El ataque de varias potencias árabes a un campo de refugiados en Yemen el pasado 30 de marzo no es sino un eslabón más en la secular guerra entre las dos principales corrientes del Islam. Los sunitas, quienes gobiernan en la mayor parte de los países del norte de África, Medio Oriente y Asia Central, están determinados a eliminar a los grupos apoyados por Irán, el Estado chiita más grande y poderoso. Israel está de plácemes, pues sus enemigos históricos se empiezan a destrozar entre sí, las potencias occidentales no dan señales de querer intervenir, y mientras tanto, la población civil es la que pone los cadáveres.
Parece la historia que se repite: modernos aviones de combate atacan a civiles árabes. Las bombas caen sobre el campo de refugiados. El resultado es horrendo. Los médicos describen a la prensa escenas del infierno: pánico, niños y mujeres ardiendo, gritos desesperados, multitudes que se aplastan en el intento de escapar.
Y después, la desolación entre llamas. Las muy pocas pertenencias que les quedaban son ahora fragmentos humeantes. Hay unos 40 muertos, calculan unos. Hay 34 personas en condición crítica y en una morgue se apilan al menos 29 cuerpos. El total de heridos supera los 200. Un padre que había salido regresa a buscar a sus cinco hijos y sólo logra reconocer a dos, porque los demás cuerpos pequeños se han convertido en carbones sin identidad.
Ocurrió alrededor de las 16:00 horas del pasado 30 de marzo en un albergue para 5 mil personas establecido por la ONU en Al Mazraq, Yemen, en el sur de la Península Arábiga.
La diferencia entre este ataque y otros que han ocurrido en el pasado es que entre las naves agresoras ninguna pertenecía a Estados Unidos. Las operaciones aéreas se iniciaron el pasado 26 de marzo –y han incluido bombardeos a la capital yemenita, Saná– contra las milicias rebeldes de la tribu hutí, las cuales han conquistado porciones del país e hicieron huir al presidente Abd-Rabbu Mansour Hadi.
Hadi escapó a Arabia Saudita, el gran vecino del norte impulsor de la coalición de 10 naciones que lleva adelante la campaña de ataques aéreos que el miércoles 1 cobró las vidas de 37 personas y dejó a otras 80 heridas en Al Hudeida, en el este del país. Hadi le pidió a sus aliados lanzar también una ofensiva terrestre.
Estas operaciones se realizarán de manera puntual y anticipan otras. Abdelfatá al Sisi, el general que tomó el poder en Egipto en 2013, recibió a los mandatarios de la Liga Árabe en una cumbre en el balneario de Sharm el Sheij y dio a conocer –en conferencia de prensa el pasado 29 de marzo–la creación de una fuerza de reacción rápida de 40 mil hombres: “Con la finalidad de estar a la altura de la responsabilidad que representan los graves desafíos a los que se enfrenta nuestra nación árabe, los líderes árabes han apoyado el principio de establecer una fuerza militar árabe”, dijo.
El objetivo declarado es “combatir a los grupos terroristas”, como Estado Islámico y Al Qaeda. Pero la preocupación de fondo es hacerle frente a Irán, a quien acusan de respaldar a los rebeldes hutíes en Yemen, a Hezbolá en Líbano, al gobierno de Bashar al Assad en Siria y a movimientos insurrectos chiitas en Bahréin.
Un ejército sunita
La unidad panárabe es una vieja aspiración de la Liga Árabe, que sigue siendo vista como utópica. La organización militar común, sin embargo, parece ahora un objetivo al alcance de la mano, como lo demuestran los bombardeos contra los hutíes.
En su informe El balance de poder en Medio Oriente madura, difundido el pasado 31 de marzo, la estadunidense agencia privada de inteligencia Stratfor identifica tres aspectos principales en este proceso: un cambio de la estrategia de Estados Unidos para la región; que los sauditas y sus aliados han adquirido la capacidad de llevar a cabo campañas militares sofisticadas y lo más importante, se confirma que está en marcha una guerra interna musulmana, entre las potencias de las sectas chiita y sunita del Islam.
Esta disputa es la expresión contemporánea de una fractura que ocurrió en el siglo VIII, cuando los herederos de Mahoma se enfrentaron por el liderazgo musulmán. Los perdedores, los chiitas, han sido siempre vistos como enemigos por los sunitas y ambas facciones han librado numerosas guerras. Debajo de conflictos bélicos internacionales, como la guerra Irán-Irak de 1980-88, se agita la rivalidad sectaria.
El llamado “arco chiita”, donde los fieles de esta secta son mayoría o forman minorías importantes, se extiende desde Beirut, la capital libanesa en el Mediterráneo, hasta Afganistán y Tayikistán, en Asia Central, pasando por Irán, Irak, Siria, Turquía y Bahréin. Además, hay grupos chiitas significativos en Yemen (los hutíes), Arabia Saudita, Egipto y otros países, donde son vistos con recelo por sus propios gobiernos. La dinastía del nuevo rey saudita, Salman bin Abdulaziz Al Saud, se ha declarado históricamente defensora de los sunitas.
Los países árabes han manifestado públicamente su oposición a las negociaciones de seis potencias –encabezadas por Estados Unidos– con Irán para resolver el diferendo sobre su programa nuclear.
Irán –el Estado chiita más grande y rico– es visto como una amenaza mayor a cualquier otra por los gobernantes sunitas, quienes en este aspecto comparten intereses y temores con Israel.
Zvi Bar’el, analista de Medio Oriente del diario israelí Haaretz, señaló en un artículo publicado el pasado 30 de marzo que el gobierno de Benjamín Netanyahu “no sólo no está alarmado” por la creación de una fuerza militar panárabe ,“sino que está fascinado”.
“Durante generaciones”, explica Bar’el, “la estrategia de defensa de Israel se basó en el deseo de poder rechazar a una coalición de fuerzas árabes, más que a países árabes individuales. Pero ahora que se está formando esta coalición, Israel la ve como un elemento inseparable de su propia política de defensa. A pesar de que nadie está invitando a Israel a formar parte de ella, ya está entre los primeros ‘accionistas’ de la coalición”.
Israelíes y sunitas están preocupados porque el eventual levantamiento de las sanciones internacionales que pesan sobre Irán, en caso de un acuerdo nuclear (a la medianoche del miércoles 1 las negociaciones seguían en Lausana, Suiza), ampliaría significativamente su margen de maniobra para proyectar su influencia sobre el mundo árabe.
Si en 2012 la guerra civil contra Assad en Siria parecía haber bloqueado la estrategia iraní, en 2015 el mandatario sirio ha logrado sobrevivir y en Irak se consolida un gobierno proiraní.
La fuerza conjunta árabe, que en realidad será un ejército sunita, debería ser capaz de intervenir con mayor rapidez y coordinación en defensa de sus correligionarios en donde éstos se enfrenten con los chiitas, y funcionar como herramienta para disuadir a Irán de tratar de avanzar sus posiciones.
Daños colaterales
Stratfor también indica que después de años de realizar enormes compras de armamento, los sauditas y los países petroleros del Golfo Pérsico han adquirido la capacidad de actuar con eficacia militar. En principio, en coordinación con Estados Unidos, pero también por su cuenta si Washington se niega a involucrarse. El gobierno de Barack Obama se ha propuesto asumir un rol secundario para que sus aliados asuman el peso de las intervenciones armadas.
Al frente de la coalición, Arabia Saudita aporta 100 aviones y puede movilizar a unos 150 mil soldados hacia su frontera con Yemen, donde tiene frecuentes enfrentamientos con las milicias hutíes, según la cadena de televisión saudita Al Arabiya. Los Emiratos Árabes Unidos han dispuesto 30 aeronaves, Bahréin 15, Kuwait 12, Catar 10, Jordania seis y Sudán cuatro. No se tienen detalles confirmados de Egipto y Marruecos. Somalia ha manifestado su apoyo y es probable que Paquistán también lo haga.
No hay claridad sobre las razones del bombardeo al campo de refugiados de Al Mazraq. Una versión indica que el ataque se dirigió contra una columna hutí y que uno de los vehículos, al escapar, se internó en la zona de civiles. A los comandantes de la operación no les importó.
“Es una situación inhumana”, dijo el doctor Hisham Abdulaziz, uno de los presentes en Al Mazraq, al diario The Guardian. “Se trata de mujeres y niños que no tienen nada qué ver con la guerra; de hecho, trataban de escapar de la guerra”.
“Es población civil”, corroboró Julien Harneis, representante de la UNICEF en Yemen: “Sólo llevan años buscando apartarse del conflicto”.
Un portavoz de la ONU, Farhan Haq, calificó el bombardeo como una violación del derecho humanitario, en una declaración el pasado 31 de marzo: “Este campo, al igual que los hospitales que también fueron atacados, están bajo estatus protegido”.
El alto comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Zeid Raad al Hussein, afirmó ese mismo día que el país está “al borde del colapso”.
“Yemen se está convirtiendo en otro estado árabe destrozado por el combate, pero hay una alternativa”, dice Robert Blecher, del International Crisis Group, quien propone un nuevo marco de Estado descentralizado. Pero sólo será viable “si los yemenitas y sus vecinos revierten el camino actual”. Y si se busca una manera de evitar el enfrentamiento sunita-chiita.
En un editorial del pasado 31 de marzo, el diario The Guardian advirtió que “lo más probable es que la ahora altamente militarizada rivalidad entre Irán y Arabia Saudita siga escalando, a falta de esfuerzos para alcanzar un acuerdo de seguridad regional”. Esta ruta conducirá a “más derramamiento de sangre de civiles, que son siempre las primeras víctimas de estrategias confusas o improvisadas”.








