Un proyecto a la ligera

Es indudable que la ciudad de Guadalajara requiere, entre otras cosas, de un proyecto integral de vialidad que mejore la transportación del ciudadano en general, ya sea peatón, ciclista, automovilista o patinador.

Guadalajara está clasificada entre las 10 ciudades del mundo con el tránsito vehicular más lento. Puede deberse, en gran parte, al obsoleto sistema de transporte camionero que ha sido capaz de echar atrás proyectos para agilizar la vialidad, como el de las rutas ortogonales, por los años setenta del pasado siglo, que fue fruto de muy serios y profesionales estudios encabezados por el ingeniero Jorge Matute Remus, técnico muy respetado y reconocido por su amor a Guadalajara.

El proyecto consistía en el aprovechamiento de la cuadrícula en el trazo de la ciudad, haciendo circular a los camiones en línea recta, yendo y regresando por calles contiguas, a todo lo largo y ancho de la ciudad, lo que permitía que pudieran trasportarse los usuarios desde cualquier punto hasta cualquier otro definido, con un solo transbordo y evitando que el enjambre de rutas, como a la fecha sucede, forme una red de telaraña, en cuyo centro todos confluyen, provocando ese caos al que parece que ya nos acostumbramos.

Duró pocas semanas el sistema ortogonal. De forma sospechosa se presentó una epidemia de camiones descompuestos, los concesionarios guardaron gran parte de ellos y los usuarios se desesperaron debido a los largos plantones, pues las unidades pasaban muy de vez en cuando. Aunado eso a la dificultad de la mayoría de los usuarios para leer los mapitas que se proporcionaron, la falta de publicidad del proyecto, pero sobre todo la política de los concesionarios de uno de los grandes negocios de Guadalajara –el transporte camionero–, hicieron fracasar ese proyecto que descongestionaba el centro, entre otras ventajas para la ciudad y sus habitantes.

Según los expertos, una conurbación del tamaño y con la población de Guadalajara hace tiempo que debía contar con un sistema de transporte colectivo del tipo Metro, como lo tienen muchísimas ciudades de menor tamaño que la nuestra, y algunas desde finales del siglo XIX. Estamos atrasados, indiscutiblemente.

Esa situación provoca, en buena parte, que los tapatíos se vean obligados a usar el automóvil, con las consecuencias bien conocidas: contaminación grave en las zonas donde el tráfico se concentra, elevación de la temperatura ambiente, muchas horas perdidas al volante del automóvil
–pues queda claro que la circulación, sobre todo en las llamadas horas pico, es sumamente lenta–; costos de consumo de gasolina muy elevados, porque es mucho el de los autos cuyos motores trabajan mientras el auto está detenido por semáforos mal planificados, con larguísimos tiempos entre siga y siga, o en los embotellamientos en los que se circula a vuelta de rueda.

Durante el periodo del licenciado Alberto Orozco Romero en la gubernatura de Jalisco se puso en marcha un proyecto prometedor: la Línea 1 del llamado Tren Ligero, cuyo recorrido subterráneo de Periférico Norte a Periférico Sur creó la llamada Avenida del Federalismo. Se habló de que era sólo el primer paso de un tren que efectivamente iba ligero, pues no tenía que sortear el tráfico de superficie, y ligero también por sus dimensiones, las de una especie de minimetro.

No quiero abundar en los recuerdos y traer a colación que los trenecitos iniciales (trolebuses), chatarra sobrante de alguna ciudad estadunidense de cuyo nombre no quiero acordarme, y menos del ingeniero que a esta villa trajo, como nuevo, fierro viejo que, sin embargo, sirvió para arrancar aquel proyecto.

Con el tiempo fueron comprándose unidades nuevas. Y confieso que me gusta, cuando puedo aprovecharlo, el trenecito rojo que ha desmerecido desde que negociantes y publicistas descubrieron que mucha gente vería sus anuncios y empapelan los carros con reclamos, ¡ay!, hasta de políticos. Pero la Línea 1 iba de la nada a la nada, no se articulaba con otras líneas o sistemas. Surgió la Línea 2, que se quedó a medias, pues el dinero se acabó y sólo llegó al Parque de la Revolución, cuando se esperaba que llegara hasta el Periférico Poniente, circulando por Vallarta.

Pasaron años. Recientemente se anunció la construcción de la Línea 3, cuyo trazo va de Tlaquepaque a Zapopan, pasando por el mero centro de la ciudad. Empezaron los jaloneos entre gobierno y elementos de la sociedad civil por el trazo mismo, pero sobre todo porque, aduciendo los costos, se decidió realizar muchos de los tramos “elevados”.

Ese sistema fue usado a principios del siglo XX en algunas ciudades de los Estados Unidos, por ejemplo en Nueva York, donde si bien sirvió para la transportación, destruyó la vida de los barrios pobres por donde pasaba haciendo un ruido atronador de día y de noche. Hace años que se canceló ese servicio y, como ejemplo de lo que debería hacerse en los países democráticos, se consultó a la ciudadanía, se convocó a los técnicos y, en tramos que hubieran dejado cicatrices urbanas indeseables, se decidió, por consenso, aprovechar las plataformas elevadas.

Así han rehabilitado espacios en barrios que muchos los disfrutan, con jardines lineales y zonas de convivencia, cafés y restaurantes, entre otros.

Nadie cuestiona la construcción de otra línea del sistema colectivo de transporte, indispensable para mejorar la calidad de vida de los tapatíos; lo que llama la atención y a muchos indigna es la forma en la que se han tomado decisiones trascendentales para Guadalajara: sin informar y escuchar a la ciudadanía, sin consultar a los técnicos, a las asociaciones y colegios de profesionistas de la construcción y del urbanismo, ni a las universidades, a nadie.

Las obras se inician sin una planeación urbana integral y muchas veces sin el proyecto completo, bien resuelto, y estudiado por los técnicos. Éstos son totalmente ignorados.

Me constan los esfuerzos de los directivos de la Academia Mexicana de Arquitectura, capítulo Guadalajara, para hacerse oír por los responsables de obras como la de la Línea 3, el mercado Corona y otras. Luego de mucha insistencia han dado asiento en algunas juntas a los directivos mencionados, han recibido sus propuestas, muy concretas y bien analizadas en la academia, sin resultado alguno. Oídos sordos y la obra avanzando.

Recientemente las protestas, tanto de grupos académicos como en redes sociales, aumentaron al conocerse que se destruyó el puente peatonal de la avenida Alcalde, a la altura de la Normal, con el pretexto de que no pasaban algunas máquinas debajo de él. Se informó que sería destruido también el puente peatonal de ingreso a Plaza Patria, sólo que su autor, el arquitecto Fernando González Gortázar, hasta donde sé no ha otorgado el permiso requerido y no puede alterarse una obra de interés público mientras el autor esté con vida.

Arquitectos y urbanistas no están de acuerdo con esa manera de proceder de las autoridades. Han elevado sus protestas y se quejan de que no son tomadas en cuenta sus opiniones profesionales, y de que, al no contar Guadalajara con un Plan de Desarrollo que oriente los esfuerzos para mejorar la vida en la ciudad, se dan palos de ciego realizando obras como la Línea 3, que no está contemplada en un sistema de transporte urbano que debería ser integral, bien analizado y cuyas obras se ejecutaran con responsabilidad, más que con urgencia.

En una entrevista reciente, el arquitecto Juan Palomar afirmó que Guadalajara requiere la reglamentación del uso del suelo y la densificación poblacional, que se dignifique el espacio público y el patrimonio, además de agilizar la movilidad urbana. Recalcó que es grave la pérdida en el patrimonio construido de la ciudad y que la destrucción de un puente peatonal que formaba parte del paisaje urbano de la zona no es cualquier cosa. La ciudad se deteriora con esas acciones dictatoriales.

Entre profesionales, arquitectos, urbanistas e ingenieros existe la propuesta de formar una alianza de academias, colegios profesionales, universidades y centros de enseñanza, tendiente a lograr que las autoridades consulten y escuchen a expertos antes de tomar decisiones y de iniciar obras públicas.

El puente peatonal de la Normal, como era conocido, formaba parte de una zona muy bella, quizás un tanto abandonada, que inició con la construcción de la Escuela Normal de Jalisco, proyectada por el arquitecto Enrique de la Mora Palomar; así como del Parque Alcalde, de la modernización de la avenida Ávila Camacho y del conjunto del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, de la autoría del arquitecto Salvador de Alba Martín. Un conjunto arquitectónico que nos debe enorgullecer y tiene que conservarse.

Ante la conducta de quienes toman decisiones presumiblemente a la ligera, sin el respeto debido al patrimonio construido de la ciudad, me preocupa profundamente que se les vaya a ocurrir ampliar la Línea 2 del Tren Ligero, ante la amenaza que ello significaría para lo que se les atraviese, como Los Arcos del Cuarto Centenario y la Minerva. l

*Alberto Gómez Barbosa es fotógrafo profesional y miembro de la Academia Mexicana de Arquitectura, capítulo Guadalajara.