luego de la guerra.
“En este nuevo intento por cuantificar el tema llego a una cifra que ronda las 860 mil víctimas. Mi cálculo sobre los violadores aliados estima 3 a 1, es decir, por tres violaciones cometidas por miembros del ejército ruso, una más se cometió por alguna otra de las fuerzas aliadas y de ocupación”. explica.
En números significa que los estadunidenses habrían abusado sexualmente de 190 mil mujeres, los franceses de 50 mil y los ingleses de 30 mil. El resto, 590 mil mujeres, habrían sido víctimas de los soviéticos.
“Amigas” del enemigo
“No soy muy fuerte y además mi bicicleta estaba muy cargada, así que quedé desamparada a merced de los rusos sin poder defenderme. Me tiraron de la bici, caí al suelo y dos de ellos me violaron. Después, el que se había llevado mi bicicleta volvió y también me violó. (…) Cuando todo pasó corrí a casa.
“En el camino encontré a una mujer frente a su domicilio a quien le conté lo que me pasó y me permitió pasar a su patio para lavarme un poco. Después seguí hasta mi casa. A mi suegra sólo le conté que me robaron la bicicleta. De la violación no le dije nada. Yo estaba muy mal”, declaró Klara M. en julio de 1945 a la autoridad sanitaria de Magdeburgo.
El ataque había sucedido ocho semanas atrás y su intención de mantenerlo en secreto no pudo ser. Al saberse embarazada no dudó en solicitar autorización para abortar.
El exceso de violencia y crueldad en las violaciones es una constante en las descripciones que historiadores y testigos hacen. Se sabe que los ataques, por ejemplo, no se cometieron sólo contra mujeres jóvenes, sino que durante los primeros días de la ocupación y durante la etapa previa de avance, las víctimas eran igual jóvenes que ancianas, embarazadas o recién paridas y hasta niñas.
En el libro Berlín, la caída: 1945, Antony Beevor menciona el caso de la amiga de la famosa periodista de la época Ursula von Kardorff y de la espía soviética Schulze-Boysen, “quien fue agredida por 23 soldados, uno detrás de otro. (Y a quien) después, la hubieron de coser en el hospital”.
La venganza y odio contra los alemanes son los argumentos que se utilizan para tratar de explicar la sistemática violación de alemanas. Y es que el ejército del Tercer Reich había cometido crímenes igualmente indescriptibles durante la invasión a la Unión Soviética y Francia años antes. Pero no así en el caso de Estados Unidos. Incluso con el transcurso de los acontecimientos, la saña de los aliados, que no los actos por sí mismos, decreció considerablemente.
Señala Beevor en su obra: “Lo que distingue la violencia incoherente de Prusia Oriental de la idea de pillaje carnal presente en Berlín no hace sino subrayar la imposibilidad de elaborar una definición global del crimen”.
Castigos contra los soldados de estos ejércitos hubo muy pocos. Que la mujer demostrara que había sido violada, como lo exigía por ejemplo la ley militar estadunidense para poder proceder en cualquier caso, resultaba además de difícil, humillante para la víctima.
Quien se atrevía a denunciar o a solicitar un aborto al haber quedado embarazada producto de la violación, terminaba siendo doblemente victimizada, al negársele el derecho a no tener al bebé o al no poder demostrar que no había opuesto la resistencia necesaria para defenderse de sus victimarios, que casi siempre actuaban armados y en grupos.
“Las mujeres alemanas violadas en la Segunda Guerra Mundial fueron las víctimas equivocadas porque no fueron hombres ni engrosaron las listas de los caídos; porque no se encuentran entre quienes fueron perseguidos por los nazis y porque al no poder comprobar el crimen cometido en su contra terminaron siendo catalogadas de ‘amigas’ del enemigo”, concluye Gebhardt.








