“El niño de piedra…”

Primordialmente independiente y nunca ausente del todo, el cine de animación en México no ha conocido aún su época de oro; apenas comienza a expandirse en las últimas dos décadas con cortometrajes como El héroe de Carlos Carrera, premiado en Cannes. Nada de extrañar si se toma en cuenta el alud constante de la animación estadunidense (y un tanto de la japonesa), sobre el público de todas edades; pero una lástima si piensa en la riqueza gráfica de un país complejo y vistoso como el nuestro.

La increíble historia del niño de piedra (México, 2014) aprovecha mucho del capital visual cultural trasladando a Olga Costa con sus mercados de frutas, o a Diego Rivera y a Frida Khalo, quienes incluso aparecen en la cinta; parte de la historia ocurre en una feria de pueblo, el mejor lugar para una fiesta de color. Recursos éstos, obvios y sobados por estar tan a la mano, pero aprovechables por la misma razón, son bellos, poseen una carga histórica y algunas de estas tradiciones gráficas tienden a desaparecer. ¿Cuántos niños citadinos, expertos de centro comercial, han visitado una feria de pueblo?

Los directores, un equipo formado por Pablo Aldrete, Jaime Romadía, Miguel Bonilla, Miguel Ángel Uriegas, optaron por un relato simple y lineal que contrasta con la elaboración visual, barroca y llena de alebrijes. Una historia basada en un cuento de Nadia González, quien también escribe el guión; un grupito de niños, Marina y sus tres primos, encuentran, en una feria de la Huasteca tamaulipeca, a un niño que por enojo fue perdiendo los sentidos hasta petrificarse por completo. El cometido ahora es viajar al País de los Sentidos, encontrarse con los diferentes habitantes, grotescos pero simpáticos, Narices, Orejas, Manos, Ojos y Bocas, para buscar cómo ayudar al chico a recuperar sus sentidos y reconciliarse con la vida.

Ingenua y llana, la historia es apta para menores de 7 años; las etapas son claras, la misión es constructiva, el contenido propone una reflexión sobre los sentidos y su función; la didáctica se refuerza en las canciones cristalinas, variopintas, compuestas y cantadas por Julieta Venegas. El mensaje apoya la unidad familiar. Todo demasiado obvio para un público infantil curtido en animaciones con carga de violencia, propuestas arriesgadas y complicadas; imposible pasar por alto que dicho público resulta demasiado sofisticado y exigente para tanta inocencia. Los directores rehusaron sistemáticamente cualquier posibilidad de picardía, choque de códigos o placer culpable de la animación moderna.

Hay un canal, sin embargo, por el que pueden entrar niños mayores y hasta adultos: En La increíble historia del niño de piedra no hay princesas, monstruos o villanos, la oscuridad está dentro del personaje; el mal, por decirlo así, es un bloqueo. El recorrido de estos chiquitos propone todo un proceso terapéutico que, aunque esquemático, resuena más allá de los procesos mentales aparentes, asocia de manera concreta emociones y sentidos, y sugiere líneas de reflexión sobre el enojo y el resentimiento, que sí pueden funcionar en el entorno familiar.