“Melville en Mazatlán”

A la orilla del mar, en el puerto de Nueva York, se dan encuentro dos personajes de tiempos distintos. Un viejo, Herman Melville, se refugia en una banca de 1883 para buscar las palabras exactas del poema que escribe sin querer ser interrumpido por nadie, pero un joven impertinente y audaz de 1844 rompe la tranquilidad de su soledad para abrumarlo con preguntas, inquietudes y cuestionamientos. Aquel joven del pasado se impone en la realidad de un presente desencantado. Dos tiempos vitales, dos impulsos, dos lugares extremos en el curso de una vida.

Melville en Mazatlán es una obra de teatro escrita por Vicente Quirarte y dirigida por Eduardo Ruiz Saviñón que pone frente a frente a un personaje desdoblado. La situación se va dando poco a poco; de ser dos desconocidos, la comunión de intereses los va identificando, rompiendo las barreras que el viejo Melville tiene para cualquier extraño. La escritura es la que los une: uno decepcionado de ella y que busca la perfección y el otro ansioso de plasmar en palabras lo que fluye a borbotones de su ser. Quiere dejar el mar como marinero y lanzarse a las profundidades del contar.

El viejo Melville llena el espacio con sus consejos, sus incertidumbres, sus decretos sobre el acto creativo, y la poesía vuela como polvo de mariposa en este mágico lugar. Textos de Melville y de Quirarte se integran para ser escuchados, pero difícilmente para ser recibidos en una puesta en escena. El propositivo debate acerca de la escritura se aleja de lo escénico a pesar de las capacidades interpretativas de dos buenos actores: Arturo Ríos y Pedro de Tavira Egurrola. La confrontación es más conceptual que relacional; son dos posturas encontradas más que dos personajes que dialogan sus diferencias y encuentran puntos de encuentro. El texto es bellamente discursivo y el punto de vista interesante: un personaje desdoblado en dos etapas de su vida.   Difícil reto que suscita variadas preguntas dramatúrgicas: ¿qué sabe uno y desconoce el otro?, ¿qué provoca el verse años después o descubrirse rebosante de ilusiones?, ¿cómo hacer dialogar un yo dividido encarnado en dos seres?

Ruiz Saviñón crea en el puerto diversas atmósferas propuestas por el autor, a través de la luz, la interacción y la pantalla donde se visualiza un mar constante en blanco y negro o ballenas en las profundidades. Martha Benítez, la escenógrafa, y Libertad Mardel, la diseñadora del vestuario, nos ubican en el espacio y el tiempo permitiendo la concreción de esta recreación onírica. El trazo escénico fluye suavemente y toca puntos distantes o cercanos en este puerto imaginario. La intensidad actoral que propone el director con la pretensión de dar fuerza y dramatismo al texto, diluye el movimiento emocional de los personajes. Los actores los interpretan verazmente pero la estridencia emborrona su evolución.

Es atractivo el punto de partida que juega con la creencia de que Herman Melville estuvo en Mazatlán, siendo que nunca puso un pie en el puerto, ya que los marineros prohibieron a los pasajeros bajar a tierra por miedo a que desertaran.

Melville en Mazatlán  se presenta en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz dentro del Ciclo Narradores al Teatro de la UNAM hasta el 31 de mayo, y no importa estar o no estar familiarizado con la obra del autor, ya que la melodía del texto elaborado con  frases y pensamientos tanto de Quirarte como de Melville nos sumergen en un universo literario bellamente construido.