Con una buena programación musical pero una pésima atención a la crítica (que se mantuvo a lo largo de toda su duración, como si no supieran sus organizadores que hay en México auténticos profesionales de atención a la prensa), concluyó la edición 2015 del Festival del Centro Histórico la tarde del domingo 12 en Bellas Artes, con un concierto a cargo de la Orquesta Sinfónica de Minería con el director huésped alemán formado en la Unión Soviética Thomas Sanderling.
Además, la participación del coro Enharmonía Vocalis y a un solista de auténtico lujo en cualquier teatro del mundo, el violinista israelí (pero nacido también en la Rusia soviética) Shlomo Mintz.
El programa escogido fue la Rapsodia Sinfónica de Carl Nielsen (1865-1931), el Concierto para violín y orquesta en re menor de Jean Sibelius (1865-1957) y la Sinfonía Dante de Franz Liszt (1811-1866). Las dos primeras como homenaje a ambos compositores de quienes se están celebrando los 150 años de nacimiento.
La verdad es que una figura como Mintz rebasa toda posibilidad de descripción que no sea puramente técnica, es decir, se tendría uno que circunscribir al árido lenguaje de, en el mejor de los casos, relentandos, rubatos, acellerandos, cadenzas, etc. propias de especialistas pero que dicen poco a quien no lo es y esto, claro, sin meternos a mayores profundidades. De ahí ceñirse al calificativo y la narración, hasta donde es posible, de la parte puramente subjetiva pero no menos valiosa ni menos cierta de la impresión, de las emociones y sentimientos producidos.
Y es que su impecable forma de tocar va más allá de la simple apreciación de que algo está bien hecho y gusta tanto que puede denominarse bello o similar. Su interpretación transparente, límpida, nunca vacua o impersonal, tremendamente emotiva al mismo tiempo y comprometida otorgan a su participación una dimensión superior.
Bajo la experimentada batuta de Sanderling la orquesta fue escalando en calidad sonora hasta hacer de este concierto uno memorable; la de Minería fue así un alternante digno del solista.
En otro orden, no puede dejar de mencionarse, así sea brevemente, esa deliciosa locura que fue la presentación de L’orchestre d’hommes-orchestres (La Orquesta de hombres- orquesta) de Canadá, específicamente Quebec, y su delirante espectáculo Cabaret Brise-Jour (que alguien tradujo simplemente como “Cabaret”). En fin, una locura con la música de Kurt Weill y textos de Bertolt Brecht, entre otros.








