Bob Dylan, fiel a sí mismo

Shadows in the Night podrían ser las sombras claroscuras o luminosas de Bob Dylan, más allá de dictamen alguno. De entrada, en este CD se da el lujo de diversificarse y regocijarse, una especie de tributo por gusto a la música que ama de las décadas pasadas, con humor, soltura y sin preocuparse de lo que más angustia a los cantantes: afinación y fraseo metronómico.

Interpreta con un hilo de voz, que por momentos amenaza con quebrarse y desenfado parecido al de su álbum autorretrato Selfportrait, de los años setenta, donde canta o se acompaña de coros que parecían haber sido grabados a las cuatro de la mañana, después de una noche de fiesta. De esta manera, fiel a sí mismo, Dylan se da el lujo de interpretar como le viene en gana piezas que le gustan del repertorio clásico popular de la música.

Atmósfera que combina lúdicamente las sombras en el tiempo de Sinatra, Wolf, Herron y otros autores como Smith-Gillespie e Irving Berlin, son aderezadas con una especie de folk somnoliento en una madrugada de algún antro perdido en los suburbios del jazz melódico, y de clásicas melodías que predominaron en la primera mitad del siglo XX, alojadas en el subconsciente de por lo menos dos generaciones.

Acompañado de Tony Garnier al bajo, Donny Herron en la guitarra; Charlie Sexton, guitarra segunda; Stu Kimball, lira acústica; las percusiones de George Receli, y una pequeña banda de metales que incluyen corno francés, trombón, trompeta, Dylan se sumerge en las sombras de la noche y canta sin ninguna prisa y con la misma libertad de sus primeros tiempos, incrementando el cinismo de hacer lo que se le antoja con las canciones.

La técnica nunca fue prioritaria en Bob Dylan, sino el decir y lo que significan las palabras o la presencia detrás de ellas. Mencionó Lennon a propósito de Dylan, en una ocasión: “No importa tanto lo que dice, sino cómo lo dice”, allí está toda la magia e intención. Respecto a canciones emblemáticas se está creando una tendencia tributaria actual en compositores y músicos de la contracultura, quizá en nostalgia a la música que escucharon en su niñez, que ponían sus papis, y en reconocimiento al valor melódico, significativo o generacional que aún prevalece.

La última década se caracterizó por esporádicas versiones que parecen  recrear o reconocer grandes canciones de la cultura americana de los años cuarenta, o incluso los musicales. Eric Clapton con Over the Rainbow (“Sobre el arcoiris” del Mago de Oz), por ejemplo, o los trabajos de Rod Stewart con el repertorio americano (Sony BMG); hasta Paul McCartney grabó clásicas junto a la pianista canadiense Diana Krall en 2012 utilizando el mismo micrófono de Capitol que usó el inolvidable crooner Nat King Cole.

Homenaje a la música popular de calidad que se trasluce en buenas grabaciones placenteras de escuchar (aunque no buscan ni podrían igualar las versiones originales, ni el scratch de los acetatos y el sistema en que fueron grabadas analógicamente). Mientras más oímos el disco número 30 en la carrera de Dylan Shadows in the Night (Sombras en la noche) para Columbia Records, aparecido a principios del 2015, se aprecian mejor los detalles de un fraseo desinhibido, la instrumentación llorona, el uso frecuente slide en las guitarras, puentes y ornamentación.

La contraportada habla por sí misma: Dylan actual, revisando discos de 45 revoluciones, en algún club nocturno, acompañado de una femme fatalel con antifaz de ópera o de los venecianos carnavalesci. El CD es una manera de permanecer joven y conmovido, ante las sombras musicales del pasado que han trascendido el paso del tiempo.