Cuando la caída de Hitler era un hecho, la población alemana se encontró en una situación que no había previsto: la derrota. Era un escenario impensable. Y más: la amenaza de la venganza soviética se aproximaba a pasos agigantados. Para muchos alemanes esos dos factores eran insoportables. De ahí que ocurriera lo que se denominó entonces “epidemia” de suicidios: 7 mil 57 en toda Alemania en la primavera de 1945, según cifras oficiales. Decenas de miles, según recuentos de algunos historiadores. La pequeña ciudad de Demmin –con sus mil suicidas en cinco días– fue el ejemplo más trágico de esa “epidemia”.
BERLÍN.- “La guerra acabó. Las armas enmudecieron. Qué hermoso pudo haber sido el futuro si la espantosa realidad no hubiera estropeado todo aquello con lo que soñamos que seríamos al término de la guerra. Ahora eso es tan lejano. Los rusos están en la ciudad. Acabamos de escuchar que el Dr. Nebler se mató junto con su esposa y su hija y en el vecindario, el casero y su joven esposa se colgaron. Noticias de ese tipo se acumulan por montones”, escribió la alemana Hildegard Theinert en el diario de su esposo.
Era el 9 de mayo de 1945 y como la mujer refería, la guerra había llegado a su fin. La pequeña ciudad de Glatz –hoy Polonia y en aquel momento parte del distrito de Silesia– fue de los escasísimos sitios donde la contienda pasó de lado. No fue bombardeada ni hubo en ella combates entre alemanes y soviéticos. Hasta ese momento no se había soltado un solo disparo y ningún aliado la había ocupado todavía.
Pero el ánimo de la población, lejos de ser jubiloso ante el fin de un conflicto armado que había durado seis años, era de desesperanza, tal como lo reflejan las líneas escritas por la esposa de Johannes Theinert, el profesor de latín de Glatz.
“Los rumores van de un lado a otro y dondequiera la temida pregunta: ¿Qué vendrá ahora? ¿Qué sucederá con nosotros? (…) De nuestro apartamento, que tantas hermosas horas nos regaló, me he despedido hoy definitivamente. (…) Quedan sólo pocos instantes. Después se habrá terminado todo para siempre. ¿Quién pensará en nosotros? ¿Alguna vez alguien se enterará cómo acabamos? ¿Tienen mis líneas algún sentido?”, escribió por última vez Hildegard. Ese día murió baleada por su esposo, quien acto seguido se mató de un tiro.
El de los Theinert se incluyó en una oleada de suicidios que, sin precedente alguno, golpeó Alemania en la primavera de 1945. Ante la inminente derrota del régimen nazi, no sólo Adolf Hitler y sus colaboradores más cercanos decidieron terminar con sus vidas. También lo hicieron miles de alemanes comunes, de a pie, para quienes resultaba insoportable el resultado de la guerra.
Las cifras manejadas por los especialistas en el tema revelan que sólo en 1945 en toda Alemania hubo 7 mil 57 suicidios. Hay incluso quien se aventura a señalar que fueron decenas de miles.
En Berlín, por ejemplo, la tasa de suicidios alcanzó niveles históricos: sólo en abril hubo 3 mil 881, cinco veces más que el año anterior.
Pero no sólo en la capital los alemanes optaron por este último camino. Extensa y numerosa fue la mortandad por esta causa en la región oriental del Tercer Reich: los anales de muchas ciudades y pueblos de Prusia, Silesia, Mecklenburgo, Pomerania y Brandeburgo dan fe de los cientos o incluso miles de suicidios aquel año.
El occidente tampoco quedó exento de lo que en ese momento se denominó “epidemia de suicidios”. En la católica región de la Alta Baviera, por mencionar sólo un caso, entre marzo y abril 42 ciudadanos se quitaron la vida. La cifra contrasta con los tres casos del año anterior en ese lugar.
Tales números no consideran la cifra negra, que sin duda hubo. El caos administrativo que reinaba en aquel momento en todo el país impidió que todas las historias suicidas fueran registradas.
La “epidemia” de Demmin
A 80 kilómetros de Berlín, en dirección al mar Báltico, en el estado de Pomerania Occidental, está la ciudad de Demmin. Lo que ahí sucedió entre el 30 de abril y el 3 de mayo de 1945 parece irreal. Pero no lo fue y ejemplifica la tragedia de un pueblo que había creído hasta el delirio en el proyecto de nación concebido por Hitler.
En su libro Hijo, prométeme que te dispararás, el historiador Florian Huber documenta con base en cartas, diarios, reportes y testimonios de sobrevivientes el infortunio de este pueblo, donde en cinco días se quitaron la vida entre 700 y mil personas. La de Demmin es la ola de suicidios más grande cometida en Alemania.
Rodeada por el caudal del río Peene y las desembocaduras del Trebel y el Tollense, Demmin era una especie de península dentro de la tierra. Cuando las fuerzas alemanas abandonaron la ciudad el 29 de abril, huyendo del avance soviético, dinamitaron tras sí los tres puentes que comunicaban a la urbe con el occidente, dejándola prácticamente aislada, convertida en una ratonera. Rodeada de agua, su única salida por tierra era hacia el este, justo por donde se aproximaba el temido Ejército Rojo.
Así que el siguiente día, el 30 de abril, los soviéticos encontraron un Demmin con 15 mil habitantes más unos miles de refugiados y desplazados que habían quedado varados.
“No toda la gente escogió la vía del escondite en los sótanos. Algunos decidieron adelantarse a la toma de la ciudad y al resquebrajamiento de su mundo. Ese día quedaron registrados en los libros de la administración de la ciudad 21 suicidios. El repentino aumento de la cifra de ese día, horas antes de la ocupación rusa, hace suponer que en ese 30 de abril comenzó algo inaudito nunca antes vivido. Los 21 suicidios fueron sólo el comienzo”, escribió Huber.
Precisamente el día en el que Hitler se pegaba un tiro, encerrado en su búnker en Berlín, y su esposa Eva Braun tragaba una cápsula con veneno, decenas de “demminer” acababan con sus vidas.
Sólo un par de ejemplos: cuando los soviéticos entraron a su casa, el cuerpo del jefe de la oficina de los Servicios Sociales de la ciudad, Lothar Büchner, colgaba igual que los de su esposa, su hermana, su madre y su suegra. Antes de morir, él o alguna de las mujeres había colocado también la soga al cuello del hijo pequeño, de sólo tres años.
Una escena similar se encontró en la casa del director de una caja de salud de la ciudad: el septuagenario hombre, su esposa y su hija se habían suicidado después de haber matado a los dos nietos, de uno y dos años.
Las imágenes que describe Huber en su libro son estremecedoras: entre el 30 de abril y el 3 de mayo la “epidemia” se expandió vertiginosamente y Demmin se convirtió en una plaza de muertos: mujeres jóvenes y en edad madura, hombres, ancianos, adolescentes y un grupo niños y bebés, cuyas muertes no podrían definirse como suicido en el estricto sentido de la palabra.
Por regla general eran familias completas las que decidían matarse. En muchos casos se trataba de madres solas con hijos pequeños; forzosamente antes de suicidarse tenían que matar a los menores.
Como Demmin era una ciudad rodeada de agua, la principal forma de muerte que encontró aquí la gente fue por ahogamiento. Escenas dantescas refieren cientos de cuerpos de menores flotando en las aguas del Peene y otros tantos, los de sus madres, hundidos en el lecho del río gracias a las mochilas repletas de piedras que se habían sujetado a las espaldas. Aunque también quedaron registros de dramas en los que las madres no lograban hundirse y sobrevivían al intento mientras que sus hijos no.
Quien poseía alguna arma lo tenía más fácil. Tras disparar a la esposa, hija, madre o suegra, era común que el hombre fuera el último de la familia en matarse. Los testimonios hablan también de las aguas de los ríos enrojecidas con la sangre de quienes se disparaban pero también de quienes usaban navajas de rasurar para cortarse las arterias.
Otro grupo encontró la vía hacia la muerte mediante las cápsulas de cianuro, que al parecer estaban al alcance de muchos. Se dice incluso que el 12 de abril, cuando la Filarmónica de Berlín tuvo su última presentación en la capital alemana, al término del concierto Hitler ordenó que se repartieran entre la concurrencia cápsulas de cianuro.
“Miedo existencial”
De la investigación de Huber se desprende que no es posible hacer un perfil del ciudadano alemán que optó por el suicidio durante los últimos días del Tercer Reich. Tanto en Demmin como en el resto del país los suicidas fueron de todo tipo: provenían de todos los estratos sociales, con y sin preparación académica, oficios diversos y diversas edades; lo más importante, sus motivos para matarse no necesariamente eran los mismos.
La política de guerra total que Hitler había configurado fue aterrizada entre la población a través de la agresiva campaña propagandística de su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels. Las arengas que hasta el último momento el führer lanzó a su pueblo se aferraban a una “victoria final” en una batalla “en la que vamos a vencer porque tenemos que vencer”. Sin posibilidades de ningún otro escenario.
“Aún a despecho de que entonces sólo los más fanáticos creían en la victoria final, muchos seguían aferrándose a esta idea porque no podían imaginar ninguna otra situación. La estrategia de la implacable propaganda de Goebbels se había consagrado, desde el momento en que la guerra en el este se había vuelto en contra de Alemania, a minar cualquier pensamiento de que existiese alguna elección alternativa”, señala el historiador Antony Beevor en su libro Berlín, la caída: 1945 (2002).
Así que para muchos, incluso para quienes no eran devotos de Hitler, era imposible imaginar un futuro sin la existencia del Tercer Reich. En su vocabulario no existía la palabra derrota. A ésta la había suplantado una con un concepto más abstracto: el fin.
Y de eso fue consciente el párroco de la Iglesia Memorial Kaiser Wilhelm de Berlín, Gerhard Jacobi, cuando un domingo a principios de marzo de 1945 dedicó su sermón al “enemigo mortal del cuerpo y alma: el suicidio”. Según recoge Huber en su libro, el clérigo estaba alarmado ante el elevado número de encuentros con sus fieles en los que le habían confesado sus intenciones de matarse con veneno.
“Existe el peligro de una epidemia de suicidios. Repetidamente he sido consultado por miembros de la comunidad, quienes me han confiado que poseen cápsulas de cianuro. No ven otro camino”, confesó Jacobi a un periodista que lo interrogó sobre el motivo de su sermón. Y ello, sin duda, lo atribuía a la propaganda nazi.
“En lugar de odio y arrogancia, la propaganda antialiada despertó el miedo existencial de la psique de los alemanes. Miedo a la invasión, miedo a la pérdida del honor, de la patria, de la familia, de la vida misma y su sentido”, reflexiona Huber.
Y es que al lado del sentimiento de vacío absoluto ante el régimen caído, el miedo al odio y a la venganza del enemigo fue otro factor importante en la oleada de suicidios.
No se necesitaba mucho para saber que los crímenes cometidos por la Alemania nazi en la Unión Soviética durante la invasión de 1941 serían cobrados con una factura muy alta.
La guerra a la que Alemania había forzado a los soviéticos llevaba mil 409 días. El lema de la campaña militar alemana en el este fue “cruzada contra el bolchevismo” y fue planeada como una guerra de aniquilamiento contra lo que el nazismo consideraba una raza inferior: los rusos.
La gran mayoría de los miembros del Ejército Rojo habían perdido familiares, padres, esposas, hijos, amigos y desde 1941 se encontraban ininterrumpidamente en el frente, sin un día de vacaciones. Hasta ese abril de 1945 habían muerto unos 20 millones de soviéticos por el conflicto. Así que había suficientes motivos para el odio y la venganza. Y los alemanes lo sabían.








