Berlín bajo fuego

Entre el 16 y el 30 de abril de 1945 los sueños de Hitler se consumieron bajo el fuego de la artillería soviética y el avance del Ejército Rojo y de los aliados. El líder del Tercer Reich se negaba a aceptar lo obvio y todavía daba órdenes delirantes para que niños, adolescentes y ancianos fueran reclutados para el combate. No reconocía la derrota, pese a que Berlín se había llenado de refugiados del este germano, quienes huían de la revancha de las tropas soviéticas. En el 70 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial –que se conmemoró el viernes 8– Proceso ofrece reportajes sobre la caída de Berlín y la irremediable derrota del nazismo. Lo hace a partir de la revisión de hechos efectuada por los propios alemanes; son las voces de sus historiadores y los testimonios de sus sobrevivientes los que aquí se expresan.

BERLÍN.- El estruendo cimbró la tierra kilómetros a la redonda. Eran las tres de la mañana del 16 de abril de 1945 cuando el negro cielo se iluminó como si fuera de día por la acción de miles y miles de cañones, morteros y los legendarios Katiusha soviéticos, que tan sólo ese día escupieron 1 millón 236 mil proyectiles sobre la planicie de Seelow, a 70 kilómetros de esta capital.

Los artilleros que participaron en el ataque, y vivieron para contarlo, recordarían cómo el estruendo de las descargas hacía temblar todo alrededor y aquella horrenda sensación de que los oídos explotarían de un momento a otro. Hubo quien señaló la imperiosa necesidad de mantener la boca abierta a fin de equilibrar la presión de los oídos.

Con esa furia dio inicio la Operación Berlín, la última y definitiva gran ofensiva del Ejército Rojo contra el régimen nazi al final de la Segunda Guerra Mundial. Sólo cinco días después –el 21 de abril– la ofensiva soviética alcanzaría la capital alemana y la haría capitular el 2 de mayo.

La feroz lucha librada entonces en el corazón del Tercer Reich –cuando los soldados pelearon casa por casa– fue reconstruida por el historiador inglés Antony Beevor en su libro Berlín, la caída: 1945 (2002), donde describe los últimos días de la guerra; las difíciles condiciones por las cuales pasó la población civil para sobrevivir; los errores e incapacidades de un estado mayor nazi que sólo se dedicaba a alabar a su führer y los arrebatos de un Adolf Hi­tler demente, quien pese a saber perdida la contienda se negaba a reconocerlo y sin remordimientos sacrificó la vida de miles de hombres en el afán de luchar hasta que no quedara un soldado vivo.

Capital asediada

Desde inicios de 1945 en Berlín ya se sentían los estragos de la guerra. Los bombardeos de los aliados (especialmente de estadunidenses e ingleses) la habían dejado parcialmente en ruinas y la sobrevivencia para sus habitantes no era fácil.

Las alarmas que anunciaban ataques aéreos eran tan frecuentes que la vida cotidiana comenzó a desarrollarse en los sótanos y refugios subterráneos. La escasez de alimentos se convirtió en algo común, así como el desabasto de agua, electricidad y gas. A los 3 millones de habitantes de la ciudad se sumaban los miles y miles de refugiados llegados día a día del este alemán, huyendo del avance soviético.

Las cifras oficiales estiman que hubo alrededor de 8 millones de desplazados alemanes provenientes de las regiones orientales (Prusia, Silesia y Pomerania) que se dirigieron desde finales de enero hacia la capital del Reich.

Ante la falta de medios convencionales de comunicación, era común ocupar los muros de los edificios en ruinas para escribir mensajes a fin de informar a los suyos de su paradero. Ya podía ser una madre comunicándole a su hijo soldado que la familia estaba viva y dónde podía ser localizada, o miembros de una familia separada luego de algún bombardeo y que quería reencontrarse.

“La ciudad estaba dominada por una atmósfera de inminente derrumbamiento tanto en las vidas personales como en lo referente a la existencia de la nación. Sus habitantes gastaban el dinero sin moderación, persuadidos de que no tardaría en perder todo su valor. Se contaban historias, difíciles de confirmar, acerca de niñas y muchachas que copulaban con extraños en rincones oscuros cercanos a la estación del Zoo y el Tiergarden. Al parecer el deseo de prescindir de la inocencia se hizo aún más desesperado a medida que el Ejército Rojo se aproximaba a Berlín”, describe Beevor en su libro.

A medida que corrían las semanas y ante el veloz avance del Ejército Rojo, la situación fue empeorando en extremo, sobre todo en el ánimo de la población. Y es que durante los últimos meses de la guerra, la propaganda nazi había taladrado el inconsciente colectivo de los alemanes, presentando la situación como una lucha del “todo o nada”.

La exposición Mayo del ‘45. Primavera en Berlín, montada en la capital alemana con motivo del 70 aniversario del fin de la guerra, refiere cómo el régimen logró que frases como “victoria o bolchevismo” se interiorizara entre la población.

Se trataba de una campaña de terror ideada por el ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, que además de odio contra el enemigo fomentaba sobre todo el temor ante la revancha rusa por los crímenes cometidos por los alemanes en la Unión Soviética desde 1941, durante la denominada Operación Barbarroja.

Con esta operación Alemania invadió y buscó aniquilar a la Unión Soviética en una lucha en la que murieron más de 18 millones de civiles a manos de los alemanes.

Así, en los días finales de la guerra cientos de ancianos, niños, estudiantes y miembros de las Juventudes Hitlerianas habían sido enviados al frente, pues parecía que todo era mejor antes de dejarse vencer por los soviéticos.

Toda la artillería

La Operación Berlín fue quizás la más poderosa de toda la guerra. El arsenal soviético que se utilizó en ella no deja lugar a dudas: 41 mil 600 cañones y morteros, 6 mil 250 tanques y cañones de asalto autopropulsados y 7 mil 500 aviones, además de 2 millones y medio de hombres, cuantifica Beevor en su libro.

La estrategia del Ejército Rojo –que tenía más de 6 millones de hombres en el frente oriental, desde el Báltico hasta el Adriático– fue la de cercar Berlín por el este, norte y sur. Del lado oeste los estadunidenses y británicos hacían lo propio.

La derrota definitiva de Hitler se había prefigurado desde finales de 1944. Y no sólo tuvo que ver con la superioridad numérica del enemigo sino también con malas decisiones, derivadas de la falta de visión y estrategia del führer y su séquito.

Un ejemplo: en la Nochebuena de 1944, cuando el jefe del mando supremo del Ejército alemán, Heinz Guderian, informó sobre la urgencia de reforzar el frente oriental –se sabía, con base en informes de la inteligencia alemana, que los rusos planeaban una gran ofensiva y se estimaba que el enemigo contaba con una superioridad de once a uno en artillería–, Hitler y todo su estado mayor (funcionarios cuyo mayor mérito era su lealtad), rechazaron la posibilidad de que eso fuera verdad.

Un iracundo e histérico Hitler calificó de descabelladas y estúpidas las estimaciones de los generales alemanes y aseguró, en cambio, que el Ejército Rojo estaba a punto de desmoronarse. Así que no sólo no accedió a trasladar tropas al frente oriental, sino que ordenó que éstas marcharan en dirección a Hungría con la delirante idea de ocupar de nuevo el territorio y hacerse de los yacimientos de petróleo de la zona.

Y es que tras el atentado de julio de 1944, en el cual un grupo de oficiales intentó asesinarlo, la salud de Hitler se deterioró física y psicológicamente.

“Su invisibilidad se debía en parte a la dificultad de ocultar los cambios drásticos que se hacían notar en su aspecto. Los oficiales del estado mayor que visitaban el búnker de la Cancillería del Reich quedaban conmocionados. (…) Sus ojos, antaño brillantes, se habían apagado y su pálido semblante tenía un tono ceniciento.

vAsí, la etapa final de la guerra –del lado alemán– estuvo caracterizada por la incompetencia, caos e intrigas y rivalidades entre los miembros del círculo cercano a Hitler, quienes hacían todo por escalar posiciones. Los principales: Hermann Göring, Joseph Goebbels, Heinrich Himmler y Martin Bormann.

El fin

Frente a la extenuante presión de Stalin sobre su ejército para tomar la capital del Tercer Reich antes que los ingleses o los estadunidenses, la artillería soviética de largo alcance lanzó sus primeros ataques sobre Berlín el 20 de abril, día en el que Hitler cumplía 56 años. Un día después el Ejército Rojo cruzó el límite de la ciudad en la parte noreste y comenzó entonces una lucha despiadada que se libraría puerta por puerta.

Mayo del ‘45. Primavera en Berlín arroja datos sorprendentes y que dan clara idea de la catástrofe: desde las 09.30 horas de ese 21 de abril hasta el 2 de mayo los rusos lanzaron 1 millón 800 mil proyectiles durante el asalto a la ciudad. Como parte de la lucha casa por casa fueron destruidas medio millón de viviendas en la capital, cifra equivalente al total de las que tenía Hamburgo antes de la guerra. En total, durante los seis años de conflagración, Berlín sufrió 300 ataques aéreos y sobre su suelo cayeron 50 mil toneladas de bombas.

Estos últimos días de la guerra fueron en especial difíciles para los hombres y mujeres de Berlín. Al terror ante la llegada de los soviéticos, que no era infundado, se sumó la brutal represión que hasta el último momento ejercieron las SS (tropas de élite a las órdenes de Himmler) con su pelotón de fusilamiento contra todo aquel desertor o simple sospechoso de serlo.

A excepción de una minoría que aún creía con fanatismo en Hitler, miles de ancianos, jóvenes, adolescentes e incluso niños fueron llamados a filas y obligados a integrarse al frente para defender con la última gota de sangre su capital. Quienes no accedían eran ejecutados o condenados a la horca en espacios públicos, y sus cuerpos permanecían durante días expuestos a manera de lección.

En tanto, para las mujeres, el avance soviético, no sólo en Berlín sino en todo el territorio del Tercer Reich, fue una pesadilla: miles de ellas fueron violadas con uso extremo de violencia por hordas de soldados, a quienes también se les había inculcado un odio irracional por todo lo alemán.

El 22 de abril y luego de saber que las fuerzas soviéticas habían roto el anillo defensivo de la ciudad, Hitler reconoció de forma abierta la derrota. Desde mediados de enero se había trasladado definitivamente a la capital del Reich y habitaba el búnker de dos pisos que se había construido debajo del jardín de la Cancillería. Ahí confió a sus más allegados que debido a que no podía morir luchando se pegaría un tiro a fin de no caer en las manos del enemigo.

El 30 de abril y luego de haber contraído matrimonio un día antes con su amante, Eva Braun, Hitler y ella se mataron. Él, ataviado con un pantalón negro y chaqueta militar gris verdoso, se pegó un tiro en la sien derecha y ella, con un vestido oscuro con flores de color rosa, ingirió una cápsula de cianuro.

Berlín capituló dos días después de la muerte de Hitler. Alemania lo hizo de manera incondicional el 8 de mayo, poniendo así fin a una guerra que le costó la vida a más de 50 millones de personas.