El exjefe del ejército y hoy presidente de Egipto, Abdelfatá al Sisi, al parecer no quiere quedarse a la zaga de sus lejanos antepasados los faraones.
A menos de un año de haberse legitimado mediante elecciones en el cargo, después del golpe militar que lo llevó al poder a mediados de 2013, ha lanzado dos obras monumentales que, desde su óptica, deberán sacar al país de su postración económica y recolocarlo como un importante actor en el escenario internacional.
A mediados de marzo, en una Cumbre Económica Internacional sobre Egipto, y a la que asistieron altos dirigentes políticos y grandes empresarios de todo el mundo, Al Sisi cifró altas sus expectativas. El país, dijo, “requiere de entre 200 mil y 300 mil millones de dólares para que haya una esperanza auténtica de trabajo y desarrollo”.
No le fue tan mal. Según anunció el primer ministro egipcio, Ibrahim Mehlebn, su gobierno firmó acuerdos por alrededor de 36 mil millones de dólares, entre ellos uno de 12 mil millones con la British Petroleum y otro de 5 mil millones con la italiana Eni para incrementar la producción de gas y petróleo; y uno más de 4 mil millones con la alemana Siemens para proyectos de energía eólica y la construcción de una central térmica. A ello hay que agregar 18 mil millones para proyectos de ingeniería y construcción, y 5 mil 200 millones en préstamos de instituciones financieras internacionales.
Pero además de recaudar fondos, Al Sisi aprovechó la reunión celebrada en el balneario de Sharm el Sheij para anunciar el proyecto The Capital Cairo; es decir la construcción de una nueva capital administrativa de alto nivel internacional, con aires futuristas, cuyos números según la agencia española EFE marean: “Una ciudad 12 veces más grande que el área de Manhattan, con 700 kilómetros cuadrados de terreno, 10 mil kilómetros de calles y avenidas, 100 barrios, 40 mil plazas hoteleras y mil 900 centros educativos”, entre otros.
Esta nueva ciudad, ubicada a poco más de 30 kilómetros al este de la actual capital, bien comunicada y con fácil acceso a la carretera que va a la ciudad de Suez y al puerto de Ain Sujna, en el Mar Rojo, albergará edificios oficiales –incluido el Palacio Presidencial y el Parlamento–, embajadas, barrios residenciales, un aeropuerto internacional e, inclusive, un parque temático “al estilo Disney”.
Con una población proyectada de 7 millones de personas, la nueva urbe pretende aliviar el problema de sobrepoblación de El Cairo, que ya suma 20 millones de habitantes y no deja de crecer, por lo que Al Sisi lleva prisa y convenció a la empresa de los Emiratos Árabes encargada de su construcción de reducir la primera fase de la obra de 10 a siete años. “En 10 años tendremos ya el doble de habitantes, por lo que el tiempo es decisivo”, sentenció.
Así, el acuerdo con la compañía Imar al Aqari para emprender los trabajos de esta megaurbe se firmó en el marco de la misma cumbre, y fue rubricado por el propio Al Sisi y el vicepresidente de los Emiratos Árabes Unidos, Mohamed bin Rashed al Maktum. La primera etapa abarcará 105 kilómetros cuadrados y costará unos 50 mil millones de dólares, según informó el ministro egipcio de Vivienda, Mustafá Madbuli. Las fuerzas armadas ya iniciaron la construcción del camino que unirá a la vieja con la nueva capital, y se espera que la obra genere alrededor de millón y medio de empleos.
Pero el verdadero proyecto estrella para reflotar la deprimida economía egipcia y que, aunque ya en curso, también fue presentado a los asistentes a la cumbre, es la ampliación del canal de Suez: 72 kilómetros que correrán en paralelo con el canal original y que permitirán la doble circulación de barcos, reduciendo el tiempo de tránsito actual de 18 horas prácticamente a la mitad, y casi doblando en el próximo decenio el número de cruces de 49 a 97 buques. También se ahondará la profundidad del canal actual, para dar cabida a embarcaciones de mayor tonelaje.
Estas modificaciones en la vía acuática que une al Mediterráneo con el Mar Rojo –construida en el siglo XIX por los colonialistas británicos y franceses; nacionalizada por los egipcios en el XX y por la que actualmente atraviesa 7% del comercio marítimo mundial– se espera que tripliquen los ingresos anuales de peaje recabados por Egipto, de 3 mil 750 millones de dólares al corte de 2014 , a 13 mil 200 millones en 2023.
El proyecto no se limita sólo a la ampliación del canal, sino que busca crear en la zona un polo de desarrollo que incluiría tres puertos, una zona franca industrial –con plantas de ensamblaje, fábricas y almacenes– y un parque tecnológico.
Según Ricard González, del diario español El País, el mariscal Al Sisi quiere además edificar ahí su primera central nuclear y ampliar un 10% la superficie agrícola del país, ganándole terreno al desierto.
Se espera que toda esta infraestructura pueda crear al menos 1 millón de empleos y también ayude a aliviar la presión demográfica sobre El Cairo. El costo total del complejo se calcula en 8 mil 500 millones de dólares y los trabajos serían realizados por un consorcio de 37 empresas, bajo el liderazgo del ejército egipcio.
Un factor a destacar es la pretensión de que todo el capital para esta magna obra sea de procedencia nacional, porque según Al Sisi “los egipcios somos muy sensibles respecto del financiamiento extranjero en proyectos relativos a la seguridad nacional”.
Con este fin se elaboró una nueva Ley de Inversiones que convocó a empresas y ciudadanos a adquirir certificados expedidos por tres bancos públicos en forma de “bonos de Estado”, con un atractivo 12% de interés anual a cinco años. La respuesta nacional fue masiva: en una semana se cubrió el monto.
A marchas forzadas
Con 90 millones de habitantes y un Producto Interno Bruto (PIB) aproximado de 233 mil millones de dólares en 2014, Egipto enfrenta actualmente una tasa de inflación de 10% y de desempleo de 13%; y se calcula que 40% de su población vive con menos de dos dólares al día. El turismo, su principal fuente de ingresos, ha caído por la violencia política y sectaria; las exportaciones de gas y petróleo se encuentran deprimidas ante la caída de los precios internacionales; y la legendaria producción de algodón ya casi no existe.
Pero el gobierno cree que precisamente con sus megaproyectos puede contrarrestar esta situación, y tiene prisa. Las consultoras internacionales involucradas en el proyecto de Suez fijaron su término en cinco años, pero la Autoridad del Canal lo redujo a tres. Y en la pomposa ceremonia de inauguración de las obras en agosto del año pasado, Al Sisi corrigió todavía a Mohab Mamish, su presidente, al decir que “es demasiado tiempo, tiene que estar listo en un año”. Una afirmación que causó escalofríos en muchos que se remontaron a la época de los faraones, cuando miles murieron bajo un régimen de trabajos forzados.
“Recortar los plazos ha aumentado el costo y obligado a contratar –pese a lo dicho– compañías internacionales”, refiere Omar el Sheneti, economista egipcio especializado en banca de inversión en una entrevista publicada por el diario español El Mundo. Así, un consorcio formado por dos firmas belgas, dos holandesas, una estadunidense y otra emiratí, trabaja a marchas forzadas junto con la división de ingeniería del ejército egipcio en la excavación de la segunda vía. Fuentes del canal aseguran inclusive que 90% ya está concluido.
Nadie ha cuestionado esta premura ni los costos cada vez más crecientes e imprecisos que muestran los avances de las descomunales obras. Nadie tampoco entre los asistentes a la cumbre de Sharm el Sheij pareció recordar la proverbial corrupción que priva en las filas militares egipcias; ni las constantes violaciones a los derechos humanos, políticos, de reunión y de expresión que se han sucedido desde que asumió el gobierno castrense.
El único que criticó por trámite estas violaciones fue el secretario de Estado estadunidense, John Kerry. Sin embargo, aunque reiteró estas críticas y expresó su preocupación por la detención de opositores no violentos, la realización de juicios masivos y la ejecución de líderes políticos, el presidente Barack Obama anunció unos días después el levantamiento del bloqueo a la ayuda militar a Egipto, decretado después del golpe contra Mohamed Morsi, aunque aclaró que no se emitiría un “certificado de democracia”.
No parece que este certificado pueda importarle demasiado al gobierno de Al Sisi, siempre y cuando vuelvan a fluir los mil 300 millones de dólares que por décadas ha aportado anualmente el Pentágono.
Por otra parte Arabia Saudita, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos, sus aliados regionales nada preocupados por cuestiones democráticas y que ven en Egipto a un bastión contra la Hermandad Musulmana y otros movimientos que puedan amenazar a sus monarquías, le han inyectado desde que cayó Morsi entre 12 mil y 15 mil millones de dólares en depósitos bancarios y ayuda petrolera.
Egipto está de vuelta en el plano económico, político y militar. Al Sisi ha sido legitimado y, de momento, puede continuar tranquilamente con sus obras “faraónicas”.








